El eco de las ciudades Capítulo 3
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Capítulo 3

La ruta muerta

Alexia salió antes de que la tarde empezara a caer, cuando el calor todavía apretaba, pero la luz ya había dejado de ser completamente vertical.

Cerró la puerta del cobertizo con la cadena oxidada de siempre, más por costumbre que por seguridad, y comprobó una vez más el contenido de la mochila: batería auxiliar, portátil reforzado, herramientas básicas, dos cargadores, un botiquín pequeño, la cantimplora y la pistola de impulsos en la funda lateral.

En el bolsillo interior de la chaqueta, la credencial dañada de Mikel golpeó apenas contra su pecho cuando se inclinó para ajustar la correa.

La moto solar esperaba junto a la valla, medio protegida por una lona descolorida. Alexia la retiró, revisó la conexión de las placas suplementarias del carenado y activó el sistema. El motor respondió con un zumbido grave, contenido. La moto tenía poco de elegante, pero podía fiarse de ella.

Antes de subir, miró una última vez hacia la casa.

La torre de antena, las dos ventanas estrechas, el tejado combado de la construcción principal, las sombras cortas sobre la tierra agrietada.

Todo seguía teniendo el aspecto áspero y obstinado de siempre.

Había pasado media vida levantando y reparando aquel lugar, empeñada en conservarlo pese a todo lo que había perdido.

Le costaba dejarlo atrás, aunque solo fuera por unos días.

Apartó la vista y arrancó.

La pista de tierra que salía de la finca desembocaba en una carretera secundaria levantada a medias por raíces y calor.

Alexia tomó dirección norte, siguiendo las marcas memorizadas en el mapa físico y la triangulación incompleta que había obtenido de la señal.

No había una ruta limpia. Solo zonas más o menos transitables entre estaciones muertas, tendidos caídos y viejos desvíos que ya no llevaban a ninguna parte.

Durante la primera hora no se cruzó con nadie.

En las curvas, la mochila tiraba de un hombro y la obligaba a corregir el equilibrio.

Había ajustado las correas para caminar, no para conducir tanto tiempo.

Podía detenerse a cambiarlas. Siguió hasta encontrar un tramo liso y entonces se acomodó la carga con una mano, sin dejar de mirar la carretera.

Le molestaba descubrir aquella prisa en decisiones tan pequeñas.

La casa había desaparecido mucho antes por detrás de una elevación del terreno. Alexia todavía estaba pendiente del ruido del motor, de la batería, de cualquier señal de avería que la obligara a volver.

El paisaje era el mismo que había aprendido a leer desde niña, campos vacíos que ya no pertenecían a nadie, esqueletos de invernaderos hundidos sobre sí mismos, casetas técnicas invadidas por arena y maleza dura, depósitos cilíndricos cubiertos de óxido.

Más lejos, de vez en cuando, sobresalía una torre de enlace o un soporte de red con los paneles arrancados, como huesos de una criatura demasiado grande para haber muerto del todo.

El aire olía a polvo caliente y plástico tostado por el sol.

A ratos, el viento arrastraba un aroma más agrio, metálico, que procedía de alguna instalación vieja expuesta desde hacía años.

Alexia bajó un poco la velocidad al cruzar un tramo donde varios vehículos yacían volcados junto a la cuneta.

No quiso mirarlos demasiado, pero la posición de algunos, aún orientados hacia el norte, le recordó que no todos habían logrado dar la vuelta cuando empezaron los cierres.

Siguió adelante.

A medida que avanzaba, el terreno se volvía más duro y abierto.

Lo conocía, aunque llevaba mucho tiempo evitando aquella zona.

El corredor de Ciudad 7 no figuraba en ninguna ruta sensata.

Los comerciantes lo rodeaban por el oeste, los recolectores preferían los perímetros menores y hasta los grupos más arriesgados hablaban del lugar con una cautela casi supersticiosa.

Demasiados sensores durmientes. Demasiados sistemas sin cartografiar.

Demasiados rumores sobre drones que aún se activaban con la caída de la noche.

Alexia nunca había dado mucho valor a los rumores. Lo que sí le importaban eran los patrones. Y había uno que llevaba años repitiéndose: nadie atravesaba esa franja sin una razón muy buena.

Cuando el primer arco de control apareció en el horizonte, redujo la velocidad sin pensar.

Era apenas una silueta torcida sobre la carretera, pero la reconoció incluso antes de que los detalles se definieran: la estructura metálica del antiguo puesto de acceso, con su brazo lector cruzando la calzada y las cabinas acristaladas a ambos lados, ennegrecidas por el sol y el abandono.

El emblema del Consorcio apenas sobrevivía en una placa descolorida del frontal.

Detuvo la moto a unos cincuenta metros.

El silencio allí era distinto.

No era más profundo; allí le costaba más relajarse.

Alexia apoyó la moto sobre la pata lateral y permaneció unos segundos inmóvil, mirando el conjunto.

A ambos lados del control se extendían vallas de perímetro semihundidas en arena.

Más allá, detrás de un talud bajo y varias hileras de antiguos postes de guiado, la carretera seguía recta hacia el interior del corredor.

Hacia Ciudad 7.

Sintió un endurecimiento involuntario en la boca del estómago.

No era miedo, al menos no de la clase simple.

Era otra cosa, la certeza de estar entrando en un lugar que había pasado veinte años viviendo fuera de toda experiencia normal, pero nunca del todo fuera de su vida.

Mikel había desaparecido al otro lado de una frontera muy parecida a esa.

Quizá no aquella misma, pero sí esa lógica de accesos, barreras y autorizaciones con las que el mundo viejo había separado a unos de otros antes de derrumbarse por partes.

Se quitó el casco y lo dejó sobre el asiento. Luego desenfundó la pistola de impulsos y avanzó despacio.

La barrera principal estaba levantada a medias, atascada en un ángulo absurdo.

Una cabina lateral tenía el cristal roto desde dentro.

La otra conservaba la puerta cerrada, aunque el panel de acceso mostraba el plástico cuarteado y una línea de energía muerta.

Alexia se agachó al pie de la estructura central y pasó dos dedos por la base de hormigón.

Arena removida.

No por el viento. No solo por el viento.

Entrecerró los ojos y siguió el rastro con la vista.

Había huellas desdibujadas, casi comidas por el polvo, pero recientes.

Dos tipos distintos de suela. Una más ancha, otra ligera y marcada solo en el talón y la punta, como de alguien acostumbrado a moverse rápido.

Más cerca de la cabina principal, distinguió la línea fina de algo arrastrado, quizá un cable o un módulo portátil.

Se incorporó de inmediato.

La puerta de la cabina central estaba entreabierta.

El pulso le cambió apenas. Avanzó con el arma alta y empujó la hoja metálica con el cañón.

Dentro olía a cable recalentado, polvo y el rastro acre de una batería usada hacía poco.

El espacio apenas tenía sitio para una silla atornillada al suelo, una consola principal y dos módulos laterales de identificación, ambos desmontados de forma brutal años atrás.

Pero alguien había estado trabajando allí hace menos de una hora.

La cubierta de servicio de la consola yacía en el suelo. Un módulo externo, improvisado a partir de piezas incompatibles, estaba conectado a la alimentación auxiliar. En la pantalla principal, atravesada por una grieta vieja, aún se desplazaban líneas de diagnóstico en una interfaz de barrido.

Alexia se acercó.

No necesitó leer mucho para entenderlo.

Frecuencia 2483 MHz. Barrido activo. Patrón de repetición. Intensidad de eco. Reintento de enganche.

Sintió un escalofrío seco en la nuca.

No era la única que había oído la señal. Ni la única que había sabido interpretarla.

Apoyó la mano libre sobre la carcasa del módulo externo. Todavía conservaba algo de calor.

—Mierda —dijo en voz baja.

Examinó la conexión. El montaje era rápido, feo, pero eficaz.

Lo había hecho alguien que conocía el oficio lo suficiente como para arrancar un rastreo sin necesidad de un sistema completo.

En una esquina de la consola quedaba abierto un registro parcial.

Alexia lo revisó de un vistazo, tratando de retener los datos antes de que la alimentación cayera.

Dos intentos de triangulación. Una compresión de ruta hacia el interior del corredor. Una firma de error que no reconoció.

Y entonces oyó el chasquido.

Muy leve. Detrás de ella.

Alexia se giró en seco, con la pistola alzada.

En el marco de la puerta había un muchacho flaco, de no más de dieciocho o diecinueve años, con una chaqueta de fibras grises demasiado grande para su cuerpo y un detector portátil sujeto entre ambas manos.

Tenía el pelo oscuro pegado a la frente por el sudor, la mirada alerta y la expresión exacta de alguien que ya ha decidido que, si las cosas se complican, correrá antes que discutir.

No hizo ningún movimiento brusco.

—Si disparas —dijo—, romperás el emisor.

Alexia no bajó el arma.

—Depende de quién seas.

El chico sostuvo su mirada medio segundo más de lo prudente, luego alzó despacio una mano del detector para mostrar la palma vacía.

—Eso iba a preguntarte yo.

Su voz era joven, pero no insegura. Había en ella una sequedad que Alexia había oído antes en gente acostumbrada a arreglárselas sin nadie.

—Da un paso atrás —ordenó.

Él ladeó la cabeza, como si evaluara las distancias de la cabina.

—Si doy un paso atrás me quedo fuera del ángulo de la consola, y entonces sí que no ves si intento llevarme algo.

—Prueba y te derribo igual.

Una sombra de sonrisa, mínima y nada amable, cruzó la cara del muchacho.

—Bien. Entonces ya sabemos que sabes usar eso.

Alexia sostuvo el pulso donde estaba. El detector que él llevaba no era un juguete.

Tenía una carcasa recubierta con piezas añadidas y una antena plegable de diseño artesanal, pero el sensor de lectura estaba bien calibrado.

También vio en su cinturón una herramienta multiuso y una pequeña batería de enganche rápido.

El muchacho protegía el aparato con el antebrazo aun teniéndola enfrente.

Ella conocía ese modo de sujetar una pieza valiosa, de interponer el cuerpo sin calcularlo.

Durante un instante se fijó más en la unión de la antena que en su cara: un trabajo limpio en medio de aquel montaje desigual.

Después volvió a vigilarle la mano libre.

Saber reparar algo no lo volvía inofensivo.

—¿Has montado tú esto? —preguntó, sin apartar el arma.

—¿Lo de la consola? No entero.

Alexia reparó en aquel «no entero».

—¿Qué haces aquí?

—Lo mismo que tú, supongo.

—No me conoces.

—No. Pero llevas una pistola apuntando a un equipo que ha dejado de usarse hace veinte años, así que muchas opciones no hay.

Alexia apretó un poco la mandíbula.

—Habla claro.

El muchacho bajó la vista un instante hacia la pantalla encendida detrás de ella.

—Estoy siguiendo una transmisión. Una que alguien no quería que siguiera viva.

Alexia disimuló la inquietud que le produjo oírlo.

—¿Qué transmisión?

Él volvió a mirarla. Esta vez no sonrió ni fingió calma.

—La de 2483.

Durante un segundo ninguno habló. El viento hizo vibrar un trozo de chapa suelto en el exterior, y el ruido, al entrar por la puerta, sonó como algo mucho más cercano de lo que era.

Alexia echó un vistazo rápido al detector del muchacho.

—¿De dónde has sacado ese equipo?

—De sitios.

—No me sirve.

—Pues es lo que hay.

Su descaro no parecía impostado. Era peor, parecía fruto de la costumbre.

Alexia lo repasó de arriba abajo una vez más.

Iba demasiado limpio para ser un saqueador y llevaba poco equipo para una patrulla o una facción armada.

No había vivido el mundo anterior, pero tenía edad para saber en qué se estaba metiendo.

—Nombre —dijo ella.

El muchacho dudó, apenas un latido.

—Gael.

Podía ser verdad o no. En ese momento daba igual.

—Bien, Gael. Vas a soltar ese detector en el suelo y me vas a explicar por qué estabas rastreando esta frecuencia.

—Y tú me vas a explicar por qué la has abierto.

Alexia dio medio paso hacia él. La pistola siguió inmóvil.

—Te estoy dando la opción fácil.

Gael desvió la mirada a la consola una vez más. Fue un vistazo breve, pero Alexia estaba acostumbrada a vigilar esos gestos.

—No tengo una opción fácil —dijo.

Y, por primera vez, algo en su tono sonó completamente sincero.

Alexia no respondió.

La consola emitió un pitido corto. En pantalla apareció una nueva línea de error y luego un destello azul muy tenue recorrió el borde del monitor. Gael lo vio al mismo tiempo que ella.

—Eso no estaba antes —dijo él.

—Lo sé.

El muchacho tragó saliva.

—La señal está reintentando.

Alexia miró el barrido activo. La frecuencia no había desaparecido. Estaba variando su patrón, como si respondiera a algo que ellos mismos hubieran activado al tocar la consola o al empujar demasiado el rastreo.

—Apártate de la puerta —dijo.

Gael no se movió.

—Si quieres cerrar eso, tarde.

—No he dicho que quiera cerrarlo.

—Entonces ya entiendes el problema.

La pantalla lanzó otra ráfaga de caracteres incompletos. Entre las líneas de diagnóstico surgió durante un segundo una cadena de autorización mutilada y una referencia parcial a una ruta interior. Alexia trató de leerla, pero el registro se reordenó antes de fijarse.

Cuando volvió a hablar, el tono de Gael había perdido parte de su insolencia inicial.

—Escúchame bien. Esa señal no era para ti.

Alexia giró la cabeza lo justo para mirarlo de nuevo.

—¿Y para quién era?

Gael apretó los dedos alrededor del detector. No contestó enseguida.

—Eso es lo que estoy intentando averiguar.

Alexia se sintió aún más lejos de entender la señal.

Fuera, el viento volvió a empujar contra las barreras del control y la carretera del corredor quedó tendida al otro lado como una línea muerta, fija bajo la luz pálida de la tarde.

Dentro de la cabina, la frecuencia 2483 seguía viva.