Capítulo 18 #4
—¿Qué te dije? Esta cabrona quiere pillarnos, es otra encantadora como las demás. ¡Debemos acabar con ella!
—Laia, cómo has podido… Creía que me querías. Pero veo que esas palabras en tu casa no tienen ningún significado, solo hay que ver a tu exmarido.
Nando me sujeta con fuerza del pelo y me lleva a rastras por el pasillo hasta la sala principal donde está el altar. Balboa nos sigue a lo lejos.
—¡Por favor, Iago! —grito con todas mis fuerzas.
Nando me sitúa en el altar y la música de Rusalka empieza a acercarse al aria en cuestión.
Mientras, los allí presentes balbucean una especie de salmo al unísono sin inmutarse.
Dos cigarróns me agarran por los brazos y Nando me obliga a beber parte de un líquido que hay en una queimada.
Yo intento escupirlo, pero me tapan la nariz y acabo por tragar parte de este, y recuerdo que probablemente contenga barbitúricos, como hicieron con las anteriores víctimas.
Entonces grito y forcejeo todo lo que puedo.
Pero mis gritos resuenan en el silencio, como una voz opaca, sin vida.
Nadie me ayuda, todos observan y son cómplices de lo que está por venir.
—¿Que me quieres joder el ritual? —pregunta Iago Balboa—. De eso nada, te quedarás para verlo y luego me desharé de ti.
Olvido cualquier atisbo de amistad con Iago, por minúsculo que sea. Lo repudio.
—Eres un egoísta y un hipócrita. Has matado a tres mujeres inocentes y aun así no te servirán para conseguir tu objetivo.
Iago Balboa se acerca a mí, me da una leve caricia en la cara que hace que mi ceño se frunza e intente esquivarla.
—Pobre ilusa, te crees que puedes salvar a todo el mundo. Tú, que no has podido salvar ni tu matrimonio.
De pronto, suena el aria de Rusalka y entonces Iago se sitúa delante del atril y comienza a decir las palabras del ritual que reconozco al instante.
Yo forcejeo y consigo liberar una pierna.
Cuando veo que Iago está a punto de beber el líquido que contiene el cáliz, consigo darle una patada a la copa y esparcir todo por el altar.
—¡Hija de puta! —maldice mientras ve desaparecer frente a él el líquido borgoña.
Varios cigarróns me agarran, y uno de ellos se coloca encima de mi pecho y me aprieta fuertemente el cuello. Me cuesta respirar…
—Tendrás tu merecido, Laia, no debiste inmiscuirte en algo tan poderoso. —Le hace un gesto a los cigarróns para que acaben conmigo—. Pobre Gael, no le llega con tener un padre infiel, sino que ahora se va a convertir en huérfano por parte de madre.
—Te odio. —Intento que las palabras broten, pero no cobran fuerza y se esfuman en un ligero y casi inaudible susurro.
De pronto escucho un fuerte golpe y varios agentes interrumpen en la sala.
Entre ellos se encuentra Tristán, y me siento aliviada por verlo.
Este se pelea con el cigarrón que me agarra y luchan incansablemente.
Siento angustia y temo por Tristán, pero, en un gesto con maestría, le arremete un puñetazo y le hace una llave que lo deja tendido en el suelo en pocos segundos.
Se acerca a mí, me toma en sus brazos y me da un beso.
—¿Estás bien, Laia? Tenía miedo de perderte. Cuando perdimos la visión en los monitores nos temimos lo peor. Gracias a Dios que estás bien, te quiero tanto…
De repente, sin que yo me lo espere, Nando, con su gran cuerpo, agarra a Tristán por la espalda y lo lleva varios metros hacia atrás apretándolo por el cuello.
Yo empiezo a encontrarme muy mareada y apenas soy capaz de levantarme.
Veo que Tristán forcejea con Nando, pero en un movimiento rápido Tristán consigue zafarse de este y las posiciones se invierten, pues lo coloca con la espalda en el suelo y ahora es Tristán quien está encima de este agarrándolo por el cuello y dominando la situación.
Mi visión comienza a emborronarse y, antes de que me fallen las piernas, veo cómo Iago Balboa le pasa una daga antigua a Nando, escucho un grito e intento ver qué sucede, pero mi visión se nubla…
No puedo más, no consigo moverme, estoy bloqueada y me cuesta respirar. Me siento incapaz de hacer nada por evitarlo, estoy a su merced. Cedo en la lucha y dejo que el peso de la gravedad me empuje. Mi mente se separa, se desdibuja de mi cuerpo.
No logro creerlo, pero aquí me encuentro, exhalando mi último aliento, elevando mis pensamientos hacia la rabia, hacia la injusticia…
Recuerdo con anhelo y tristeza esa niña que fui, rodeada de mi familia y la gente que me ha querido tanto. Esas personas con las que he reído, llorado, sentido… y vivido. Y esa vida ahora se desvanece.
Sigo sin creerme que vaya a morir ahora, así… Necesito decir muchas cosas, dedicar tantas sonrisas, regalar más «te quiero», sentir sus besos otra vez, oler a mi hijo, bailar entre sus abrazos…
Pero ya no hay dolor, se marchita, y me abriga el gélido frío. Todo se escucha a lo lejos, se emborrona en una niebla que me aferra… Siento lástima, no quiero que se acabe, ahora no, es demasiado pronto… No quiero, pero ya no hay luz… Todo se apaga…, se apaga.