El eco de lo imposible (Amigas nº 1)
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Capítulo 1 Natalia
Natalia lo había perdido todo.
Quizás por eso estaba allí esa noche, devorando la pista de baile, arrancándose la tristeza a fuerza de movimiento, dejando que la música le quemara los oídos y la cerveza le adormeciera el alma.
Bebía sin medir, convirtiendo cada trago en una tregua contra el recuerdo, una pausa momentánea en la guerra que libraba con su propia cabeza.
El sudor que le corría por la piel no era solo el resultado del calor: era una especie de purificación.
Cada gota arrastraba un pedazo de lo que había sido, lo que había perdido, lo que aún le dolía.
Sentía el cuerpo liviano, extraño, y durante esos minutos parecía que, al fin, lograba habitarlo sin miedo.
Dejó que el bajo retumbara dentro de ella, que las luces la golpearan en destellos de azul, rojo y neón, que los cuerpos a su alrededor la rozaran sin nombre ni historia.
Se permitió desaparecer en la multitud, confundirse con los desconocidos que bailaban con la misma urgencia de olvidar. Al fin y al cabo, era viernes.
Y esa noche, al menos por unas horas, podía fingir que era otra persona.
Podía dejar de pensar. Podía simplemente existir.
Y eso fue exactamente lo que hizo… hasta que lo vio.
Estaba sentado en la barra cuando ella se acercó a pedir su siguiente bebida.
La penumbra del lugar lo envolvía, pero aun así destacaba: sereno, ajeno al bullicio, con la espalda recta y un aura de calma que contrastaba con todo el entorno.
Vestía un traje gris que lucía caro y sostenía una botella entre los dedos con un gesto elegante, bebiendo la cerveza a sorbos lentos, con la apariencia de quien no tiene prisa por nada.
Cuando sus miradas se cruzaron, el mundo alrededor pareció detenerse. Los ojos de él —de un verde intenso y brillante, hipnóticos bajo las luces del bar— se clavaron en los de ella por un instante que pareció eterno. Una corriente silenciosa los conectó sin necesidad de palabras.
Natalia, impulsada por su atrevimiento natural y el alcohol, le regaló una sonrisa coqueta. Él respondió con un gesto leve, alzando una ceja. Parecía curioso ante su osadía. La tensión entre ambos flotó en el aire como una chispa a punto de incendiarse.
El camarero le tendió la cerveza, y ella la tomó con una sonrisa. Antes de girarse para volver a la pista, se permitió un último gesto: un guiño descarado, una invitación. Luego dio media vuelta, dejando tras de sí el eco de su perfume y una promesa insinuada.
Siguió bailando sin volver la vista hacia la barra, decidida a perderse otra vez en el pulso de la música.
Alzó los brazos y dejó que las luces le golpearan la piel, cada nota invitándola a rendirse un poco más.
El cabello corto, que era una declaración de independencia que llevaba con orgullo, estaba pegado a su nuca, húmedo por el sudor.
Pero a Natalia no le importaba. No esa noche.
Esa noche no había espacio para la vergüenza ni para los recuerdos.
Fue entonces cuando lo sintió: un cuerpo grande, firme, acercándose por detrás. Unas manos seguras se posaron en su cintura, acompañando su ritmo sin invadirlo. La respiración de él, cálida y constante, rozó la piel de su cuello. Natalia sonrió con satisfacción y reconocimiento.
Giró la cabeza lo suficiente para mirar por encima del hombro y confirmar lo que ya intuía: era él, el hombre de la barra, que también era mucho más alto de lo que había esperado.
Se había tenido que encorvar para respirarle cerca del cuello.
Sus ojos volvieron a encontrarse, más cerca esta vez, y el verde que la había atrapado antes brillaba más, como los ojos de un gato.
No dijeron nada. No hacía falta. La música, el sudor, el deseo vibrante, todo hablaba por ellos.
Bailaron así durante un buen rato, uno en los brazos del otro, moviéndose al cadencioso compás de la música, con el mundo reducido a ese roce, a ese ritmo compartido.
Supuso que la chaqueta de él había quedado olvidada en algún rincón de la barra, porque ahora lucía los antebrazos desnudos, la camisa blanca arremangada hasta los codos, con el tejido ligeramente húmedo por el calor.
En su brazo izquierdo se insinuaba el trazo colorido de un tatuaje, una línea de fuego y tinta que Natalia no alcanzó a descifrar, pero que la fascinó.
Las manos de él exploraron su cintura con una seguridad perezosa, bajando hasta sus amplias caderas, marcando el paso, guiándola.
Luego ascendieron lentamente por el contorno de sus brazos, rozándola, decidido a dejar sobre su piel una huella invisible.
Cada caricia era una invitación, una promesa suspendida en el aire.
Bajo su toque, a ella dejaron de importarle sus curvas voluptuosas o las imperfecciones que siempre veía cuando estaba frente al espejo.
—Si quieres, podemos ir a otro lugar —murmuró él, inclinándose lo suficiente para que su voz le hiciera cosquillas en el oído.
El tono era grave, con un acento que deslizaba las palabras, probándolas antes de decirlas. Natalia sonrió sin mirarlo. «Era extranjero. Perfecto. Justo lo que necesitaba esa noche: un desconocido sin pasado, un cuerpo para intentar olvidarlo todo».
Lo tomó de la mano con una seguridad que ni ella sabía de dónde salía y lo guio entre los cuerpos sudorosos que llenaban la pista, abriéndose paso entre risas, luces y el pulso insistente de la música.
El aire olía a alcohol, perfume y deseo.
Natalia sentía la adrenalina recorriéndole la piel como electricidad.
Llegaron al pasillo que conducía al baño de mujeres y se detuvieron en un rincón oscuro, donde las luces apenas alcanzaban a tocarlos.
Permanecieron allí, pegados uno al otro, compartiendo el mismo aliento, el mismo ritmo agitado.
La respiración de él le rozaba la mejilla; la de ella temblaba entre sus labios.
Natalia levantó la mirada y se perdió en esos ojos, tan intensos que parecían mirarla desde dentro.
Se puso de puntillas, le rodeó el cuello con las manos y tiró de él, guiándolo con la urgencia de quien solo siente.
Sus labios se encontraron en un choque breve y ardiente, un estallido que le hizo olvidar el ruido, el lugar, todo.
Él sabía a cerveza, sudor y algo oscuro que se le antojó delicioso.
La besó con hambre, reclamando cada parte de ella.
Sus manos descendieron por su espalda hasta la cintura, apretándola con fuerza y borrando cualquier espacio entre ambos.
La puerta del baño se abrió justo a tiempo.
Natalia se separó de él con un jadeo entrecortado y, sin pensarlo, lo tomó de la mano para arrastrarlo adentro.
Cerró la puerta tras ellos con un ruido seco que pareció sellar el mundo exterior.
Bajo la luz fluorescente, él era más real y más salvaje.
El cabello negro le caía sobre la frente, despeinado y húmedo, pegado a las sienes por el sudor.
Sus ojos ardían, fijos en ella. La camisa húmeda y entreabierta revelaba la promesa de su torso, y la forma en que se pegaba a sus hombros y pecho la retaba a tocarlo.
Natalia sintió que le faltaba el aire. Cada rasgo de su rostro era masculino y firme: la mandíbula marcada, la nariz recta, la línea de los labios.
Pero era su calor, la energía salvaje que lo envolvía, lo que la tenía atrapada.
Emanaba de cada movimiento, de cada respiración, de cada mirada que le dirigía.
Él avanzó, tomándole la nuca con una mano para besarla.
Sus labios presionaron los de Natalia con necesidad, abriéndole la boca.
Ella gimió dentro del beso, un sonido roto que él se bebió por completo.
Las manos de él bajaron por su cintura, apretando con suavidad, y sintió sus dedos clavarse en la carne por encima de la tela, posesivos.
Ese hombre se había convertido en un fuego invisible listo para consumirla.
De un solo movimiento, la alzó. Sus manos la sujetaron por la cintura con una fuerza que la sorprendió, sentándola sobre la repisa del lavamanos.
El contraste del mármol helado contra su piel la estremeció, pero no se apartó; al contrario, se inclinó hacia él con un jadeo, buscando más.
Natalia se aferró a sus hombros, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa húmeda.
Él la empujó hacia atrás y su espalda chocó contra el espejo, haciéndolo vibrar.
El contacto le recorrió el cuerpo entero y la llenó de una energía primitiva.
Las manos de él subieron por su torso y la tela ligera de su vestido cedió bajo sus dedos, exponiendo la piel sensible de sus pechos al aire frío del baño.
Su boca descendió por su cuello para morder justo donde el pulso le latía desbocado.
Sus manos encontraron su piel desnuda y comenzó a acariciarla con movimientos circulares, lentos al principio, con intensidad después, arrancándole un gemido que rebotó contra los azulejos.
Natalia le clavó las uñas en el pecho y tiró de la camisa empapada.
Algunos botones saltaron y la tela se abrió, dejando al descubierto sus anchos hombros.
Ella le acarició la piel con una sonrisa traviesa en los labios, y él gruñó contra su cuello.
Sus manos bajaron por sus muslos y le subieron el vestido hasta la cintura con un solo movimiento.
Sus dedos encontraron el borde de su ropa interior y la apartaron.
Cuando la recorrieron con delicadeza y se abrieron paso en su interior, ella arqueó la espalda contra el espejo y cerró los ojos, dispuesta a olvidar cualquier pensamiento que no fuera ese momento.