Capítulo 18 #2
Le he dicho al equipo que suponemos que el ritual se va a realizar a las doce de la noche, cuando comience la madrugada, de modo que los compañeros han estudiado la propiedad y saben que hay una parte superior, donde probablemente ejecute su plan.
Yo me guío por mi experiencia y mi instinto, pues sé que este tipo de personalidades tan narcisistas necesita un público para realizar su ritual.
Así que lo más seguro es que aquellos asistentes más importantes de la fiesta, o los que más hayan pagado por acudir ahí, estarán en primera fila.
Tristán y yo debemos conseguir acceder a esa planta para poder ver cómo Nando Balboa perpetra su pase final.
Así que tenemos que continuar con el plan acordado y ejecutarlo cuanto antes.
Decidimos subir de piso, pero no hasta el último.
Allí esperamos a que el lobo quiera introducirse en una de las salas.
Durante la espera entramos a examinar varias estancias y nos quedamos boquiabiertos de lo que podemos ver.
Menos mal que gracias a mi profesión estoy preparada para cualquier cosa, pues no todas las miradas son capaces de contemplar esta imagen sin que le afecte.
Mientras tanto, y para evitar que piensen que estamos merodeando, Tristán me dice que es mejor que disimulemos, así que me dejo llevar y en ese momento Tristán me besa intensamente.
Cuando ve que uno de los hombres del lobo se aproxima, me coge en el aire y me sitúa en el alféizar de una de las ventanas, abre mis muslos y coloca su entrepierna próxima a la mía, separa la tela de mis piernas por la abertura de mi vestido, aprieta fuerte su cuerpo contra el mío y me besa como si no hubiera un mañana, y yo me abandono ante sus encantos.
Pero recuerdo que los guardas nos observan, así que Tristán continúa besándome por el cuello y desliza sus dedos por mis piernas suavemente mientras se escucha: «¡Mi madriña , pues sí que sabe disimular bien el jefe!
». Al poco rato, oímos cómo se marchan y nos relajamos. Tristán aproxima su mano a su micro.
—Oigan, no sé si saben que hay una tecla que pone Mute si no quieren que los escuchemos.
—¡ Cago en la cona , Benítez! Apaga ahí. ¡Oh! ¿No ves que el jefe nos está escuchando?
Tristán niega con la cabeza, y yo no salgo de mi asombro. Después de nuestro espectáculo de erotismo prestado con gratuidad para el equipo, nos damos cuenta de que el lobo se aproxima a una sala cercana.
Nos adentramos en ella y vemos que, en medio de la orgía, este participa como mero espectador.
Necesitamos que pase a la acción para que quiera continuar en la planta superior.
Nosotros nos sentamos en unas sillas donde los voyeurs observan la escena y vemos cómo el lobo pasa a la acción: agarra fuertemente por la trenza a una de las invitadas desnudas, la manosea y la invita a continuar su estela.
Aprovechamos el momento para seguirlo y vamos detrás de él, sutilmente, dejando varios metros entre el lobo y nosotros.
Subimos las escaleras tras él, observamos cómo sube las escaleras del ático con la mujer agarrada por la trenza, pero llegados a ese punto no podemos continuar, pues el último piso está custodiado por dos cigarróns grandes como armarios.
Así que comenzamos ejecutando nuestro plan: debemos simular una disputa delante de los guardias que lo custodian, por lo que comienzo a elevar la voz y a fingir y recriminar que no conozco a Tristán.
Él debe aparentar que lleva varias copas encima y que es el típico baboso que se está propasando y que pretende continuar conmigo a pesar de mi negativa.
Uno de los guardas sujeta a Tristán y lo aparta lejos de mí, escaleras abajo, y el otro me ayuda a escapar de Tristán sin saber que no es culpable.
Veo a lo lejos cómo lo bajan y lo l levan en dirección al exterior.
El guarda se acerca a mí y me pregunta si me encuentro bien, y le digo que el lobo me ha invitado a subir para el último espectáculo.
El guarda duda por un segundo, pero, al no poder contrastar mi identidad, este se lo cree y me deja pasar.
Subo el último tramo de la escalera hasta llegar al ático.
Las piernas me flaquean y me armo de valor para continuar subiendo.
Me encuentro con varias puertas. Me había parecido que el lobo se iba por una de las del fondo, pero una puerta dorada llama mi atención.
La abro y detrás de esta me topo con unas cortinas de terciopelo rojo, que fácilmente traspaso.
De pronto, un olor a incienso inunda el ambiente, se oye una música de ópera que pronto reconozco como la de Rusalka .
Me la he estudiado y sé que todavía dispongo de varios minutos hasta que le toque el turno al «Aria de la luna», seguramente el momento en el que se realice el ritual.
Las luces son tenues, solo unas velas y unos discretos candelabros iluminan el entorno.
Al fondo del pasillo se encuentra una sala cuadrada completamente forrada por cortinas rojas de terciopelo, en la que puedo distinguir varios símbolos masónicos, cuadros y tapices antiguos que representan temas esotéricos, y un libro abierto colocado en un atril de forja negro.
En el suelo hay un gran compás y una escuadra masónica es pisada por un grupo de personas.
Me fijo bien en ellos y veo que todos son cigarróns .
En el centro se sitúa el altar, que es de granito como las rocas donde dejan a las víctimas, pero en este hay una especie de cáliz dorado, en cuyo interior probablemente esté la mezcla que empleará para finalizar el ritual.
Me fijo en los hombres que cercan el círculo y no logro localizar a la joven de la trenza.
Nadie repara en mi presencia, pues todos permanecen en su posición mirando hacia el frente.
Intento situarme cerca del altar, para que la cámara que llevo conmigo pueda retransmitir bien todo lo que está sucediendo, pero dudo de si puedo tener cobertura en ese lugar.
De pronto, uno de los hombres que mira al frente se da la vuelta y me percato de que es el lobo.
Necesito demostrar que se trata de Nando Balboa, tal y como sospechamos, de modo que me aproximo un poco más para intentar sacar una imagen más clara, pero, al arrimarme a una pared, noto cómo el muro que nos separa se desplaza en una especie de sali da secreta.
Sin haberlo querido, me introduzco a través de esta y la puerta que antes me unía a la estancia se cierra tras de mí.
Decido averiguar qué es ese lugar, observo que las cortinas del pequeño y sombrío pasillo son de color púrpura.
Al fondo y a la derecha, un halo de luz interrumpe la oscuridad y me invita a acercarme.
Tengo curiosidad por saber qué hay al fondo.
Cuando llego hasta ese cuarto, una exagerada cantidad de monitores con grabaciones de todo lo que acontece en las salas me recibe.
Me quito la máscara para poder observar mejor el ambiente, pero me quedo perpleja y aterrada por el asunto.
Se ven imágenes de todos los rincones de la mansión, y en algunas salas puedo observar verdaderas atrocidades sexuales.
Algún invitado se encuentra con la cara descubierta, pues cree que está en una de las salas protegidas, pero nada más lejos, pues estoy segura de que se está grabando todo y que se empleará como extorsión a los invitados, que viven ajenos a este control.
Se me hace repugnante, me quedo tan impactada por lo que me muestran las pantallas que no me percato de la presencia de alguien.
Siento un escalofrío, pues una voz familiar me interrumpe:
—No puede ser. ¿Qué haces en la sala púrpura, Laia?
Me tuerzo y veo a Iago Balboa, que se gira hacia mí desde el centro de la sala.
Su figura me paraliza. Noto rápidamente cómo mis latidos se instauran en mi garganta, el aire se siente más pesado, me sudan la nuca y las palmas de las manos, y percibo un zumbido en mis oídos.
Intento calmarme, pues reconozco esos síntomas y preceden a un ataque de ansiedad.
—¿Tú…? Pero… ¿qué es todo esto? —Mis palabras no salen como yo las pienso, me cuesta interpretar el lenguaje que mi cerebro ejecuta. Es como si me quedase congelada. No logro creer que Iago, mi querido amigo, esté detrás de este asunto.
—Oh, no… Realmente pensabas que solo era mi sobrino, ¿verdad? Vaya, siento decepcionarte. Con mi silla de ruedas muchas veces paso inadvertido, tanto es así que llevo años en esta sala viendo los secretos más oscuros de la gente sin que nadie lo sepa.
—O sea, que tú eres la cabeza pensante y tu sobrino el brazo ejecutor.
—Algo así… Pero me da mucha lástima que no hayas sabido ver que yo soy quien ha hecho esas maravillosas puestas en escena en las islas. Te he ido dejando pistas.
—Pero ¿qué estás diciendo, Iago? No entiendo… Yo creía que era tu sobrino quien había asesinado a esas pobres chicas.
—No, querida… Mi sobrino es la cara visible de estas fiestas, ha sido mi pequeño flautista de Hamelín y ha atraído a esas arpías hasta mí.
En todas estas historias, yo he sido el villano principal, pues soy el lobo de los hermanos Grimm, y ellas mis caperucitas de agua salada.
Te he dejado el cuento perfecto para tu próximo best seller. Al final tendrás que agradecérmelo.
—¿Has sido tú? Pero ¿cómo has podido? —No salgo de mi asombro y siento repulsión por Balboa—. Tú no eres así, Iago.
El asco se instala detrás de mi garganta, la repulsión que siento hacia Iago rompe cualquier hilo que nos haya conectado.