Capítulo 17
—¿Qué quiere decir? —pregunto—. ¿A qué se refiere?
—Yo he leído sus libros, sé que tiene una gran intuición y que sabe leer a las personas. Les juro que yo no he hecho nada, no soy la persona que buscan. Hay una mente muy retorcida detrás de todo esto y no es la mía.
—¿Qué ha querido decir con que Nerea lo sabía todo?
—Nerea era luz, una mujer muy especial. Tenía una especie de sensibilidad que le permitía saber ciertas cosas antes de que ocurrieran. Me dijo que llevaba varios días con sueños muy oscuros.
—¿Cuándo fue la última vez que la vio?
—La mañana que tomamos el café en Oporto.
Nos encontramos de casualidad cerca del puente, me hizo mucha ilusión verla y decidimos tomar algo.
Le hablé de mi proyecto de ampliar la clínica en el país vecino, y ella me comentó que había estado de retiro y que aprovechaba el viaje para visitar la ciudad.
—¿Esa fue la última vez que supo algo de ella?
—No, supe algo más esa noche… Pero… yo… —Eloi cae en un profundo sollozo.
—Dígame —le paso un pañuelo y dejo que se recomponga unos minutos—, ¿qué ocurrió?
Eloi no contesta, sigue llorando y se mantiene escondido tras el pañuelo desechable.
—Se le fue la situación de las manos, ¿no? Tenemos imágenes que lo han visto salir del hotel de noche y demuestran que no volvió hasta la madrugada. Venga, cuéntenos qué nos está ocultando —presiona Tristán.
Miro a Tristán con mala cara y le hago un gesto de calma para que no siga ahogando a nuestro sospechoso.
—No hables, Eloi, no tienes por qué contarles nada —comenta su abogado.
—Por favor, Eloi. Hágalo por Nerea, y por Mariña, que se merecen justicia —intervengo.
Eloi traga saliva, muestra su rostro encarnado y retira el pañuelo tras el que se oculta.
—Pude haberlo evitado y no hice nada.
—¿Cómo que no hizo nada? ¿Qué es lo que pudo evitar?
—Sinceramente me vi muy solo al final de la tarde en el hotel.
Lo de Mariña no logro superarlo, así que llamé a Nerea, necesitaba una cara amiga que me distrajera de este dolor.
Cuando me respondió, la noté nerviosa. Me dijo que tenía la sensación de que alguien la controlaba.
También me comentó que le habían ofrecido mucho dinero por acudir a una fiesta en una mansión para echarle las cartas a gente famosa de Portugal.
Lo cierto es que le pregunté por qué acudiría, le dije que no fuera y desde mi egoísmo le comenté que estaría mejor conmigo tomando algo.
Me dio la sensación de que la estaban chantajeando, pues me dio a entender que la empresa de su padre perdería mucho dinero si no iba.
Nerea era muy obstinada y no quiso hacerme caso, y yo debí insistir mucho más, muchísimo más…
Su respiración se entrecorta con el llanto.
—Continúe. —Le alcanzo otro pañuelo.
—Después, gracias al cansancio terminé por dormirme en la habitación del hotel, pero casi cerca de medianoche recibí varias llamadas de un número portugués.
Cogí el teléfono y oí como una especie de voces que discutían a lo lejos, y también una música lírica al fondo.
Al principio pensé que era una broma, pero pronto recordé mi conversación con Nerea y comencé a preguntar una y otra vez por ella.
Acabé oyendo a lo lejos su voz diciendo «Ayúdame», y rápidamente se cortó la llamada.
Llamé a ese número, aunque ya no se encontraba operativo, y también la llamé varias veces a su teléfono, pero lo tenía apagado.
—¿Consiguió contactar con ella?
—No, salí de inmediato del hotel y fui a encontrarla.
Recordaba que me había dicho que la fiesta era en una mansión de Foz do Douro.
Les juro que estuve hasta que se hizo de día buscándola, aunque no sabía cuál era la casa donde podía estar.
Vi unas furgonetas negras aparcadas delante de una de las villas que en mitad de la noche se marcharon a toda pastilla de la casa.
—¿Por qué no llamó a la policía?
—No quería que me pasase como con Mariña. No podía perder a otra persona más, y entre que avisara a la policía y pusiera la denuncia podría haberla salvado. Quise hacerlo yo solo, pero al final no ha servido de nada.
—Verificaremos si está en lo cierto. Nos tendrá que pasar inmediatamente todas sus localizaciones en ese rango de tiempo para cotejar su coartada.
—Quien está detrás de esto es muy poderoso, tiene contactos en todas partes, pues supieron al momento dónde estaba Nerea.
Y estoy seguro de que persuadieron a Mariña también, porque ella tenía mucha personalidad como para dejarse liar.
Estoy seguro de que las extorsionaban con aquello que más les dolía, por eso acababan consiguiendo de ellas lo que querían.
Les pasaré todo lo que necesiten. No he mentido, se lo juro.
—Mi cliente les facilitará los datos, pero antes tengo que hablar con él a solas —interrumpe el abogado.
—No, no hace falta. —Alza la mano como si quisiera pausar a su abogado—. Quiero colaborar en todo lo que sea y ayudar a que se haga justicia.
—Una última pregunta: ¿por qué solo ha querido hablar conmigo y no con mis compañeros?
—Verá, cuando Nerea y yo comentamos lo acontecido con Mariña, ella me dijo que había percibido algo acerca de eso.
Me dijo que había visto en un sueño cómo Mariña le daba las gracias a usted.
Resulta que a Nerea le encantaban las lecturas de misterio, y sus libros siempre estaban en su estantería…
Dijo que sería la clave para el caso y que lo resolvería todo y que sin duda confiase en usted, pero me advirtió que no sería fácil y que siempre quedaría un sacrificio por el camino.
Siento un escalofrío que me recorre el cuerpo mientras lo comenta. Los ojos de Souto no mienten.
—¿De verdad piensa que nos vamos a creer esta pantomima? —Tristán niega con la cabeza—. En cuanto podamos demostrarlo, usted acabará donde se merece.
—Puede creerme o no, pero sé de buena tinta que lo que ha dicho Nerea se va a cumplir, como todo lo que ella percibía de forma anticipada, pues siempre acababa cumpliéndose.
Así que, por favor —inclina su cuerpo en mi dirección—, profesora Ramuín, créame, yo solo quiero que aparezca el asesino y que se haga justicia.
Se lo imploro, ya nadie va a devolverme a Mariña, y tampoco a Manuela, pero al menos ayude a que ese hijo de puta reciba su merecido.
Me revuelvo… La intensidad de sus palabras resuena en mí, y sus ojos parecen decir la verdad. Cuando Souto y su abogado se marchan, todo el equipo se pone a cotejar las informaciones aportadas. Al rato, Limán se acerca a mi mesa.
—Este cabrón nos ha contado una historia que piensa que nos la vamos a tragar.
—Yo lo creo —comento.
—Pero ¿qué dice? ¿Cómo va a creer a ese fantoche? Si no hay por dónde cogerlo.
—Lo que ha contado encaja con su forma de ser, y también con lo que nos han dicho sobre Nerea. Además, sigue en pie lo de las fiestas, pues me ha llegado la invitación.
—Lo han hecho para despistar, Laia. Pero si Eloi tiene todos los indicios que lo señalan —comenta Tristán convencido.
—No ha sido él, estoy segura. No tengo dudas.
—Pues tendrá que demostrarlo —concluye Limán.
A la mañana siguiente, el jefe nos comunica que el día anterior ha hablado con Marimer Casais y que su amiga quiere aportarnos una nueva información, de modo que Limán la cita a primera hora en la comisaría.
Tristán y yo recordamos que la visita a Catoira nos ha sabido a poco, ya que la amiga no había querido testificar, y nos alegramos de que haya cambiado de opinión.
Antes de entrar en la sala con la amiga de Marimer, el jefe nos comenta que debemos ser discretos.
Al entrar y observar de quién se trata comprendo la advertencia de Limán y por qué esa mujer ha entrado por la puerta trasera y tapada hasta arriba.
La mujer que está sentada frente a nosotros es la vicepresidenta de la Xunta, y Tristán y yo nos miramos de reojo antes de sentarnos.
Yo sé parte de la vida de Mar López Rial gracias a su trayectoria política.
Se la conoce por ser, dentro del partido conservador, la parte más progresista; de hecho, muchos la califican como centrista.
Su marido es la mano derecha del presidente de la Xunta.
Recuerdo que tiene hijos, pero no logro acordarme de cuántos.
—Buenos días, gracias por hacernos llegar su testimonio. Yo soy el subinspector Tristán Castro y esta es mi compañera, la psicóloga forense Laia Ramuín.
—Buenos días. A ella ya la conozco.
—Ah, ¿sí? —pregunto extrañada.
—Sí, he seguido su trayectoria y usted me parece brillante. Pero dado mi estatus político no acababa de atreverme a venir. Al fin he hecho un esfuerzo enorme acercándome hasta aquí.
—¿Y qué la ha animado a venir finalmente? —Tristán saca su tableta.
—Pues, sinceramente, he visto que otra mujer ha perdido la vida y siento que debo ayudar en todo lo necesario, pero, por favor, mantengan mi identidad a salvo. Tengo miedo de acabar como ellas. Además, ayer me he acordado de un detalle.
—No se preocupe, le doy mi palabra. Cuéntenos, ¿de qué se ha acordado? —pregunta Tristán intrigado.
—Pues resulta que anteayer a la noche estaba viendo ese programa de entrevistas tan bueno que dan en la cadena pública.
Cuando terminó, cambié de canal y salió un anuncio de colonias con una melodía que se me hacía muy familiar.
No fui capaz de ubicarla en mi cabeza, y toda la noche estuvo resonando dentro de mi mente sin cesar.
A la mañana siguiente, logré identificar en qué momento la había escuchado.
Se trataba de cuando en esas fiestas tuve mi encuentro con el lobo.
—¿Y sabe cuál era la canción?
—Oh, sí. Después de estar toda la noche buscando, a la mañana siguiente se la tarareé a mi marido, y rápidamente la identificó. Es un fanático de la música clásica. En el momento que la puso en los altavoces, se me revolvió el cuerpo.
—¿De qué se trataba? —pregunto.
—Del «Aria de la luna» de la ópera Rusalka . —Tristán y yo nos miramos.