El eco de lo imposible (Amigas nº 1) Capítulo 1 Natalia #2
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Capítulo 1 Natalia #2

Todo se redujo al calor de sus manos y al roce de sus labios.

La música del bar se filtraba del exterior, convertida en un rumor distante.

Dentro del baño, solo existían ellos dos, el eco de su respiración y el vértigo delicioso de no querer detenerse.

Él la sostuvo por la cintura, con la fuerza de quien no sabe si está abrazando o conteniendo.

Sus respiraciones se mezclaban, desordenadas y urgentes.

Solo los rodeaba el sonido del aire y el crujido leve del mármol cuando Natalia arqueó el cuerpo hacia él, buscando sus caricias y su boca, que había descendido más, saboreándola. Él desabrochó su pantalón con una mano, sin dejar de acariciarla con la otra.

—Tienes protección, ¿verdad? —preguntó, rompiendo el hechizo solo lo suficiente para recuperar el aliento. Su voz sonó más firme de lo que se sentía por dentro.

Él la miró en silencio un par de segundos, todavía con la respiración agitada, y luego sonrió de lado, provocándola.

—Claro que sí —murmuró, mientras deslizaba una mano hasta el bolsillo trasero de su pantalón.

El sonido del envoltorio al rozar la tela fue apenas audible, pero bastó para que ella soltara un suspiro de alivio.

—Siempre estoy preparado —añadió, mostrando el pequeño paquete negro entre los dedos. Su voz tenía un matiz grave, ronco, que le erizó la piel.

Natalia respondió con una media sonrisa, vibrante de deseo, mientras él se terminaba de desnudar y se colocaba el preservativo.

—Me alegra saberlo —dijo, antes de volver a acortar la distancia entre ambos.

Él empujó para abrirse paso en su interior, y Natalia soltó un gemido.

Sus talones se clavaron en la parte baja de su espalda, jalándolo más cerca y exigiéndole que mantuviera el ritmo.

Todo se convirtió en movimiento: el roce de la piel contra la piel, los gemidos compartidos que se confundían con la música filtrada desde afuera, la sensación de perder el equilibrio y no querer recuperarlo.

Era rudo, era real y, al mismo tiempo, había una ternura escondida en la forma en que él la sujetaba para que no cayera, en cómo la buscaba sin apartar la mirada.

En el contraste entre su piel blanca y el dorado del Caribe de la de ella.

En algún momento, Natalia pensó que eso —ese descontrol, ese vértigo— era exactamente lo que había estado buscando.

No cariño, ni consuelo, solo el estremecimiento puro de sentirse viva dentro del caos.

Sin embargo, también sabía que todo aquello no sería suficiente.

No para ella. Sin importar cuánto lo deseara, cuánto intentara entregarse por completo; no se creía capaz de explotar de placer con un extraño.

Cada roce se diluía antes de llegar a donde ella necesitaba.

En su interior, todo se transformaba en un eco vacío, un instante más entre tantos otros de su vida en los que había tenido que fingir o simular algo que no sentía.

Él parecía ignorar la distancia que se abría entre ellos, la manera en que su mente comenzaba a flotar fuera del momento, buscando refugio en aquello que no podía tocar.

No era falta de interés ni de atracción.

Era que estaba rota, fragmentada en pedazos que ni el fuego de la pasión podían recomponer.

Y así, mientras su cuerpo se movía con él y sus labios compartían besos ardientes, Natalia se desconectaba, sosteniendo la apariencia de entrega mientras su corazón permanecía en otro lugar, entre la memoria y la ausencia, preguntándose si alguna vez volvería a sentir algo que no tuviera que fingir.

Él la miró a los ojos y Natalia supo, de inmediato, que había visto más de lo que estaba dispuesta a mostrar: las grietas, la vulnerabilidad y el miedo que llevaba tan bien escondido.

—¿Qué pasa? —preguntó él, con la voz ronca, deteniéndose para darle espacio para responder.

—Nada —mintió ella, aunque su corazón latía con fuerza.

—No te gusta —afirmó.

—Sí me gusta —respondió, y trató de convencerse a sí misma.

—Pero no lo suficiente —su tono, tan claro y seguro, la sorprendió. Nadie hacía eso desde hacía mucho: nadie se tomaba el tiempo de notarlo, de leerla.

Natalia sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—Sigue —pidió, enredando la mano en su cabello con un gesto tan íntimo como desafiante.

Él se apartó lo suficiente para romper el contacto entre sus cuerpos, y por un segundo, ella pensó en bajarse de la encimera.

Pero antes de que pudiera moverse, él la sostuvo contra el espejo con una delicadeza inesperada que contrastaba con la fuerza de su presencia.

Sus manos la sujetaron por las caderas y la empujaron hacia atrás, despacio, sosteniéndola como si estuviera a punto de romperse.

Natalia lo miró desde arriba, con los ojos muy abiertos, y él le devolvió la mirada sin pestañear.

Sonrió, sin apartar la mirada de sus ojos, y luego, con un movimiento que parecía devorar cada segundo de distancia, se arrodilló frente a ella.

Los labios de él tocaron la cara interna de su muslo.

Un beso húmedo que ascendió un centímetro y se detuvo.

Otro beso, más arriba. Natalia apretó la encimera con fuerza, pero su boca no se detuvo, cerrándose sobre su sexo sin aviso y haciéndola gemir, mientras su mundo se reducía a esa boca, borrando cualquier pensamiento coherente.

Intentó cerrar las piernas, en un espasmo de pudor que no llegó a completarse porque las manos de él ya estaban allí, manteniéndola expuesta.

Él no se detuvo, acompañando su boca con los dedos.

Natalia soltó la encimera y agarró el cabello de él, tirando, necesitando aferrarse a algo mientras el placer se acumulaba en su vientre como una ola a punto de romper.

Un gemido involuntario escapó de su garganta cuando los dedos de él golpearon ese punto exacto con una embestida particularmente profunda.

Su cuerpo se tensó contra el espejo y un temblor incontrolable recorrió sus muslos mientras el orgasmo la desarmaba.

Jadeaba con la boca abierta, con los ojos cerrados y las pestañas húmedas pegadas a las mejillas.

Los labios de él rozaron el interior de su muslo y su rodilla antes de levantarse, los labios tibios contra la rótula temblorosa.

Ella entreabrió los ojos y esperaba encontrarlo sonriente, pero lo que vio fue su rostro serio y los ojos clavados en los suyos.

—¿Estás bien? —preguntó él con ternura.

La preocupación en esa mirada no era algo que esperara encontrar en un completo desconocido.

Natalia sonrió, sin apartar sus ojos de los suyos.

No necesitaba palabras ahora; necesitaba tocarlo.

Levantó la mano y tiró de él hacia abajo, guiándolo hasta que sus bocas estuvieron a un suspiro de distancia. Cerró los ojos y lo besó.

—Más —murmuró, la palabra convertida en un aliento húmedo—. Por favor.

Él se quedó quieto con los hombros tensos. La mirada seria volvió a aparecer, buscando en los ojos entreabiertos de ella la confirmación que necesitaba. Natalia sostuvo esa mirada y asintió, mordiéndose el labio inferior.

—Sus deseos son órdenes —respondió él, con la voz tan grave que ella sintió las palabras en el esternón antes que en los oídos.

Ahí, después de mucho tiempo, ella sintió.