Capítulo 23
Protocolo de descenso
La compuerta norte se cerró detrás de ellos con un golpe hidráulico que resonó por todo el corredor ascendente. El cierre no los ponía a salvo, pero dejaba atrás el núcleo profundo, que seguía colapsando y liberando registros que el complejo ya no podía controlar.
Gael apoyó las manos en las rodillas y respiró hondo por primera vez en varios minutos. Salgado se dejó caer contra la pared. Alexia mantuvo a Mikel en pie un instante más, hasta que entre Iria y ella lograron sentarlo sobre un módulo técnico derribado.
La luz era menos azul que en las salas clínicas y les pareció más cálida. Quizá por eso el cansancio los alcanzó de golpe.
Alexia tardó en quitar el brazo de debajo del de su hermano. Los dedos no le obedecieron enseguida; tuvo que abrir la mano apoyándola sobre su propio muslo. Mikel se vencía hacia un lado. Le acomodó el hombro contra la pared y se quedó agachada, por si volvía a resbalar.
Gael miraba sus rodillas. Tenía polvo pegado a la tela y se lo frotó con una mano, sin conseguir limpiarlo.
El ruido de ese gesto llegaba ahora con una claridad extraña.
También se oía respirar al médico. Alexia alzó la vista hacia él, pendiente de una reacción que le dijera cuánto podían detenerse, pero Salgado tenía los ojos bajos.
La correa de la mochila se le había clavado en un lado del cuello.
Alexia metió los dedos debajo y la desplazó apenas.
No se atrevía a quitarse el equipo: tendría que volver a ponérselo para levantar a Mikel, y hasta ese esfuerzo le parecía excesivo.
Miró el tramo ascendente que les faltaba y luego la mano de su hermano, inmóvil sobre el módulo.
Iria abrió la tableta MIRROR. El sistema seguía activo, pero había cambiado. La interfaz mutilada mostraba ahora un resumen automático de lo ocurrido en el núcleo, como si los restos de la arquitectura original intentaran dejar constancia antes de extinguirse.
PROTOCOLO DE RUINA EJECUTADO. CONTINUIDAD DE ORPHEON COMPROMETIDA. PERSISTENCIA DE PERFIL M7: RESIDUAL. ESTADO DEL SISTEMA: DESCENSO IRREVERSIBLE.
Gael levantó la vista.
—¿Descenso irreversible?
Iria leyó en silencio dos veces.
—No se refiere solo a la caída física del núcleo. Se refiere a su capacidad de seguir sosteniéndose en capas de memoria operativa. Está perdiendo altura estructural y también complejidad.
Salgado dejó escapar una risa mínima, seca, agotada.
—Al final lo llamasteis bien.
Alexia no apartó la vista de Mikel.
—¿El qué?
El médico señaló la tableta.
—Protocolo de descenso. Nunca fue un plan para bajar. Fue un plan para obligar al sistema a dejar de elevarse por encima del daño que había hecho.
La explicación llegaba tarde, pero Iria la reconoció.
Recordó cómo había escrito aquel nombre en una carpeta de trabajo antes del reinicio.
Esta vez la imagen le trajo tristeza, sin la violencia de los recuerdos anteriores.
Querían hacer caer el núcleo y la versión oficial, obligarse a afrontar la parte del conflicto que habían intentado administrar desde arriba.
Alexia humedeció los labios antes de hablar.
—Entonces ya está.
Iria la miró.
—No del todo.
Señaló la parte final del resumen. Bajo el estado general del sistema aparecía otra línea en ámbar:
NODOS EXTERNOS PENDIENTES DE CAÍDA. RUTAS HEREDADAS ACTIVAS.
Gael maldijo por lo bajo.
—Claro. Siempre queda una cola envenenada.
Salgado asintió.
—Mientras existan nodos periféricos alimentados por autorizaciones heredadas, parte del daño seguirá accesible. No con la misma capacidad, pero sí con suficiente persistencia como para causar nuevas búsquedas, nuevas activaciones, nuevos intentos de usar lo que queda.
Alexia levantó la cabeza.
—¿Ciudad 7 sigue conectada?
—Fragmentos de ella —respondió Iria—. Corredores, estaciones de enlace, almacenes ciegos, redundancias como la que envió la señal. El núcleo profundo ha caído, pero el rastro no desaparecerá solo.
Callaron al comprender cuánto trabajo quedaba.
Mikel abrió los ojos una vez más. Mucho más opacos ahora. Pero aún atentos.
—Entonces… ya sabéis qué hacer.
Alexia se inclinó hacia él.
—Primero sales tú de aquí.
Él negó apenas.
—Yo ya estoy… saliendo.
Mikel sabía lo que le estaba pasando.
Iria lo entendió antes que Alexia. La ruptura del ancla había permitido arrancarlo del sistema, sí, pero no había revertido lo que el enlace le había hecho durante años.
No quedaba una promesa razonable de recuperación completa.
Lo que existía era algo más pequeño y más valioso, tiempo suficiente para que su salida perteneciera a los vivos y no a la máquina.
Gael, quizá por respeto o quizá por pura incomodidad frente a la intimidad ajena, se levantó y fue a revisar el corredor superior.
Salgado permaneció donde estaba, demasiado cansado ya para justificar nada.
Iria cerró la tableta y se apoyó en la pared. El edificio seguía temblando a intervalos. El descenso del sistema estaba en marcha. El daño seguía hecho. Pero, como había dicho Mikel, al menos el sistema que había deformado la historia dejaba de controlarla.
Alexia tomó la mano de su hermano.
—No voy a dejar que vuelva a quedar enterrado.
Mikel la miró con una lucidez breve y dolorosamente completa.
—Entonces… cuéntalo mal al principio. Pero cuéntalo.
Alexia reconoció su manera de hablar y dejó escapar una risa rota, al borde del llanto.
En la pantalla de la tableta, sin que nadie la tocara, apareció la última notificación del sistema:
PROCESO PRINCIPAL FINALIZADO. DESCENSO COMPLETO EN CURSO.