Capítulo 22
El costo de recordar
Salieron despacio de la cámara de descenso. Mikel pesaba pese a su debilidad. A ratos cedía por completo; al siguiente paso, recuperaba algo de tensión. Costaba sacarlo de aquel lugar, donde nunca debería haber permanecido tantos años.
Gael abrió marcha hacia la compuerta norte siguiendo el mapa de escape que la secuencia de ruina había liberado. Salgado vigilaba la retaguardia. Parecía empeñado en no volver a fallarles. Iria avanzaba cerca de Alexia, lista para sostener parte del peso cuando hiciera falta.
El complejo seguía devolviéndoles imágenes.
Cada pantalla que aún funcionaba escupía fragmentos de memoria desclasificada.
Nombres. Rutas. Registros de evacuación jamás ejecutados.
Transferencias clínicas encubiertas bajo eufemismos operativos.
Era como si ORPHEON, al perder coherencia, no pudiera dejar de recordar.
Iria no tenía que mirar para saber lo que implicaba. Cada dato que salía a la superficie desmontaba la historia simple del colapso. Pero también hacía algo peor, devolvía responsabilidad concreta a personas concretas. Nadie podría volver a decir que no había forma de saber.
Mikel abrió los ojos a mitad del trayecto.
No estaba lúcido del todo. Pero lo suficiente para notar dónde estaba.
—No… esperaba esta parte —murmuró.
Alexia ajustó mejor su brazo alrededor de los hombros.
—Pues te aguantas.
Iria reconoció en aquella aspereza la familiaridad de dos hermanos. Durante un segundo, la distancia de los años pareció menor.
Llegaron a una pasarela de servicio elevada sobre un conducto de refrigeración abierto.
Debajo corría una luz azul cada vez más inestable.
En la pared opuesta, varias pantallas mostraron de golpe la misma secuencia, “personas saliendo de Ciudad 7 por corredores secundarios, retenidas de nuevo por fallos de autorización”.
Mikel aparecía de fondo en una de las tomas, intentando redirigir a un grupo hacia una ruta aún no cerrada.
Alexia lo vio sin detenerse, pero la imagen la alcanzó igual.
—Tendrían que habérnoslo dicho.
Mikel respiró con dificultad antes de responder.
—No había… forma limpia de contarlo.
—Eso ya lo sé. Precisamente por eso.
Iria empezaba a entender lo que les costaría recordar. La memoria no les devolvería a los ausentes ni absolvería a los culpables. Tendrían que vivir con lo ocurrido, sin acomodarlo a una versión que doliera menos.
Gael se detuvo al llegar a un distribuidor de salida.
—Tenemos dos rutas. La rápida cruza un anillo de energía que puede venirse abajo. La larga pasa por el corredor este y tardamos más de lo que quizá tengamos.
Salgado consultó una consola de pared moribunda.
—La rápida.
Alexia ni siquiera pidió explicación.
—La rápida.
Iria asintió, aun sabiendo el peligro. Quedarse allí tampoco era prudente.
Tomaron la ruta corta.
El anillo de energía era un puente técnico suspendido sobre una cámara de disipación.
El suelo vibraba a intervalos irregulares y olía a cable quemado, ozono y metal recién abierto.
Cada paso producía una respuesta distinta en la estructura.
Gael iba probando paneles con una rapidez casi instintiva.
Alexia avanzaba detrás con Mikel a cuestas, sin permitirse medir el cansancio porque hacerlo implicaría reconocer cuánto podía perder aún.
A mitad del puente, Mikel volvió a hablar. Esta vez miró a Iria.
—¿Recuerdas… el final?
Ella tardó en contestar.
—Partes.
—Recuerda… lo suficiente. No más.
La advertencia no era casual. Iria comprendió por qué en cuanto una nueva oleada de memoria la atravesó sin aviso: la compuerta de sellado final, la secuencia de reinicio, la decisión de fragmentar ciertas claves para que el sistema no pudiera reconstruirlas solo.
Y, mezclado con todo eso, una idea antigua que seguía siendo una tentación presente.
Podía volver a integrarse.
Podía recuperar de golpe más acceso, más continuidad, más poder de decisión sobre lo que quedaba del núcleo. El edificio, incluso agonizando, seguía ofreciéndole ese atajo.
Se obligó a apartar la mirada de las pantallas.
Mikel la había visto antes que ella.
—Ese es… el costo.
Gael giró la cabeza. Había entendido que se referían a algo más.
—¿Qué costo?
Iria respondió sin adornarlo.
—Que recordar demasiado aquí abajo también puede convertirse en una forma de volver a pertenecer al sistema.
Nadie lo discutió. Habían visto suficiente.
Al final del puente, la compuerta norte apareció medio abierta, escupiendo vapor y polvo. Detrás se extendía un corredor ascendente hacia niveles menos profundos. Todavía podían salir, aunque no hubiera garantías. Habían pagado demasiado por llegar hasta allí.