El eco de las ciudades Capítulo 12
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Capítulo 12

Los que quedaron abajo

Salieron del nodo ciego con un mapa más preciso y menos certezas.

La nueva ruta hacia el Nivel D atravesaba el anillo clínico y una franja de laboratorios subterráneos que el sistema marcaba con múltiples alertas de integridad, sellado biológico anulado y defensa automatizada parcial.

Nada de eso detuvo a Alexia. Tampoco a Iria, aunque cada nuevo tramo del edificio parecía acercarla a una versión de sí misma que no sabía si quería recuperar.

Gael iba unos metros por delante, detector en mano, buscando pulsos activos y zonas de suelo firme.

La galería se fue estrechando hasta desembocar en un vestíbulo clínico de techos bajos, muy distinto de la elegancia ruinosa del anillo superior.

Allí todo era funcional. Superficies fáciles de limpiar.

Luces empotradas. Puertas herméticas con visores opacos.

Todo parecía pensado para tratar cuerpos sin distracciones.

Iria lo supo antes de pensarlo.

Y eso bastó para que un temblor mínimo le recorriera la mano izquierda.

Alexia lo vio de reojo, pero no dijo nada. En lugar de eso, se acercó a una hilera de ventanas de observación y limpió con la manga una capa de polvo endurecido.

Detrás del cristal había una sala de camillas.

No vacía.

Las estructuras seguían allí, alineadas, con cintas de sujeción caídas a ambos lados y monitores apagados sobre brazos articulados.

No había cuerpos. Quien hubiera estado allí había desaparecido sin dejar apenas rastro.

En una pared del fondo alguien había intentado escribir algo a mano antes de que la superficie se ensuciara o la tinta cediera al tiempo.

Solo se distinguía una palabra incompleta:

NO…

Gael no quiso acercarse más.

Alexia mantuvo la manga contra el cristal. A través del círculo que había limpiado, una correa colgaba del borde de la camilla más próxima. Su extremo casi tocaba el suelo. Era difícil apartar la vista de aquella tira suelta y mirar el conjunto de la sala.

Iria se colocó a su lado, sin llegar a tocarla. Buscó por costumbre el punto de observación desde el que se habrían vigilado los monitores. Lo encontró y sintió vergüenza de haberlo encontrado tan deprisa. Alexia miraba las camillas; ella acababa de calcular cómo se trabajaba allí.

El polvo que quedaba sobre el cristal le permitió ver su propio reflejo, tenue, superpuesto a los brazos articulados. Retrocedió hasta perderlo. Gael seguía esperando en el pasillo, con el detector vuelto hacia el tramo por el que habían llegado.

—No me gusta este nivel.

—No está diseñado para gustarte —respondió Iria.

Le sorprendió su propia frialdad. Odiaba reconocer aquel tono.

Siguieron avanzando.

El siguiente módulo estaba abierto. Dentro encontraron taquillas de personal, un panel de turnos completamente muerto y una mesa de revisión donde aún quedaban carpetas sintéticas deformadas por la humedad.

Alexia apartó una con el cañón del arma.

Gael abrió otra. El contenido era ilegible salvo por un bloque de clasificación repetido una y otra vez:

RETENCIÓN COGNITIVA REASIGNACIÓN DE PERFIL UMbrAL DE PÉRDIDA ACEPTABLE

Gael alzó la vista.

—Dime que esto no significa lo que parece.

Iria no pudo tranquilizarlo. En aquel nivel habían calculado las pérdidas humanas como márgenes operativos.

La náusea le subió con fuerza. Tuvo que darse la vuelta.

Entonces vio la puerta del fondo.

Blanca y curva, sin marcas visibles. Estaba cerrada.

Y recordó.

Apenas un fragmento, suficiente para perturbarla: una figura tendida bajo una lámpara clínica, sensores en las sienes, una discusión contenida al otro lado del cristal y su propia voz diciendo que el procedimiento no podía escalarse sin destruir continuidad identitaria.

Después, otra voz. Masculina. Cansada.

No tenemos tiempo para ética retrospectiva.

Iria apoyó la palma en la pared más cercana y respiró una sola vez.

Alexia se acercó.

—¿Qué has visto?

—A alguien en una sala como esta.

—¿Quién?

Iria negó con la cabeza.

—No lo sé. Podía ser un paciente. Podía ser un técnico. Podía ser…

No terminó la frase.

Podía haber sido ella.

Gael, mientras tanto, había reactivado un panel auxiliar con ayuda de su batería de enganche. El sistema tardó varios segundos en devolver una interfaz válida. Cuando lo hizo, solo mostró un esquema del nivel con seis salas identificadas y una en rojo.

SALA DE RETENCIÓN D-4. ESTADO: PERSISTENCIA PARCIAL.

—¿Persistencia de qué? —preguntó.

Nadie respondió inmediatamente.

Alexia se acercó al panel y deslizó la mirada hacia el borde inferior de la pantalla. Allí, casi perdida entre alertas técnicas, había una lista de perfiles asociados a ese nivel.

Varios estaban corrompidos. Uno seguía siendo legible.

ELVAN, I.

Y otro, apenas parcial:

M7—

Alexia apretó la mandíbula hasta hacerla temblar.

—Estuvieron aquí.

No era una pregunta.

Iria leyó otra línea debajo, más pequeña.

SUPERVISIÓN HUMANA SUSPENDIDA. MIGRACIÓN AL NÚCLEO PROFUNDO.

Gael dio un paso atrás.

—¿Núcleo profundo es el Nivel D?

—Sí —dijo Iria.

Lo supo en cuanto lo leyó.

La arquitectura del lugar había sido pensada en capas: acceso, tratamiento, archivo, descenso. Nada estaba aislado. Todo conducía hacia abajo.

Un sonido llegó desde el pasillo izquierdo. No un impacto como los del archivo superior, sino algo más leve. Más irregular.

Pasos.

Alexia levantó el arma. Gael apagó el panel por reflejo. Iria se quedó quieta, escuchando.

Los pasos se acercaron un poco más. Arrastrados. Inseguros. Humanos.

Una silueta apareció al fondo del corredor clínico. Delgada, encorvada, envuelta en restos de una bata técnica endurecida por la suciedad y los años. Costaba creer que alguien pudiera seguir allí, a tanta profundidad y después de tanto tiempo.

El hombre alzó la cabeza muy despacio.

Sus ojos no parecían perdidos.

Parecían recordar demasiado.