El eco de la niebla Capítulo 18 #3
97%

Capítulo 18 #3

—Tienes razón, yo no era así, pero esa hija de puta de Mar López Rial me defraudó.

Llevaba meses viéndola, era tan hermosa como hechicera.

Un día quise ponerme yo mismo la máscara de lobo y dejar a un lado el voyeurismo para ser el protagonista.

Pero esa ninfa hizo lucir sus encantos para después burlarse de mí.

En ese preciso momento, entendí cuál era mi cometido real y comprendí que al fin mis piernas no serán un impedimento…

, no si lograba dar caza a esas sirenas.

Entonces caigo en la cuenta de que el que estaba sentado en ese sofá, ofreciéndole el trato a Mar López Rial aquel día, era Iago. Y ahora comprendo mejor la frase del ritual de «revive lo que está muerto», pues se refiere a su discapacidad.

Todo comienza a reordenarse y a encajar desde un nuevo prisma… No me gusta esta versión de Iago.

—¿De verdad crees que ese ritual te va a devolver tu movilidad?

—Claro, los rituales del libro sagrado llevan años curando a generaciones. No es magia, es ciencia.

Veo que Balboa ha perdido la cabeza, así que decido actuar como una psicóloga y aparto a la amiga de Iago que llevo dentro. Necesito fingir y convencerlo de que se entregue antes de que esta enajenación hable por él.

—Iago, yo te quiero. Tú vales más que todo esto y que cualquier cosa que te haya podido decir Mar. —Intento que mis palabras lo lleven a buen puerto y que confíe en mí.

—¿Me quieres?

—Claro que sí, y Gael y mis padres también. Por favor, Iago, aún estás a tiempo de salvarte. Si vienes ahora conmigo y te entregas, podemos arreglarlo —le miento.

—No sé… Ahora está todo hecho. —Iago no termina de creerme.

—Confía en mí, todos piensan que es tu sobrino, nadie sabe que eres tú. —Realmente, digo la verdad.

—Entonces, si voy contigo, me ayudarás como buena amiga que eres.

—Claro que sí, ven conmigo. —Le doy la mano y él la recoge.

Me siento aliviada de que Iago recapacite dentro de todo este delirio.

—No puedes fallarme, no como hacía ella.

—¿Quién, Iago? ¿Quién te ha fallado?

—Ella, mi madre biológica. Cuando era pequeño, tenía comportamientos muy extraños y acabó en la cárcel.

—¿Y eso? —pregunto intrigada.

—Al principio era una madre ejemplar. Pero, poco a poco, acabé teniendo numerosos ingresos hospitalarios por su culpa.

Me obligaba a tomar una medicación que decía que me curaría.

Estaba obsesionada, e incluso llegaron a aparecer sustancias ilícitas en mi sangre, así como contaminantes bacterianos en mis muestras de orina.

—¡Qué horrible! Iago, no lo sabía, creía simplemente que tu madre biológica había fallecido. —Est o lo explica todo—. Por lo que comentas, has sufrido el síndrome de Munch­ausen. ¿Cómo no me lo has dicho? ¡Podía haberte ayudado!

—Exactamente como bien sabrás, este síndrome consiste en que un progenitor produzca síntomas de un trastorno físico o psicológico en su hijo, y, en este caso, mi madre lo llevó hasta el extremo…

—Balboa toma aire y traga saliva—. Fue mi madre quien me tiró por la escalera cuando apenas tenía cuatro años y me causó la paraplejia.

—¡Oh, no! Lo siento, Iago.

—Sentirlo ya no sirve de nada, el dolor se asienta en tu vida y nunca se marcha.

Es como un hongo que se extiende y ramifica en todo tu ser, y, cuando quieres librarte de él, se propaga aún más y se alimenta de tu compasión.

Menos mal que mi madre recibió su merecido.

Al momento le quitaron la custodia y tuvo un justo final muriendo en la cárcel…

Se apartó de en medio, no pudo soportarlo.

Aunque mi familia adoptiva me haya acogido, hay ciertas heridas que no cicatrizan a pesar de que te colmen de regalos y de caprichos con los que jamás soñaste.

—Madre mía. Ahora comprendo por qué querías preservar los cadáveres de las asesinadas y embalsamarlas.

Esa forma de conservarlas era el reflejo de tu anhelo por conseguir redimirte con tu madre.

Pretendías congelar tu infancia hasta antes del momento en que tu madre perdió la cabeza.

No querías hacerles daño como tu madre te lo hizo a ti, por eso no las has hecho sufrir y primero les has ordenado que beban la queimada para que se duerman, de modo que cuando las asfixiabas no sintieran nada.

Ahora entiendo también por qué construías esa puesta en escena, como si estuvieran dormidas…

—Veo que como siempre eres la mejor leyendo los traumas, ya sabía yo que cuando te enviara las partituras ibas a acabar entendiéndome.

—Iago —me pongo de rodillas—, por favor, no dejes que el pasado continúe reinando en ti, aún estás a tiempo de redimirte.

—Parece que no lo entiendes, Laia. Todo es por ellas, mis pequeñas nereidas, su sacrificio es mi redención.

Me inunda el llanto e intento contenerlo, aunque unas lágrimas florecen en este primaveral desconcierto. No soy capaz de ubicar a mi amigo en este cruel final. Jamás pensé que mi destino sería odiarlo con todas mis fuerzas…

De pronto nos interrumpen unos ruidos estrepitosos a lo lejos. El sonido se va haciendo cada vez más intenso hasta que unos pasos se aproximan a toda velocidad. Aparece el lobo.

—¿Qué cojones hace esta aquí? —Nando nos interrumpe—.

Se supone que no debía haber entrado en esta sala.

Tío, no le hagas caso, esta zorra ha traído a todos sus amigos, como suponíamos.

Los hemos descubierto en la entrada merodeando.

Y apuesto a que tiene micros y cámaras, espero que no haya grabado nada de esta zona.

—No es cierto, Iago, no le hagas caso —reclamo.

Nando me agarra de muy malas maneras, pero yo le doy un codazo y le quito la máscara.

Entonces me empuja contra la pared, me revisa todo el cuerpo con sus zarpas y, al encontrar mi pinganillo y el cable de mi cámara, exclama: