Capítulo 4
La puerta exterior
Iria avanzó por el corredor de salida, incómoda por saber orientarse sin recordar el lugar.
La tableta MIRROR colgaba asegurada al lateral de la mochila.
El pequeño dron de escaneo, todavía apagado, le golpeaba suavemente la cadera a cada zancada.
Había probado a activar el comunicador dos veces desde que dejó la sala central, pero solo obtuvo ruido, un pulso sin enlace y una cadena repetida de errores de sincronización.
No le sorprendió. Aquel lugar podía resistir años, pero seguía cerrándose a quienes habían perdido el acceso pleno.
A ella incluida.
Se detuvo ante un cruce donde tres líneas de señalización, casi borradas, divergían hacia sectores distintos. Una decía MANTENIMIENTO. Otra, LAB-4. La tercera estaba tan deshecha que solo se distinguían las primeras letras: SUP.
Iria miró los indicadores, pero antes de leerlos del todo ya sabía cuál debía tomar.
Volvió a saberlo sin recordar cómo lo había aprendido. El corredor de la izquierda ascendía hacia esclusas intermedias. El del fondo llevaba a módulos técnicos secundarios. El de la derecha, el más oscuro, terminaba en un anillo de acceso que conectaba con el nivel terrestre.
No quería seguir confiando en esa certidumbre ciega.
Aun así, tomó el corredor de la derecha.
La pendiente era suave, casi imperceptible al principio.
Luego se volvió más evidente. A medida que avanzaba, el aire cambiaba: menos cargado, menos filtrado, con una nota seca que no pertenecía al circuito interno del búnker.
Iria redujo el paso. Encontró una puerta de revisión a medio abrir y, detrás de ella, una cámara de esclusa con dos trajes de superficie colgados de un soporte retráctil.
Uno estaba rasgado a la altura del hombro. El otro había perdido el visor frontal.
Se acercó.
No eran trajes improvisados de evacuación.
Eran equipos de trabajo técnico, reforzados para contaminación ambiental leve, polvo en suspensión y exposición prolongada a zonas exteriores degradadas.
En uno de los cascos, todavía visible bajo una capa de suciedad seca, distinguió un sello: ORPHEON DIVISIÓN COGNITIVA NIVEL 3.
El nombre le provocó una breve presión bajo el esternón.
Tocó el tejido del traje rasgado con dos dedos.
Estaba rígido, endurecido por el tiempo.
Alguien lo había usado hacía muchos años.
No quedaban cuerpos, ni herramientas abandonadas a toda prisa, ni indicios de violencia obvia.
Solo la impresión extraña de una salida incompleta, como si quienes habían pasado por allí no hubieran sabido si volverían.
En la pared del fondo encontró un espejo de descontaminación agrietado.
Sin decidirlo del todo, se miró.
El rostro que devolvía el cristal era el suyo y, al mismo tiempo, el de una desconocida a medio reconstruir.
Ojos hundidos por el despertar brusco. Pómulos marcados.
Cabello oscuro recogido de cualquier manera, apenas apartado del rostro.
Tenía el aspecto de una persona que había sobrevivido a una larga espera sin saberlo.
No sabía si aquello la perturbaba o la aliviaba.
Acercó la cara al cristal. La grieta le atravesaba una mejilla y se prolongaba hasta el hombro del traje colgado detrás.
Al moverse a un lado, consiguió verse entera en uno de los fragmentos.
Se apartó el cabello de la frente con un gesto impaciente; lo había hecho sin pensar y lo repitió más despacio, atenta a la mano reflejada.
Esperaba reconocerse en alguna expresión. La mujer del espejo también parecía esperar. Iria soltó el pelo y el mechón cayó otra vez sobre la ceja. Mirarse tanto empezaba a cansarla, pero le costaba apartarse. Se volvió hacia la rampa.
Siguió subiendo.
La rampa era más larga de lo que esperaba.
A mitad del ascenso encontró una estación de seguridad volcada, con el armazón abierto y restos de cableado colgando como raíces secas.
En una pared lateral, alguien había intentado abrir un compartimento de emergencia a golpes.
Más arriba, el techo mostraba manchas de filtración antigua, pero ninguna había llegado a comprometer la estructura.
Iria aún tenía fuerzas, pero avanzaba cada vez más despacio, tensa sin saber por qué.
La salida final era una puerta segmentada, bloqueada en posición semiactiva.
La luz del exterior se colaba por una abertura de menos de un metro entre dos paneles.
Cuando llegó hasta ella, el aire del otro lado la golpeó de lleno: seco, tibio, áspero, con un olor a tierra calentada y metal oxidado que no se parecía en nada al del interior.
Tuvo que entrecerrar los ojos.
Salió.
El resplandor la obligó a detenerse. Durante dos o tres segundos solo vio una masa blanca, vibrante, y sintió cómo la piel de los brazos, del rostro y del cuello registraba el cambio brutal de atmósfera. La distancia, el calor y hasta los sonidos más leves la abrumaban.
Parpadeó varias veces hasta que las formas empezaron a separarse.
La mano que mantenía junto a los ojos proyectó sobre su cara una sombra de bordes nítidos.
La bajó, deslumbrada aún. En el interior, la luz siempre llegaba de alguna superficie próxima; allí no había nada entre ella y aquel cielo.
Hasta la respiración exigía un ajuste. Aspiró por la nariz y el polvo le hizo toser, una tos seca que se perdió fuera sin devolverle el eco al que empezaba a acostumbrarse.
El búnker estaba incrustado en la base de una elevación rocosa, disimulado entre placas de revestimiento desprendidas y una estructura semienterrada que en otro tiempo quizá había sido parte de un complejo mayor.
Frente a ella se extendía una explanada dura, moteada de arbustos secos y fragmentos de hormigón.
Más allá, el terreno descendía hacia una sucesión de ruinas bajas, postes inclinados y cubiertas colapsadas por los años.
El cielo era de un azul pálido, casi enfermo, lavado por el calor.
Iria dio un paso más.
El viento le rozó la cara y, de forma instantánea, otra imagen atravesó la barrera de su mente, una pasarela exterior elevada, alarmas, gente corriendo en dos direcciones distintas y un hombre volviéndose hacia ella al final de un corredor de vidrio mientras pronunciaba unas palabras que no logró recordar.
La impresión fue tan intensa que tuvo que cerrar los ojos.
Cuando los abrió, la explanada seguía vacía.
Seguía sin recuperar un recuerdo completo. Ignoraba cuánto tiempo había pasado bajo tierra, quién seguía vivo y qué encontraría más allá de las ruinas. Aun así, por primera vez desde que despertó sabía adónde ir.
Ajustó la mochila en los hombros.
Delante, a varios kilómetros entre estructuras rotas y polvo suspendido, se adivinaba la silueta de un conjunto mayor, torres bajas, cubiertas curvadas y una línea de conexión elevada parcialmente intacta.
Sector Urea.
O lo que quedara de él.
Iria echó a andar.