Capítulo 5
Alexia salió de la cabina y sintió el aire seco del exterior pegándose a la piel.
Sin la frecuencia acaparando su atención, el control le parecía aún más vacío.
Bajo la barrera rota, la grava de la carretera se perdía hacia el interior en una recta larga, flanqueada por señales derribadas y restos de paneles solares rotos.
Aquella quietud no invitaba a bajar la guardia.
Montó en la moto y señaló el asiento trasero.
Gael tardó un segundo de más en decidirse, como si no estuviera acostumbrado a obedecer sin negociar. Al final guardó el detector, se colgó una pequeña bolsa al hombro y subió con un movimiento ágil.
—Si intentas hacer alguna tontería, te tiro en marcha —dijo Alexia.
—Eso suena incómodo para los dos.
No respondió. Activó el motor y avanzó despacio bajo el arco del control.
Al cruzar la línea, Alexia sintió que algo cambiaba, aunque no viera nada distinto. Se obligó a no pensar en ello. Mantuvo la vista al frente mientras la moto tragaba metros de asfalto resquebrajado.
A un lado y otro del corredor aparecían de vez en cuando estructuras auxiliares: cabinas de revisión, brazos de lectura arrancados, vallas inteligentes reducidas a mallas retorcidas, postes de guiado cubiertos por una costra de polvo.
Más lejos, en paralelo a la carretera, discurría una antigua línea elevada de servicio con varios tramos desplomados.
El cielo despejado acentuaba el vacío del paisaje.
—¿Cómo encontraste la frecuencia? —preguntó Gael por encima del zumbido del motor.
Alexia tardó en contestar.
—Me encontró ella.
Sintió, más que vio, la reacción del muchacho a su espalda.
—Eso no es una respuesta normal.
—No te he prometido normalidad.
Callaron un rato. El detector de Gael emitió un pitido corto.
—Redúcela —dijo.
Alexia obedeció sin preguntar. Cien metros más adelante, el indicador del muchacho volvió a sonar, más insistente.
—A la derecha —añadió—. Hay un desvío cubierto.
Ella casi lo pasó de largo. La entrada estaba medio sepultada por arena y maleza dura, marcada solo por la base rota de una señal técnica donde apenas se leía SEC-AUX.
Giró la moto y tomó el ramal, más estrecho y peor conservado, que descendía entre dos taludes bajos hacia una zona de estructuras menores.
A medida que avanzaban, la señal del detector ganaba nitidez.
El acceso secundario apareció al final de la vía como una vieja estación de enlace incrustada en la ladera, con la fachada de hormigón parcialmente hundida y un mástil de comunicaciones inclinado hacia un lado.
Una puerta de servicio, protegida en otro tiempo por compuertas automáticas, permanecía cerrada.
Sobre ella, casi borrado por el tiempo, se distinguía todavía el sello de Ciudad 7.
Alexia detuvo la moto.
Ni ella ni Gael hablaron durante unos segundos.
Fue él quien rompió el silencio.
—Parece que tu señal sí sabía adónde quería llevarte.
Alexia miró la puerta cerrada, la inclinación del mástil y la sombra que empezaba a ganar terreno bajo el voladizo de la estación. Allí dentro podía no haber nada. O podía haber exactamente lo que llevaba veinte años sin atreverse a buscar.
Apagó el motor.
Sacó la linterna corta del compartimento lateral y se acercó a la entrada.
La puerta no tenía alimentación visible, pero la consola de servicio aún conservaba parte de su carcasa y un puerto auxiliar medio oculto por polvo endurecido.
Gael se agachó junto a ella sin pedir permiso, examinó la pieza y soltó una exhalación breve.
—No está muerta —dijo.
—Entonces ábrela.
Él ladeó la cabeza.
—No tan deprisa.
Alexia lo miró de perfil, irritada.
—¿Otra vez?
—No es una negativa. Es que si esto tiene defensas residuales y enchufas mal, nos cierra el acceso o nos deja un pulso encima.
Gael señaló el interior del puerto con la punta de la herramienta. Alexia acercó la linterna. Bajo la suciedad, las conexiones no estaban tan deterioradas como la carcasa hacía pensar. Él no volvió a explicarse; se limitó a esperar a que ella viera lo mismo.
Alexia bajó el haz hasta el ángulo que necesitaba.
—¿Ahí?
—Un poco más.
La luz encontró el fondo del alojamiento. Gael apoyó la herramienta contra el labio metálico y raspó con movimientos cortos, recogiendo la suciedad hacia fuera. Alexia evitó mover la muñeca. Había trabajado muchas veces con alguien alumbrándole mal las manos y sabía cuánto podía estorbar una ayuda.
El muchacho comprobó la pieza al trasluz, sin el menor rastro de la sonrisa con la que contestaba a sus amenazas. Ella dejó de mirar la puerta el tiempo justo para observarle el trabajo.
La irritación no desapareció, pero reconoció la lógica. Retrocedió medio paso y dejó que trabajara. Gael conectó su batería de enganche al puerto lateral, comprobó dos veces los pines y esperó la respuesta del sistema.
Nada durante tres segundos.
Luego, una luz ámbar.
La consola mostró una línea corroída de texto: RUTA PARCIAL DISPONIBLE.
Debajo apareció otra: CORREDOR 7. ACCESO SECUNDARIO.
Y una tercera: INTEGRIDAD 38%.
Alexia sintió cómo la boca se le secaba.
Gael también lo había visto. Sus dedos se quedaron inmóviles sobre la interfaz improvisada.
—Yo también intercepté esto más al sur —dijo al fin—. Solo que entonces parecía un eco roto. Ahora responde.
—¿Por qué?
—No lo sé.
La puerta emitió un golpe interno, como el despertar torpe de un mecanismo que llevaba años sin moverse. Después se abrió apenas veinte centímetros y quedó temblando sobre sus bisagras viejas.
Tras el hueco había oscuridad y un frío que no habían encontrado en las ruinas exteriores.
Alexia alzó la linterna.
—Entramos.
Gael no protestó.
El pasillo interior descendía en ligera pendiente.
El suelo estaba cubierto de polvo fino, pero menos de lo esperado.
Las paredes conservaban bandas reflectantes y conducciones selladas.
A un lado y otro se abrían pequeñas cámaras de revisión, casi vacías, y más al fondo se adivinaba el arranque de una sala de control auxiliar.
La luz de la linterna descubrió huellas.
Eran recientes.
Alexia se detuvo.
—No somos los primeros.
Gael agachó la cabeza para mirar mejor.
—Ya lo sabía.
Ella giró hacia él.
—Empieza a cansarme esa frase.
—Pues acostúmbrate —replicó, más seco que antes—. Porque hay alguien más siguiéndola.
Alexia no respondió. Siguió adelante con la pistola preparada y la luz baja.
El pasillo desembocó en una sala técnica donde varias pantallas apagadas formaban un arco semicircular alrededor de una consola central.
A diferencia del control exterior, allí casi todo seguía ensamblado.
El equipo había envejecido y sufrido daños, pero conservaba su disposición original.
En el centro del módulo, una única línea azul palpitaba sobre un monitor vertical.
2483 MHz.
Y debajo, un mensaje nuevo:
AUTORIZACIÓN EN ESPERA. IDENTIDAD PENDIENTE.
Alexia notó el golpe del corazón con una claridad desagradable.
—Eso tampoco estaba antes —dijo Gael, casi en un susurro.
—No.
—Entonces alguien la está moviendo desde dentro.
Alexia acercó la luz al borde de la consola. Allí, entre polvo desplazado y conectores arrancados, había una marca hecha a mano con rotulador industrial, casi borrada por el tiempo.
M7
Nada más. A Alexia le dolió reconocerlo.
Mikel.
O el rastro de alguien que había querido dejar constancia de su paso.
Alexia apoyó la mano libre sobre el metal frío. Durante un instante se permitió cerrar los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, la decisión ya estaba tomada.
—No pienso salir de aquí sin respuestas.
Gael observó la consola, la marca y luego a ella.
—Eso me temía.