El eco de las ciudades Capítulo 6
24%

Capítulo 6

Restos de Urea

Sector Urea no apareció de golpe. Primero fueron sus bordes: una señal de orientación semienterrada, una pasarela suspendida sin destino visible, fachadas curvas comidas por grietas finas.

Después emergió el conjunto, enorme pese a los derrumbes, una ciudad construida como si nada pudiera acabar con ella.

Iria avanzó con el dron activado a media altura, dejando que el pequeño aparato abriera un mapa incompleto del terreno.

El aire olía a polvo caliente, polímeros viejos y una nota metálica que subía desde conductos subterráneos o estructuras aún activas.

Cada pocos metros aparecían restos de señalización urbana intacta.

Una de las piezas, inclinada sobre una base fracturada, mostraba varias direcciones borradas y una aún legible:

UREA. ANILLO TERRESTRE. ACCESO OESTE.

Debajo, casi tapada por suciedad endurecida, otra línea sobrevivía:

DIVISIÓN COGNITIVA.

Los edificios conservaban cierta elegancia pese a la ruina.

Las curvas amplias de los accesos y los paseos elevados obedecían a un diseño cuidadoso, muy distinto al de un asentamiento improvisado o una instalación industrial.

Urea se había construido para funcionar con precisión y para exhibir ese orden.

Urea, pensó.

O su esqueleto.

El dron emitió un pulso breve y proyectó un aviso de interferencia en uno de los flancos del mapa.

Iria bajó la velocidad. A su derecha, una secuencia de módulos bajos aparecía parcialmente hundida bajo arena compactada.

A la izquierda, una avenida peatonal elevaba su trazo hacia edificios de cristal opaco, muchos con las cubiertas colapsadas.

Por delante, una plaza abierta conducía hacia un volumen principal recubierto de paneles blancos ennegrecidos por el tiempo.

No sabía por qué, pero en cuanto lo vio supo que debía entrar allí.

Subió la escalinata central, inquieta por lo que pudiera encontrar y por lo que pudiera recordar.

El edificio conservaba dos puertas automáticas abiertas a la fuerza y bloqueadas por sus propios railes.

Dentro, la temperatura descendía varios grados.

El vestíbulo estaba cubierto por un silencio diferente al del búnker: menos controlado, más expuesto, atravesado por corrientes de aire que hacían vibrar placas sueltas en techos lejanos.

En el suelo había restos de mobiliario modular, terminales arrancados y fragmentos de mamparas translúcidas. No había cuerpos ni señales de una presencia humana reciente. Los restos sugerían una evacuación interrumpida.

Un fragmento de mampara crujió bajo su bota.

Iria retiró el pie antes de cargar el peso y buscó un apoyo más firme entre los restos.

El dron avanzaba por encima de aquel desorden sin variar la altura.

Ella debía rodearlo, calcular si una superficie resistiría o si la oscuridad bajo una placa era una sombra o un hueco.

Al pasar junto a un terminal arrancado, lo rozó con la mochila y lo hizo oscilar.

Lo sujetó hasta que quedó estable. Tenía la cara posterior abierta, los conectores expuestos, y durante un momento sintió el impulso de examinar qué podía aprovecharse.

Se sorprendió de estar pensando en piezas allí dentro.

Dejó el terminal como estaba y pasó de lado entre las mamparas, con una mano sobre la correa para mantener la mochila pegada al cuerpo.

Iria avanzó hasta un directorio mural caído.

Bajo capas de grietas y suciedad, leyó nombres incompletos:

LABORATORIOS DE INTERFAZ. MEMORIA APLICADA. ANILLO CLÍNICO. ARCHIVO ORPHEON.

La última línea le provocó un dolor breve detrás de los ojos.

Parpadeó. Una imagen insistió en formarse, una sala blanca, una lámpara quirúrgica, una voz masculina contando hacia atrás desde diez. No llegó más lejos, pero fue suficiente para obligarla a apoyar una mano en el muro.

Siguió adelante.

Al fondo del vestíbulo, un corredor curvo llevaba a una zona parcialmente derrumbada.

El dron detectó un pulso energético nuevo en la planta superior.

Era débil y regular, como si un sistema acabara de salir del estado de espera.

Iria miró hacia el techo, donde una grieta estrecha dejaba pasar una franja de luz pálida.

Algo seguía activo allí arriba.

La escalera principal estaba bloqueada por una losa caída, así que tomó un ascensor de mantenimiento abierto en canal.

Trepó por el hueco lateral con ayuda de una escalera de servicio todavía anclada al muro.

Al llegar al nivel superior, encontró una galería de cristales rotos y puertas técnicas cerradas.

En una de ellas, casi borrada, aún se leía una palabra:

ARCHIVO.

La tableta MIRROR vibró en su mochila.

La sacó.

La interfaz capada mostraba ahora una línea nueva:

RUTA DE RECUPERACIÓN DISPONIBLE.

Debajo, una flecha sencilla señalaba el extremo opuesto del corredor.

Iria siguió la indicación hasta una puerta circular encajada en un marco mucho más robusto que el resto. El panel de acceso estaba muerto, pero en el centro del cierre había una ranura de reconocimiento biométrico. Recordó la llave transparente guardada en la mochila.

La sacó, la sostuvo un segundo y la insertó.

El sistema tardó lo suficiente para hacerle pensar que no pasaría nada. Luego una banda de luz azul recorrió el contorno de la compuerta.

Autorización parcial reconocida.

La puerta se abrió unos centímetros.

El aire que salió de dentro olía más limpio, como si la sala hubiera permanecido sellada durante décadas.

Iria empujó.

La sala interior estaba llena de archivadores modulares, columnas de almacenamiento y terminales suspendidos. En el centro, un único monitor seguía encendido. Sobre la pantalla se leía una frase:

EXPEDIENTE IRIA ELVAN. ACCESO RESTRINGIDO.

Debajo, otra línea se actualizó al detectarla:

SUPERVISIÓN REQUERIDA.

Iria sintió una mezcla de rabia y alivio que la obligó a apoyarse en el borde de una mesa técnica.

Allí debía de estar parte de su historia, y seguían negándole el acceso.

Se acercó al terminal.

—¿Quién me sigue bloqueando? —preguntó en voz baja, como si el archivo pudiera responder.

La pantalla no cambió.

Pero el dron, suspendido a su lado, emitió un sonido agudo de alerta.

Iria se giró.

En el extremo del corredor exterior, más allá de la compuerta abierta, acababa de activarse una luz roja intermitente.

No estaba sola en el edificio.