Capítulo 24
La ciudad abierta
Cuando alcanzaron los niveles terrestres, la noche había caído sobre Urea.
El cielo aún retenía el resplandor sucio del día entre polvo y electricidad lejana.
Salieron por un acceso lateral entre placas quebradas y conductos reventados, llevando consigo el cansancio, el temblor y un cuerpo que aún respiraba a intervalos cada vez más largos.
El aire exterior les golpeó con fuerza. Después de tanto tiempo bajo tierra, agradecieron incluso aquel viento seco.
Gael fue el primero en mirar hacia atrás.
Desde fuera, el complejo no explotaba ni se hundía de manera espectacular. Solo iba apagándose. Secciones enteras perdían luz. Varias torres auxiliares reducían su actividad hasta quedar como siluetas inertes. El sistema se extinguía a medida que perdía continuidad.
—Parece poco para todo lo que había ahí abajo —dijo.
Iria se volvió también.
—No tiene por qué hacer más ruido.
Salgado se había quedado sentado junto a la salida, incapaz ya de seguir caminando mucho más. A la luz incierta del exterior, parecía haberse quedado sin el lugar donde llevaba años escondiéndose.
Alexia no respondió a nada. Seguía junto a Mikel, tendido ahora sobre una lona térmica improvisada con el equipo de emergencia. La respiración de él era superficial, espaciada, pero todavía suya. No había máquinas sosteniéndola.
El viento levantaba una esquina de la lona y la hacía rozar contra el suelo. Alexia la sujetó con la rodilla. Tenía la palma cubierta de suciedad; se la limpió contra el muslo y apoyó la mano junto a la de él.
Mikel respiraba con la boca abierta. Alexia observó cómo se movía el pecho bajo la tela, esperando la siguiente inspiración antes de permitir que sus propios hombros cedieran. Lo estaba haciendo sin querer. Cuando se dio cuenta, trató de respirar a su ritmo habitual y no pudo.
A su espalda crujió la grava. Sabía que los demás seguían cerca. Le agradeció a quien se hubiera movido que no dijera su nombre.
Iria se agachó a su lado.
—No sé cuánto tiempo…
Alexia negó antes de que terminara.
—Ya lo sé.
Lo dijo sin hostilidad.
Mikel abrió los ojos una última vez. Miró el cielo, a Alexia y después a Iria, como si aún necesitara resolver algo pendiente desde hacía veinte años.
—No dejéis… que vuelvan a cerrarla.
Iria entendió inmediatamente.
No hablaba solo de Ciudad 7. Ni de Urea. Hablaba de la historia. De la tentación constante de convertir el daño en un relato administrable, técnico, útil.
Asintió.
—No lo haremos.
Gael, de pie unos metros más allá, sostenía la tableta MIRROR y revisaba las últimas rutas periféricas que aún quedaban activas. No levantó la vista al hablar.
—Hay nodos remotos todavía emitiendo. Menos potentes. Más dispersos. Pero ahí están.
Alexia alzó la cabeza.
—¿Rastreo posible?
—Sí. No hoy. Pero sí.
Aquello significaba que tendrían que seguir.
Mikel pareció entenderlo también. En su cara apareció una forma mínima de alivio, casi invisible.
—Bien.
Fue la última palabra que dijo.
El cuerpo dejó de luchar y no hubo duda de que se había ido. Por primera vez desde que la señal llegó al cobertizo, su ausencia no era un enigma.
Alexia permaneció junto a él sin moverse.
Iria se apartó unos pasos. Gael guardó silencio. Incluso Salgado, desde el borde del acceso, pareció entender que debía callar.
Alexia seguía sosteniendo la esquina de la lona. Podía soltarla, pero entonces el viento volvería a levantarla y tendría que agacharse otra vez. Se quedó pendiente de esa dificultad mínima mientras el cuerpo de su hermano permanecía quieto a su lado.
Le alisó una arruga de la ropa sobre el brazo. Había quedado torcida al sacarlo de la silla y a ella se le había ido la vista hacia ese pliegue varias veces durante el ascenso. Ahora podía corregirlo. Pasó la palma desde el hombro hasta el codo, despacio, y retiró la mano.
No sabía cuánto tiempo llevaba arrodillada.
Gael se acercó a dejar algo del equipo fuera del paso y se retiró sin hacer preguntas.
Alexia miró sus botas, el polvo que arrastraban, la distancia que volvió a poner entre ellos.
Tuvo ganas de pedirle que se quedara y, casi al mismo tiempo, de que nadie la viera allí.
Bajó la cabeza hacia Mikel. Había hablado con él.
Tenía que recordarlo antes de que el agotamiento redujera todo a aquella quietud.
Había llegado a oírlo sin la voz de una máquina por encima.
Se quedó junto a su cuerpo tratando de retener el sonido, hasta que el frío del suelo empezó a dolerle en las rodillas.
A lo lejos, sobre la llanura rota que separaba Urea del corredor de Ciudad 7, varias luces aisladas comenzaron a apagarse una tras otra. Aún quedaban otras encendidas. El núcleo había caído de verdad, pero su trabajo no había terminado.
Alexia tardó en ponerse en pie. Estaba agotada, pero sabía qué quería hacer.
—No vamos a enterrarlo aquí abajo.
Salgado levantó la vista.
—Hay una salida oeste. Si la estructura no termina de colapsar, podréis llegar al corredor alto antes del amanecer.
Gael guardó la tableta en la mochila.
—Y después de eso, ¿qué? ¿Nos repartimos el trauma y ya está?
Gael sonaba tan joven y cansado que su brusquedad no pareció irrespetuosa.
Iria miró la oscuridad que se abría más allá de Urea.
—Después de eso, tocará decidir qué hacer con lo que hemos abierto.
—¿Contarlo todo? —preguntó Gael.
—No de golpe —dijo Alexia, con la vista aún fija en Mikel—. Pero sí lo suficiente para que nadie pueda volver a convertirlo en una historia limpia.
Salgado soltó una exhalación breve.
—Eso hará caer más cosas que este complejo.
Alexia lo miró por primera vez desde que habían salido.
—Ya va siendo hora.
No hubo respuesta para eso.
La madrugada empezó a insinuarse en el horizonte como una palidez sucia detrás de las ruinas. Entre la noche y la primera luz, Urea parecía menos una ciudad muerta que una maquinaria al fin desactivada. El daño seguía ahí, aunque la maquinaria ya no pudiera decidir por nadie.
Entre los cuatro prepararon un traslado improvisado. Aseguraron el cuerpo, repartieron el peso, revisaron el agua y marcaron una ruta de salida antes de que el cansancio los hiciera equivocarse.
Gael tomó la delantera con el detector y la tableta. Iria iba a su lado, observando cómo los últimos nodos activos se reordenaban en el mapa como brasas separadas. Ya no formaban un núcleo. Pero seguían componiendo una amenaza dispersa, quizá más difícil de perseguir precisamente por eso.
Alexia caminaba detrás junto a Mikel. Salgado cerraba el grupo a varios metros, demasiado lento y demasiado solo. Durante un tramo nadie habló.
Fue Gael quien rompió el silencio.
—No sé si esto cuenta como haber ganado.
Iria tardó un momento en contestar.
—No.
—Pues menos mal que no eres de las que adornan las cosas.
—Hemos detenido el centro —dijo ella—. Eso no borra la periferia.
Gael asintió, como si aquella precisión le resultara más soportable que cualquier consuelo.
El camino hacia la salida oeste cruzaba una franja de pasarelas semicaídas y estructuras auxiliares donde el viento hacía sonar metal suelto como campanas rotas.
En varios puntos, los sistemas residuales intentaron aún activar lecturas de presencia, pero la caída del núcleo había vuelto torpes incluso a sus últimas defensas. Pasaban, fallaban, quedaban atrás.
Cuando alcanzaron la elevación desde la que se veía el corredor alto, el horizonte empezaba a abrirse. A lo lejos se extendía la línea grisácea del antiguo acceso a Ciudad 7 y, más allá, la sucesión de tierras rotas, estaciones muertas y rutas todavía posibles que conectaban con el mundo exterior.
Alexia se detuvo un instante.
No miró hacia Urea. Miró hacia delante.
Iria entendió el gesto.
Durante veinte años toda la energía de la ausencia había estado concentrada en un punto: Mikel, la señal, la ciudad cerrada, la pregunta suspendida.
Ahora la pregunta no había desaparecido.
Se había multiplicado. Ya no era solo qué ocurrió, sino qué hacer con todo lo que seguía vivo después de saberlo.
Gael consultó otra vez la tableta.
—Hay tres nodos destacados al norte y uno hacia el oeste. Nada con la densidad del núcleo, pero sí suficientes como para que alguien los encuentre tarde o temprano.
Alexia ajustó mejor el peso de la improvisada camilla.
—Entonces iremos a por ellos.
Salgado alzó apenas la cabeza.
—No podréis hacerlo solos.
Alexia no se volvió.
—Tampoco pudisteis vosotros y mirad cómo acabó eso.
Salgado merecía la dureza de la respuesta. Aun así, Iria no oyó un rechazo absoluto. Harían falta datos, aliados, rutas y pruebas. Saber quiénes eran culpables no bastaría para evitar que se repitiera lo ocurrido.
Llegaron al borde del corredor con el amanecer ya filtrándose en bandas pálidas sobre el polvo. El mundo exterior seguía áspero, roto, inmenso. Al menos el relato de lo ocurrido ya no pertenecía por completo al sistema que lo había deformado.
Alexia dejó la camilla en tierra firme y se permitió mirar de nuevo el rostro de su hermano bajo la tela sujeta con cuidado. Mirarlo aún dolía, pero fuera del subsuelo podía empezar a despedirse.
Iria se colocó a su lado.
—¿Qué harás primero?
Alexia miró hacia el norte, donde el mapa de Gael seguía marcando ecos residuales.
—Sacarlo de aquí.
Después apoyó la mano sobre la tela, apenas un segundo.
—Y luego asegurarme de que nadie vuelva a convertir una ciudad en un sistema que decide quién merece seguir siendo persona.
Gael guardó el dispositivo.
—Eso sí que suena a una vida complicada.
Alexia lo miró con un cansancio casi irónico.
—No recuerdo haber pedido una fácil.
Desde que la señal irrumpió en el cobertizo, Alexia solo había pensado en encontrar a Mikel. Ahora sabía también qué hacer después.
Abajo, en las ruinas de Urea, las últimas luces se apagaron del todo.
La ciudad había quedado abierta.