Capítulo 8
Umbral
La luz roja al final del corredor intermitía con un ritmo demasiado regular para ser un simple fallo.
Iria retrocedió medio paso desde el terminal del archivo y dejó que el dron se adelantara unos metros.
El aparato proyectó una malla mínima del pasillo, deformada por interferencias.
No podía identificar lo que había allí. Solo mostraba su forma, el movimiento y una estimación de la masa térmica.
Había algo allí.
Humano.
Iria apretó la mandíbula. No sabía si sentir alivio o alarma. Había llegado a creerse sola en Urea, rodeada únicamente de sistemas aún activos. Otra persona podía ayudarla. También podía ser un peligro.
Sacó el comunicador de la mochila y lo activó por instinto, aunque sabía que no obtendría enlace limpio. Esta vez no recibió solo ruido. Una voz rota, casi devorada por estática, logró abrirse paso un segundo.
—…ria… si me… oyes… no abras…
La transmisión se cortó.
Se quedó inmóvil.
Se le tensó el pecho. No reconocía la voz ni estaba segura de haber oído su nombre.
El dron pitó otra vez.
Movimiento lateral.
Iria apagó el comunicador y se desplazó hacia un lateral de la sala de archivo, buscando cobertura tras una columna de almacenamiento. Desde allí podía ver la compuerta entreabierta y una franja del corredor exterior. La luz roja seguía pulsando sobre la pared del fondo.
Pasaron cinco segundos.
Diez.
Luego apareció una silueta.
No avanzó de inmediato. Se mantuvo a la entrada del corredor, cuidando el ángulo desde el que se asomaba. Era una mujer de complexión delgada, ropa de campo reforzada, el pelo recogido atrás y una linterna corta en la mano izquierda. En la derecha llevaba un arma compacta, baja pero preparada.
No parecía una saqueadora; daba la impresión de saber qué buscaba.
Detrás de ella apareció un segundo cuerpo, más joven, más ligero. Un muchacho con equipo improvisado y la postura alerta de quien vive midiendo rutas de escape.
Iria sintió una descarga extraña, como si algo en la escena estuviera alineándose con piezas internas que no veía del todo.
La mujer fue la primera en hablar.
—No dispares. No venimos por el archivo.
La distancia y el eco endurecían su voz. Hablaba con una tensión contenida, midiendo las palabras.
Iria no salió de su cobertura.
—Entonces di por qué has venido.
La mujer tardó una fracción de segundo en responder.
—Por una señal.
El corazón le dio un golpe seco.
No supo si por la palabra o por la convicción con que había sido dicha.
—Eso no aclara nada —respondió Iria.
La figura del muchacho cambió apenas el peso de un pie a otro. Su detector improvisado seguía activo en la mano, lanzando pequeñas luces de lectura contra el aire polvoriento.
—Buscamos a alguien —dijo él, más rápido que la mujer—. A Iria Elvan.
El nombre cruzó el corredor como una llave girando dentro de una cerradura oxidada.
Iria salió entonces de detrás de la columna, sin bajar del todo la guardia.
La mujer del pasillo se quedó inmóvil.
Durante un segundo no hubo nada más que esa distancia contenida entre las tres personas, el archivo a medio abrir y el zumbido mínimo de sistemas que aún se negaban a morir.
—Yo soy Iria Elvan —dijo.
La mujer bajó la linterna unos centímetros y mantuvo el arma en su sitio. Miró a Iria como si aún le costara creer que la había encontrado.
—¿Quién eres tú? —preguntó Iria.
La respuesta llegó más despacio.
—Alexia.
Luego, como si el nombre por sí solo no bastara:
—Mikel era mi hermano.
Iria sintió un vértigo que ya conocía.
Mikel no le resultaba ajeno, aunque no lograra asociarlo a un recuerdo completo. Le había pasado con ORPHEON, MIRROR y Urea.
El muchacho, a un lado, miró alternativamente a una y otra como quien comprende que acaba de entrar en el centro exacto de una historia mucho más antigua que él.
Alexia dio un paso hacia la compuerta.
—Encontré una carta suya —dijo—. Decía que te buscara.
Sacó el sobre plastificado del bolsillo interior de la chaqueta y lo sostuvo sin acercarse del todo. Le estaba ofreciendo una prueba, todavía con desconfianza.
Iria miró el sobre, luego a ella.
—No recuerdo a tu hermano.
La frase parecía brutal, pero era verdad.
Alexia asintió una sola vez, como si ya hubiera contemplado esa posibilidad durante el trayecto hasta allí.
—Yo tampoco sé ya qué parte de él estoy buscando.
Iria no supo qué responder a aquello.
Había imaginado que otra persona le devolvería algún punto de apoyo: un nombre dicho con familiaridad, una explicación que no terminara en una negativa del sistema. Alexia la estaba mirando con una necesidad para la que Iria no encontraba respuesta. Prefería que le preguntara algo más.
La linterna seguía alumbrándole parte del cuerpo.
Se miró las manos y las dejó a la vista, abiertas, lejos de la mochila.
Después volvió a mirarla a la cara. Hizo falta un esfuerzo para permanecer allí, sin intentar defenderse de una acusación que Alexia todavía no había formulado.
El muchacho cambió de postura junto a la entrada y ambas lo oyeron.
Gael fue el primero en romper ese equilibrio precario.
—No creo que debamos hablar aquí mucho tiempo.
El detector emitió una lectura discontinua y el edificio respondió, casi como si lo hubiera oído. Más al fondo, en niveles inferiores o superiores —era difícil saberlo—, sonó un golpe mecánico de gran tamaño seguido por una vibración corta en el suelo.
Iria giró la cabeza hacia el interior del archivo. El terminal de su expediente acababa de cambiar de pantalla.
AUTORIZACIÓN CRUZADA DETECTADA. PROCESO DE RECUPERACIÓN DISPONIBLE.
Debajo aparecieron dos campos:
PERFIL IRIA ELVAN. PERFIL M7-DELTA.
Alexia vio el monitor al mismo tiempo que ella.
—M7 —susurró.
M7 volvía a aparecer. Ya no podían atribuirlo a una casualidad.
Pero antes de que nadie pudiera acercarse al terminal, la luz roja del corredor dejó de parpadear.
Se quedó fija.
El dron de Iria lanzó una alarma limpia.
—Activación de protocolo —dijo la voz sintética de la tableta MIRROR desde la mochila abierta—. Defensa de archivo en curso.
Las tres personas se miraron apenas un instante.
No hacía falta explicar nada más.
El umbral acababa de cerrarse detrás de ellas.