El eco de las ciudades Capítulo 7
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Capítulo 7

La carta

La sala técnica de la estación secundaria estaba casi intacta, y eso la volvía más inquietante. Alexia había visto ruinas, laboratorios saqueados, puestos de enlace vaciados hasta el hueso. Aquel lugar parecía haberse quedado en espera.

Gael se movió entre los paneles laterales con una prudencia poco habitual en él. Revisó un módulo de alimentación, conectó su detector a una salida antigua y negó con la cabeza.

—Hay corriente mínima —dijo—. Alguien la está redistribuyendo desde otra parte.

Alexia seguía frente a la consola central. La marca M7, casi borrada en el borde metálico, le ardía en la vista con una intensidad absurda. Podía ser un número de módulo o un código interno. Una coincidencia, se dijo, aunque no consiguiera creerlo.

Examinó el resto del panel.

A la izquierda del monitor principal había un compartimento de mantenimiento con cierre manual. Estaba trabado por óxido, aunque no completamente sellado. Alexia lo forzó con la herramienta plana de su mochila y tiró de la tapa hasta abrirlo.

Dentro encontró un pequeño espacio de almacenaje: dos fusibles muertos, un cable enrollado, una tarjeta sin datos y un sobre plastificado doblado en dos.

Se quedó inmóvil.

El sobre llevaba escrito a mano un único nombre.

Alexia.

No encontraba explicación para aquel sobre con su nombre. Y aun así estaba ahí, resguardado del polvo como si alguien hubiera sabido exactamente quién acabaría encontrándolo.

Gael lo vio desde el otro lado de la sala y dio un paso hacia ella.

—¿Qué es eso?

Alexia no respondió. Sacó el sobre despacio. El plástico exterior estaba endurecido por el tiempo, pero el cierre seguía firme. Lo abrió con cuidado. Dentro había una hoja doblada y una pequeña lámina metálica del tamaño de una uña, marcada con un código alfanumérico.

La letra de la hoja la golpeó antes incluso de leer.

Era la de Mikel.

No parecía una copia ni una falsificación. La inclinación de los trazos, la presión irregular en ciertas letras, la forma en que unía la r con la a cuando escribía deprisa: todo era suyo.

Alexia apoyó los nudillos contra la mesa para mantenerse quieta.

La hoja se resistía a permanecer abierta.

Había conservado tanto tiempo el pliegue que tendía a cerrarse sobre la escritura; Alexia sostuvo una esquina con el pulgar y evitó pasar la uña por el doblez.

Le molestaba tener las manos sucias. No había pensado en ello al coger la credencial, ni al entrar con el arma preparada, pero ahora veía el polvo oscuro acumulado junto a sus uñas y temía dejarlo sobre el papel.

Lo inclinó para aprovechar la luz. Mikel había escrito esas líneas sin saber cuándo las leería ella, ni con qué cara. Alexia trató de apartar ese pensamiento y fijó la vista en el comienzo.

Luego leyó.

Si has llegado hasta aquí, significa que la señal ha sobrevivido o que alguien la ha reactivado. En ambos casos, lo peor ya ha empezado.

No busques una verdad limpia. No la hay.

Ciudad 7 no cayó como nos contaron. Fue cerrada desde dentro y desde fuera al mismo tiempo. Lo que hicimos allí no fue contener una crisis. Fue fabricar una versión soportable de ella.

Si aún puedes elegir, da la vuelta.

Si no puedes, busca Urea. Busca a Iria Elvan. Si sigue viva, entenderá lo que yo ya no pude detener.

No confíes en los protocolos de memoria. No confíes en las autorizaciones heredadas. Y no repitas mi error: no creas que el sistema está roto solo porque parece dormido.

Debajo del texto, una última línea, más corta, parecía añadida con prisa:

Lo siento.

Alexia tardó unos segundos en volver a respirar con normalidad.

Volvió a las últimas palabras. Podía enfadarse con él por haberlas dejado allí, al final, después de todas las advertencias. La disculpa le llegaba cuando ya no tenía delante a nadie a quien devolvérsela. Apretó la hoja sin querer y aflojó los dedos en cuanto oyó crujir el papel.

Mikel. Urea. Iria Elvan. Protocolos de memoria. Alexia trataba de relacionarlos, pero aún le faltaban piezas.

Gael se acercó lo suficiente para leer por encima de su hombro las últimas líneas.

—¿Iria Elvan? —repitió.

Alexia dobló la hoja de inmediato.

—No la conoces.

Pero el muchacho no apartó la vista.

—He oído ese nombre.

La respuesta la hizo levantar la cabeza.

—¿Dónde?

Gael dudó. Esta vez no parecía estar fingiendo.

—En el mercado gris. Hace meses. Un corredor de datos vendía fragmentos de archivos rescatados de consolas del norte. Casi todo era basura. Pero había una etiqueta que se repetía: ELVAN, IRIA. Proyecto MIRROR. Acceso denegado.

Aquel nombre en los archivos del norte complicaba lo que Alexia acababa de leer.

—¿Y no pensaste que era importante?

Gael le sostuvo la mirada.

—Pensé que lo era. Por eso estoy aquí.

Esta vez respondió con cansancio, sin su insolencia habitual.

Alexia guardó la carta en el bolsillo interior de la chaqueta, junto a la credencial dañada de Mikel. Después recogió la pequeña lámina metálica. Gael alargó la mano.

—Déjame verla.

Era una llave de almacenamiento antiguo, de las que ya casi nadie sabía leer sin adaptadores específicos. En el borde llevaba una referencia grabada:

A-17 / UREA / M7

—No puede ser casual —murmuró Alexia.

—No lo es.

La luz azul del monitor central cambió de intensidad. Un nuevo texto apareció bajo la línea de autorización en espera:

RUTA EXTERNA DISPONIBLE. DESTINO: UREA.

Gael soltó una maldición muy baja.

—Eso responde a la carta.

—O alguien quiere que lo parezca.

—También.

Alexia repasó el mapa parcial que la consola acababa de proyectar.

No era una ruta completa, sino una secuencia de nodos, estaciones intermedias y un trazado antiguo que enlazaba el corredor de Ciudad 7 con la periferia técnica de Urea.

Algunos tramos aparecían marcados en rojo, otros simplemente carecían de datos.

—No es transitable del todo —dijo Gael—. Hay huecos.

—Nos bastará con que exista.

Él la miró un instante, como si calibrara si aquello era valentía o simple obstinación.

—Cada vez entiendo menos por qué estás haciendo esto.

Alexia sostuvo su mirada.

—Yo cada vez entiendo mejor que no tengo alternativa.

El detector del muchacho emitió un pitido corto y agudo. Gael volvió la cabeza hacia la entrada de la sala.

—Tenemos visita.

Alexia desenfundó la pistola.

Desde el pasillo descendente llegó un ruido seco: metal contra hormigón. Luego otro. Luego una sombra rápida cruzó el ángulo del corredor y desapareció.

No era un animal.

No era el viento.

Alguien más acababa de entrar en la estación.