Capítulo 17 #2
—A ver, que la busco. —Tristán la localiza en su teléfono y la reproduce durante unos minutos.
—¿Es esta? —pregunta Tristán al sujetar su dispositivo y, mientras se escucha de fondo la música, yo me fijo en la imagen de la carátula, en la que sale una sirena.
—La misma —asiente.
—¿Está segura? —insiste Tristán.
—Sí, al cien por cien.
—¿Y recuerda algún detalle más que no nos haya comentado Casais? —pregunto.
—Pues la verdad es que no.
—¿Y cómo podría describir al lobo? ¿Tiene alguna marca reseñable?
—Pues no puedo decirles demasiado. El ambiente era muy lúgubre, muchos candelabros lo iluminaban todo, y lo cierto era que eso no me ayudaba a ver con claridad. Además, el lobo llevaba su máscara y no quiso quitársela. De verdad, ojalá pudiera contarles algo más.
—Comprendo. Le agradecemos que nos haya dado esta información. Si le parece, espere ahora a que vengan mis compañeros y le tomen nota del resto de la declaración que ya nos adelantó su amiga —se despide Tristán.
—Serán discretos con lo de mi marido, ¿verdad?
—Claro que sí —afirma Tristán.
—Muchas gracias por su información —concluyo.
—A ustedes.
Cuando salgo de la sala, me dirijo rápidamente a revisar los datos en el ordenador, pues una corazonada me invade tras haber visto la imagen del aria.
—Laia, ¿adónde vas con tanta prisa?
—Necesito buscar una cosa… Creo que ya sé de qué va todo esto. Necesito confirmar unos datos en el ordenador, me parece que he descubierto cuál es el pretexto del asesino.
Reviso concienzudamente todos los asesinatos, los datos de las tres fallecidas e información adicional que busco también. Me sumerjo durante varios minutos antes de comentar nada.
—¡Lo tengo!… —Aparto la vista del ordenador y busco a Tristán, que está justo enfrente de mí.
—Cuéntame, que me tienes en ascuas.
—Aquí no.
—Vayamos a este cuarto, que no hay nadie.
Entramos en la sala y nos cercioramos de que nadie nos oiga.
—Es que ahora mismo no sabría ya en quién confiar, y prefiero compartir esta información nada más que contigo —comento excusándome.
—Venga, suéltalo.
—Ya sé por qué las mata. Son sus sirenas.
—¿Sirenas?
—Sí. La canción de la que habla la vicepresidenta pertenece a la ópera Rusalka , y es una ópera basada en una sirena, una náyade que se ha enamorado de un humano, concretamente de un príncipe que solía nadar por donde ella vivía.
Como ella estaba hecha de agua, él no podía verla.
Una bruja la convierte en humana a cambio de entregarle su voz.
Además, si Rusalka no consigue conquistar al príncipe, estará condenada a atraer a otros hombres hacia la muerte por toda la eternidad.
—¿Y qué tiene que ver eso con nuestras víctimas?
—Verás, todo esto me ha recordado a lo que mi amigo Balboa nos ha contado sobre la leyenda de la sirena Mariña de Sálvora.
Entonces me he fijado en nuestras víctimas y cómo se relacionaban con ese hecho.
Y he encontrado que el significado etimológico del nombre Mariña es «nacida del mar».
El nombre de Nerea significa «venida de las aguas», pues es una variante de Nereida, que significa «ninfa que reside en el mar».
—Pero el nombre de Manuela no significa eso.
—Exacto, pero no sé si recuerdas que Manuela tenía dos nombres.
—Es cierto, ¿cuál es el otro?
—Se llamaba Manuela Adriana, por su abuela materna había heredado ese segundo nombre. Y resulta que Adriana significa «la que viene del mar».
—¡No me jodas! Qué buena eres.
—Es más, he buscado en los informes, y las tres tenían los ojos azules. No sé si recuerdas lo que nos contó Balboa sobre la leyenda de la sirena de Sálvora…
—¿Quieres decir que son el sacrificio de su generación?
—Exacto. Ahora habría que indagar a ver cuántos años atrás se remontan sus nombres. Sabemos que algunas heredaron su nombre de sus madres o de sus abuelas. Pero de momento lo que tengo claro es que son un sacrificio para conseguir algún poder a cambio.
—¿Crees entonces que tenía que entregarlas al mar y por eso eligió las islas?
—Exacto. Fíjate en nuestra testigo, Mar López Rial. Es físicamente igual a nuestras víctimas: pelo castaño oscuro, ojos azules y muy menuda. Además, su nombre tiene un significado que engloba toda esta enajenación.
—¿Qué quieres decir?
—Pues que, como buen psicópata, está replicando en sus víctimas su venganza, aquella que no es capaz de ejercer con Mar, ya que es incapaz de enfrentarse a la realidad, esa verdad que lo sitúa en un lugar donde su poder queda mermado.
—Tiene sentido.
—Ahora debemos indagar y conseguir saber qué obtendría a cambio.
—Podemos preguntarle a Balboa.
—Está de viaje, así que le preguntaré a la vuelta. Buscaré mientras tanto más información.
Antes de terminar la jornada, el jefe nos confirma lo que me temía, que Eloi Souto ya no puede ser el culpable porque las imágenes captadas lo ubican fuera de sospechas. Sin embargo, el testimonio que nos ha ofrecido ha revelado pistas acerca del posible y verdadero asesino.
—Al final tenía usted razón, he de darle la enhorabuena. Su intuición parece acompañarla.
—Sabía que decía la verdad. También tiene sentido lo que nos comentó Eloi Souto, puede que a nuestras víctimas las hayan chantajeado, y eso explicaría por qué todas acabaron accediendo.
Manuela adoraba a su familia y no quería que sus padres sufrieran, del mismo modo que Nerea deseaba que no se hundiera el negocio de su padre.
Y Mariña se pasó con las deudas y puso en peligro a sus clientes, pese a su fama en su trabajo, que era intachable.
—Gracias.
—Lo bueno de todo esto es que tenemos unas imágenes del sospechoso llegando en una de esas furgonetas negras que ha descrito Souto en el puerto donde salía el mercante.
Mañana terminaremos de renderizarlas desde Portugal y las volcaremos al programa para que pueda analizarlas con calma, por si ve algo que se nos escape, pero ya le informo de que no se logra distinguir la cara.
—Perfecto, entonces mañana me pondré con ello.
Ese día me lo paso entero pensando en el caso. Incluso cuando por la tarde voy a dar un paseo al parque con mi hijo para despejarme, no soy capaz de quitarme la información obtenida de la cabeza.
El miércoles temprano en la oficina, rebusco más datos y consulto a algunos amigos bibliotecarios. Al final de la mañana, un amigo que trabaja en una biblioteca de Vigo me llama por teléfono mientras estoy en el trabajo buscando información en el ordenador.
—Buenos días, Laia. Creo que ya he encontrado algo de lo que me mandaste buscar.
—Cuéntame —respondo intrigada.
—Tenemos varios libros muy antiguos de finales de la Edad Media y otros más tardíos.
En todos se habla de las sirenas como ninfas que hechizan a los marineros con sus cantos y los distraen de sus labores.
Se culpa a las sirenas de algunos hundimientos de barcos famosos.
Hay diferentes registros en varias de nuestras islas, tanto en Sálvora como en Ons.
—¿Y en Rúa?
—Sí, hay un hundimiento cercano a esta que ha sido inexplicado y que algunos se lo atribuyen a una sirena.
—¿Y has encontrado algún ritual?
—Después de buscar a conciencia desde ayer, al fin he encontrado uno.
—¿Qué dice?
—Dice así: «Aquellas tres ninfas que sean devueltas al mar devolverán el favor de Marina en forma de obsequio.
Dotará de vida aquello que esté muerto y lleve consigo el lastre de un hombre.
Las tres ninfas serán identificadas por llevar el mar en sus ojos y el nombre en su familia en al menos tres generaciones.
El sacrificio debe elaborarse en los tres primeros días de luna nueva.
Se obtendrá el néctar de las ninfas, se mezclará con el del enfermo y se conservará su cuerpo en un manto blanco.
El decimotercer día después del último sacrificio se consagrará el elixir de las ninfas y se beberá tras pronunciar las palabras elegidas».
—Se oye pasar páginas—. ¿Quieres que te diga las palabras?
—Por favor.
—«Ondas do mar sagrado, recibe esta ofrenda, revive aquelo que estea morto e inquieta nos meus adentros».
—¿Eso es todo?
—Sí.
—Perfecto. Muchas gracias, Daniel. Después mándamelo todo por correo.
Tan pronto como obtengo esta información, se la comparto a Tristán. Decidimos no comentar nada hasta saber interpretar esas palabras. Pero me siento contenta por haber conseguido una de las pistas más certeras.
—¿Cuándo es el decimotercer día? —pregunta Tristán.
—Justo el sábado, cuando vamos a la fiesta —respondo.
—Pues no debemos fallar. Esa noche debemos ir a tiro fijo.
—Sí, tenemos que cogerlo con las manos en la masa.
Termino la jornada aliviada de sentirme más cerca de nuestro asesino.
La razón por la que las asesina al fin ya la conocemos, ahora solo debemos adivinar de quién se trata.
Me distraigo del asunto por la tarde junto a mi hijo y a la noche me llega un aviso de que las imágenes de Oporto están listas, así que decido verlas antes de irme a la cama.
Mientras reviso las grabaciones se puede ver a un hombre fornido trasladando un bulto, que seguramente corresponderá con el cuerpo de Nerea.
Una vez que entrega el cadáver, se queda apoyado cerca del coche y se pone a fumar un cigarro con toda la calma del mundo.
Cuando termina, reparo en que hay algo que llama mi atención y que se me hace familiar, y, como quiero estar segura, las reviso a conciencia.
El bucle en el que me sumerjo me lleva a revivir el gesto que hace una y otra vez el sospechoso cuando apaga su cigarro.
Mi cabeza comienza a darme vueltas, mi respiración se agita y percibo cómo mis palpitaciones se aceleran a la altura de mi garganta.
Siento todo eso justo en el instante en el que descubro quién es el asesino.