Capítulo 9
Cámara de eco
La compuerta del archivo se cerró con un golpe amortiguado y definitivo. El cierre parecía haber estado esperando a que estuvieran dentro. La luz roja del corredor se volvió blanca durante un segundo y luego desapareció, dejando solo el zumbido bajo de los sistemas reactivados.
Gael soltó una maldición y se lanzó hacia el panel manual, pero el cierre ya había sellado la ranura de servicio. Iria no perdió tiempo en mirar. Se volvió al terminal central del archivo mientras el dron subía unos metros y empezaba a trazar una malla nerviosa de la sala.
Alexia seguía con la carta de Mikel en la mano.
Aun en medio de la alarma, se resistía a guardarla, como si temiera que fuera a desaparecer. La guardó al fin en el bolsillo interior de la chaqueta y dio dos pasos hacia el monitor.
—¿Qué ha detectado? —preguntó.
Iria leyó en pantalla.
—Autorización cruzada. Mi perfil y otro asociado a M7-Delta.
La expresión de Alexia cambió al oír el código. M7 ya no era solo una marca que asociaba a su hermano; el sistema estaba respondiendo a él.
Gael se apartó del cierre y revisó el detector.
—No estamos solos en el sistema —dijo—. Hay actividad en tres niveles del edificio. No sé si son defensas automáticas o algo peor.
—Aquí casi todo es peor —respondió Iria.
Hablaba en serio, con una seguridad nacida del conocimiento que el edificio empezaba a devolverle.
El terminal lanzó una nueva línea de texto:
RECUPERACIÓN DISPONIBLE. REQUIERE CÁMARA DE ENLACE.
Debajo apareció un mapa parcial del complejo. Tres nodos brillaron en azul pálido: ARCHIVO, CLÍNICO, CÁMARA CENTRAL. La ruta hasta este último estaba marcada con varios tramos rotos y un aviso constante de integridad insuficiente.
Iria apoyó la mano sobre la mesa técnica.
Cámara central.
La palabra no le devolvió una imagen completa, pero sí una sensación concreta: luz excesiva, superficies blancas, y la impresión insoportable de haber entrado allí por decisión propia sabiendo que no saldría igual.
Alexia la observó con una atención contenida.
—¿Lo reconoces?
Iria tardó un segundo en contestar.
—No del todo. Pero sé que he estado allí.
Gael levantó la vista del detector.
—Entonces ese es el siguiente sitio.
—O la trampa siguiente —dijo Alexia.
—Las dos cosas no se excluyen —replicó él.
Varios módulos laterales se encendieron. Las gavetas automáticas empezaron a desplazarse en orden y el ruido de las guías metálicas llenó la sala.
Iria retrocedió medio paso.
Una de las columnas se abrió sola.
En su interior había cápsulas de almacenamiento de datos, alineadas por series. La mayoría mostraban indicadores muertos. Dos seguían activos. Uno llevaba una marca estándar del archivo. El otro, escrita a mano, una palabra:
ANÉMONA.
Alexia vio la etiqueta y fue hacia ella sin pedir permiso. Tomó la cápsula con cuidado, como si fuera a romperse. Gael la miró de reojo.
—Ese nombre estaba en la señal, ¿no?
—Sí.
Alexia no añadió nada más. No parecía capaz.
Iria tomó la otra cápsula. La etiqueta oficial estaba casi borrada, pero aún se distinguía una referencia: ELVAN / RECOV / PERSONAL.
Personal.
Quiso dejarla donde estaba, pero había ido hasta allí para recuperar su historia.
Guardó la cápsula en la mochila.
En ese momento sonó el primer golpe contra la compuerta.
Costaba atribuirlo a una persona: el golpe era demasiado preciso y fuerte, casi mecánico.
Gael se giró hacia el cierre, el detector en alto.
—Vale —dijo—. Ya no tenemos tiempo para discutir teorías.
Iria volvió al terminal y trató de forzar más información, pero la interfaz seguía mutilada. Solo una línea nueva apareció sobre el mapa:
APERTURA MANUAL DE EMERGENCIA DISPONIBLE POR CONDUCTO DE SERVICIO.
Y una flecha lateral señaló una rejilla baja al fondo de la sala.
Alexia ya estaba moviéndose hacia ella.
—Salimos por ahí.
—¿Cabe el equipo? —preguntó Gael.
—Entrará.
El segundo golpe contra la compuerta sacudió el archivo entero. Polvo fino descendió de las juntas del techo. El dron de Iria emitió una advertencia por proximidad estructural.
Ella se agachó junto a la rejilla, encontró el cierre de cuarto de vuelta y lo forzó con la llave multiuso de Gael. El panel cedió al tercer intento. Al otro lado, un conducto de mantenimiento descendía en diagonal hacia un nivel inferior.
El borde se había doblado hacia dentro. Iria lo sujetó mientras Gael apartaba la rejilla para que no rebotara contra el suelo.
La vibración del último golpe aún le corría por los dedos.
Alumbraron el primer tramo del conducto: había que meterse con la mochila por delante y girar los hombros al pasar.
Oscuro. Estrecho. Viable.
Alexia miró a Iria con menos sospecha. Aún no confiaba en ella, pero ambas necesitaban la ayuda de la otra.
—¿Cámara central? —preguntó.
Iria asintió.
—Cámara central.
Detrás de ellas, la compuerta recibió un tercer impacto y una grieta luminosa apareció en el borde del cierre.
Ya no podían refugiarse en el archivo.