El eco de las ciudades Capítulo 11
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Capítulo 11

Niveles de acceso

El archivo se abrió sin imagen, solo con audio y una transcripción defectuosa que iba corrigiéndose a medida que el terminal recuperaba integridad. Durante un segundo solo hubo estática. Después se oyó una voz masculina, reconocible pese al deterioro de la grabación.

Mikel.

Alexia lo reconoció y dejó de parpadear.

—Si estás oyendo esto, significa que el cierre ha fallado o que alguien lo ha forzado. En cualquiera de los dos casos, el sistema ya no puede protegeros de la versión útil de la historia.

Gael alzó la vista del terminal. Iria permaneció inmóvil, tratando de atender a la voz y a lo que detonaba en alguna zona enterrada de su propia memoria.

—ANÉMONA no era un proyecto aislado —continuó Mikel—. Era una derivación de ORPHEON. Un protocolo para fragmentar, encapsular y redistribuir memoria operativa en sujetos seleccionados, con el fin de mantener activos determinados sistemas aunque la red principal colapsara.

Iria cerró los ojos un instante.

ORPHEON.

La palabra llegó esta vez acompañada por una descarga más brutal, pantallas en abanico, una mesa de revisión, discusiones sobre persistencia cognitiva y una voz —la suya o muy cerca de la suya— diciendo que almacenar no era lo mismo que preservar. La imagen se rompió antes de completarse.

Mikel siguió hablando.

—Lo vendieron como contingencia. Resiliencia de infraestructura. Protección del conocimiento crítico. No era mentira del todo. El problema es que, cuando Ciudad 7 empezó a fallar, dejaron de distinguir entre sistemas y personas.

Alexia apoyó una mano en el borde del terminal. Los nudillos se le pusieron blancos.

—Usaron perfiles humanos como nodos de autorización —dijo Iria en voz baja, antes de darse cuenta de que ya lo sabía.

La grabación continuó.

—Los niveles de acceso dejaron de depender solo de credenciales externas. Se injertaron en recuerdos, en identidades, en relaciones de confianza. Si querías abrir una ruta, necesitabas a la persona adecuada. O lo que quedara de ella.

Gael dejó escapar un juramento breve.

—La señal de 2483…

—Era una llamada por perfil —dijo Iria.

Esta vez la certeza no llegó como intuición, sino como memoria técnica. Parcial, pero sólida. La señal no transmitía solo información. Buscaba resonancia en personas específicas, en patrones cognitivos capaces de activar secuencias dormidas.

Alexia miró a Iria de frente.

—¿Y Mikel era uno de esos perfiles?

Iria no respondió enseguida. El audio siguió.

—Si el sistema ha llegado hasta Alexia, significa que usaron mi vínculo con ella como redundancia no autorizada. Si ha llegado hasta Iria Elvan, significa que el núcleo de ORPHEON no murió en Urea. Solo cambió de forma.

Por primera vez desde que había empezado la grabación, la voz vaciló apenas un instante.

—Si ambos perfiles coinciden, el descenso habrá comenzado.

La frase quedó flotando unos segundos. Nadie habló.

Gael fue quien volvió primero al presente.

—¿Descenso a dónde?

Unos segundos después, la grabación de Mikel dio la respuesta.

—A la cámara central de enlace. Al nivel que nunca debió permanecer activo.

La pantalla del terminal se actualizó sola. Sobre el mapa parcial apareció un nuevo nodo, oculto hasta entonces bajo varias capas de acceso.

NIVEL D. CÁMARA DE DESCENSO.

Debajo, un aviso:

AUTORIZACIÓN DOBLE DETECTADA.

Alexia leyó el texto sin moverse.

—Mi perfil y el de Iria.

—Eso parece —respondió Gael.

Iria seguía mirando la transcripción. La inquietaba comprobar hasta qué punto Mikel había previsto lo que estaba ocurriendo. Había trabajado dentro del sistema el tiempo suficiente para anticiparlo.

—Él sabía que podía llegar aquí —dijo.

Alexia bajó la vista hacia las cápsulas M7.

—O sabía que yo acabaría llegando a él.

Mikel continuó.

—Si has abierto esto, no confíes en ninguna versión única de los hechos.

Los registros clínicos fueron editados. Los protocolos de emergencia también.

ORPHEON aprendió a protegerse no ocultando información, sino fragmentándola en relatos compatibles con cada acceso.

La memoria dejó de ser un archivo. Se convirtió en una arquitectura.

Iria reconoció aquella idea con un sobresalto. Alguna vez había pensado exactamente así.

—Yo escribí parte de esto —dijo.

Alexia giró hacia ella.

—¿Estás segura?

Iria apoyó la yema de los dedos en la mesa técnica, buscando equilibrio.

—No de todo. Pero de esa idea, sí. Convertir memoria en estructura navegable. No para recordar mejor, sino para limitar desde dónde se puede recordar.

Gael la miró con una mezcla extraña de fascinación y alarma.

—Eso es monstruoso.

Iria no discutió.

—Sí.

El audio de Mikel llegó a su tramo final.

—No sé cuánto de mí quedará cuando esto se active.

Tampoco sé cuánto de vosotros seguirá siendo enteramente vuestro.

Pero si estáis ahí, todavía existe una posibilidad: bajar antes de que el sistema complete la recuperación automática.

Elegid vosotros qué verdad abrir. No dejéis que ORPHEON elija por su cuenta.

La grabación terminó con un golpe de estática y una última respiración apenas audible.

Nadie dijo nada durante varios segundos.

Seguían pendientes del terminal, aunque la voz ya se había apagado.

Alexia tenía la mano cerca del control de reproducción.

Bastaba con volver al principio para oírlo respirar otra vez.

Podría buscar las palabras que había pronunciado de una manera reconocible, separarlas del resto, quedarse escuchando hasta que el ruido de fondo dejara de molestarla.

Ya había hecho algo parecido con la primera transmisión.

Retiró la mano. Iria continuaba mirando la pantalla y Gael tenía el detector quieto contra el pecho.

Ninguno le pedía que se moviera. Esa discreción la obligó a tragar saliva antes de poder enderezarse.

Habría preferido que alguien le metiera prisa; le habría resultado más fácil enfadarse y salir de la sala.

Fue Gael quien rompió el silencio.

—Vale. Ya no estamos siguiendo una señal. Estamos dentro de un mecanismo.

—Siempre lo estuvimos —dijo Iria.

Alexia recogió las cápsulas M7 con una calma demasiado rígida para ser verdadera. Después miró el mapa del terminal y el nodo recién revelado en lo profundo del complejo.

—Entonces bajamos.

Alexia lo dijo como si llevara años preparándose para bajar.