Capítulo 18
Lo ensayamos un millón de veces, pero aun así me siento nerviosa, sigo con esa sensación extraña desde primera hora de la mañana.
Tengo miedo de que algo falle y el lobo se nos escurra entre los dedos.
Apostamos todo a la fiesta, no dejamos puntada sin hilo.
Después de varios días, algunos compañeros ven cómo gente del servicio abre y cierra las puertas de la mansión e introducen mobiliario y elementos decorativos.
Esa misma mañana, Limán nos comenta que han visto entrar a muchos jóvenes que suponemos que serán los camareros, bailarines y músicos.
De Nando Balboa, ni rastro, está siendo escurridizo, pero esta noche tengo la intuición de que va a desarrollar su último ritual.
Y lo hará a medianoche, una hora mágica que no suele fallar en cualquier logia; además, estoy convencida de que empleará la queimada y la sangre de las víctimas para cerrar la tríada.
Nos dirigimos al campamento base que hemos montado en la Illa de Arousa, a unos pocos kilómetros de la mansión donde se celebrará la fiesta.
Llegada casi la hora del anochecer, Tristán y yo nos preparamos.
Nos ponen micrófonos y cámaras ocultas en nuestros atuendos para que el resto del operativo haga un seguimiento.
Antes de conectar los micrófonos, ambos nos apartamos de los demás.
—Laia, no me gusta que seas el cebo. No quiero que corras peligro.
—No te preocupes, estaré a tu lado y podrás ayudarme si lo necesito —lo tranquilizo.
—Sí, pero cuando acudas a la última planta yo no podré acompañarte. Te quiero demasiado como para perderte.
—No lo harás, confía en mí. —Le doy un beso sin que nadie nos vea.
Ayudo a Tristán a anudar su máscara y yo coloco la mía mientras le echo un vistazo.
Su aspecto es de lo más evocador, incluso se puede decir que algo espeluznante.
Miro mi reflejo y apenas me reconozco, poco queda ya de mí detrás de esa máscara.
Una vez con el operativo en marcha, Tristán y yo acudimos hasta la mansión.
Llamamos al número que nos ha facilitado la modista para que un coche particular nos recoja y, tras esperar unos pocos minutos, aparece una furgoneta negra de alta gama con los cristales tintados.
En ella viajan más ocupantes con sus respectivos trajes y máscaras.
Tristán y yo nos agarramos de la mano mientras el conductor hace su trayecto hasta el destino.
Llegamos justo en el ocaso. Unas antorchas alumbran el camino de entrada de la propiedad.
Ninguno de los ocupantes hablamos y solo se escucha el sonido de las ruedas de la furgoneta rozando con el pavimento arenoso.
Me siento bastante intranquila y no consigo disuadir esa mala sensación que me acompaña.
Cuando bajamos del vehículo, formamos una fila para introducirnos en la fiesta y mostrar nuestra invitación: el cascabel.
Yo me agarro del brazo de Tristán en todo momento mientras esperamos a que la gente se vaya moviendo.
—Pues se ve que hay gente que acude a esta fiesta… —Tristán se queda mirando a la fila de personas que se arremolinan en la entrada.
—Demasiada.
Nos vamos aproximando mientras respetamos el orden de llegada, y cada vez se puede escuchar más cerca la música y el alboroto interior.
Aguardamos hasta que llega nuestro turno.
Unos cigarróns muy altos custodian la entrada; su traje es negro, al igual que el del resto de los hombres invitados, pero con los flecos rojos. Uno de ellos se dirige hacia mí:
—Invitación, por favor. —Extiende su mano.
Le mostramos nuestros broches dorados de cascabel y rápidamente hacen un gesto de aprobación y nos dejan continuar.
—Adelante. —Una voz grave resuena tras la máscara.
Una vez dentro, podemos ver toda la mansión adornada con temática festiva y carnavalesca.
Subimos cuatro peldaños y abrimos dos puertas de madera con dibujos vegetales y ornamentaciones en los cristales.
Empujamos las puertas y pronto recibimos esa impactante imagen.
Todo es tal y como nos lo habían descrito los testigos anteriormente, pero quizá se han quedado cortos.
Varias mujeres desnudas con unas máscaras de boteiro bailan sobre unos pedestales y otras llevan unos simples antifaces negros y penden de unas lámparas de araña con sus bailes imposibles.
Unos camareros con cuerpos de revista semidesnudos sirven bebidas y comida en bandejas.
Todo esto bajo la banda sonora intensa de una música electrónica muy actual y animada.
Me quedo atónita y paralizada durante unos segundos.
Tristán me hace un gesto para que atravesemos la gran sala y durante el camino veo cómo el derroche de bebida espumosa se sirve por doquier.
Observo que, si quieres algo diferente, debes dirigirte a la barra para que te lo sirvan.
—Necesito una copa —comenta Tristán ajustando su pajarita.
—¿Una copa? Estamos de servicio.
—Una cerveza no hará mal a nadie, te traigo otra para ti. Si no, sí que levantaremos sospechas.
—Tienes razón.
Me cuesta que no me moleste la máscara, me hace sentir atrapada y cosificada, dos situaciones que detesto, pero hago un esfuerzo por no incomodarme.
Agradezco que mi careta sea una versión más liviana que las tradicionales y me pregunto cómo aguantan las pantallas en carnaval con semejante atuendo.
Nos aproximamos a una zona de bar y allí nos encontramos con camareros que ejecutan excelentes acrobacias al crear sus cócteles.
La gente está muy animada. Algunas parejas que llegan juntas se intercambian con otras y desaparecen por los pasillos sin perder el tiempo.
Da la sensación de que algunas personas ya se conocen o de que se hacen señas, pues rápidamente se unen y se dirigen a otras estancias.
Reparo en que muchos de los invitados que están en la barra vienen solos, y la mayoría son hombres.
Uno de ellos me pregunta si me puede convidar a una copa, y yo, para escabullirme de la situación, le señalo la mía, que está llena.
En ese momento poso mi brazo en el hombro de Tristán de modo íntimo como respuesta.
El hombre en cuestión se da por enterado y se gira en la dirección opuesta.
Me siento totalmente desubicada en ese ambiente, pero sigo fiel al plan.
Debemos pasar inadvertidos, así que decido mostrar algo de cariño hacia Tristán y coloco mis manos en su nuca mientras le doy un beso en los labios.
En ese momento escucho por mi in-ear un « carallo para Ramuín» que se le ha debido de colar al equipo por los micrófonos.
Puedo percibir que los ojos de Tristán se agrandan y sus cejas se elevan intentando comprender el gesto, pues probablemente esté preocupado por el comentario, ya que las cámaras están grabando y viendo todo lo que hacemos.
De modo que aprovecho que sé que también graban el sonido de nuestros micrófonos y disimulo.
—Debemos hacer ver que somos una pareja más. Si no, llamaremos la atención.
—Comprendo. —Me guiña el ojo.
Aguardamos unos minutos más mientras tomamos nuestra cerveza y controlamos el ambiente, y, cuando vemos que esa zona está bastante tranquila, decidimos hacer una visita a las otras salas.
En los pasillos hay gente desnuda emitiendo carcajadas jocosas y correteando de un lado a otro.
Me llama la atención que algunos camareros reparten diferentes pastillas y drogas como si fueran aperitivos en sus bandejas doradas.
Uno pasa por mi lado y me ofrece su material, el cual rechazo de inmediato.
El derroche es exagerado, está claro que aquí no se andan con tonterías y que excederse entra dentro de la ecuación.
Observamos detenidamente por si reconocemos a alguien, pero no tenemos éxito en nuestra búsqueda, pues la situación lo dificulta.
Notamos cómo a medida que avanzamos por las estancias el ambiente se va caldeando.
Finalmente, encontramos una puerta que lleva a la parte trasera de la casa.
—Veamos qué hay por aquí —me dice Tristán invitándome al jardín.
Nos topamos con un vergel inmenso lleno de cuerpos desnudos que intercambian sexo y nos sorprendemos de que este tipo de encuentros tan desbocados acontezcan a tan pocos kilómetros de donde vivimos, ya que en verdad en ellos la gente no se corta.
Cuando llegamos cerca de una fuente, un hombre me coge por la espalda y me besa en el cuello, pero rápidamente me aparto y me agarro a Tristán haciéndole un gesto de desaprobación a ese extraño.
Ese hombre se disculpa y decidimos regresar al interior, y entre el tumulto podemos divisar la máscara del lobo.
Reconocemos al sobrino de Balboa tras esa máscara, pues su físico encaja a la perfección con él.