El eco de la niebla Capítulo 16 #4
89%

Capítulo 16 #4

—También existe una muy arraigada en la zona. Se trata del mal de ojo, muy típico de la tradición de Galicia. Creían que cogiendo un sapo y haciéndole un ritual podrían echar el mal de ojo a quien quisieran. Os adjunto el ritual y el conjuro con más detenimiento en el informe.

—Desde luego, nuestra tradición nunca deja de sorprenderme —apunta Tristán—, está llena de leyendas.

—Sí, tenéis todo más detallado en el informe, pero grosso modo esto sería lo más destacable.

—Muchas gracias. —Tristán se levanta de su silla—. No le hacemos perder más tiempo.

—Nada, en lo que pueda seguir ayudando me avisáis.

Mientras Tristán recoge sus cosas, Iago se acerca con su silla e intenta coger lo que parece un regalo al tiempo que yo lo ayudo.

—Por cierto, Laia, te he traído un pequeño detalle para Gael. Como el otro día estuvimos hablando un poco de los viejos tiempo, quería compartir esto contigo.

—Oh, no hacía falta, Iago.

—Insisto, sé que le va a gustar. —Me ofrece un paquete rectangular.

Lo abro y veo que dentro hay un estuche marrón de estilo vintage y, al abrirlo, comento sorprendida:

—No puede ser… —Dentro del estuche aparece un violín antiguo—. Iago, esto es demasiado, no puedo aceptarlo.

—Sí que puedes. En casa está muerto de la risa, es el primer modelo profesional que le conseguí a mi sobrino y ya sabes lo que opina ahora de continuar con el legado.

Se trata de un Jean-Baptiste Vuillaume original.

Tuve la suerte en su momento de hacerme con él en una subasta a un precio muy por debajo de su valor.

—Esto es demasiado, de verdad que no puedo aceptarlo.

—Laia, te tengo mucho cariño y me ha apenado no haber podido asistir a la primera actuación de Gael. Tenía un viaje programado de hace tiempo para ese día, pero, en cuanto he visto el vídeo de la actuación que me has mandado, supe que en sus manos iba a ser una buena inversión.

—Iago, no sé qué decirte…

—Simplemente di «gracias» y guárdalo a buen recaudo para cuando Gael comience a tocar sus primeras «Partitas» de Bach. Además, tienes todos los papeles y el certificado de autenticidad dentro del estuche. Recuerda echar un vistazo al higrómetro de vez en cuando y guardarlo en un lugar seco.

Iago no me deja rechazar su regalo y amenaza con dejarme de hablar. Y yo pienso que no me lo merezco, pero al menos Gael sí. Después, Iago se despide de nosotros y le deseamos un buen viaje, y, aunque sé que odia los abrazos y los besos, lo inundo con muestras de cariño antes de despedirlo.

—Menudo regalo, ¿no? Se ve que te tiene en alta estima y que es un buen amigo. Ya ves, Laia, los que te apreciamos queremos lo mejor para ti.

—Se ha pasado, pero no he visto manera de escabullirme. Iago siempre ha sido muy riquiño conmigo, hemos mantenido con los años ese tipo de cariño casi filial. En Santiago siempre he podido acudir a él, y no puedo estarle más agradecida.

—Se nota, su mirada transmite cariño y protección ha­cia ti.

A media mañana se forma un revuelo dentro y fuera de la oficina, y caigo en la cuenta de que es por Eloi Souto, que viene acompañado de su abogado y se introduce dentro de una de las salas.

Allí, el jefe y Tristán deciden interrogarlo y, tras un buen rato, Tristán sale de la puerta resoplando y se acerca hacia mí.

—Dice el jefe que si puedes venir un momento, Laia.

—Sí, claro.

Cuando entro en esa sala, Limán tiene la camisa encharcada en sudor, y sus mejillas sonrosadas evidencian que el encuentro ha sido tenso.

Tristán cierra la puerta detrás de mí y me ofrece un asiento a su lado.

Me fijo en que el abogado de Souto muestra casi la misma tensión que Limán, y se mantiene con su rictus agarrado a su maletín.

Entonces reparo en Eloi, que apenas eleva la mirada y parece haberla decidido entregar al vacío, pero cuando me oye llegar fija la vista en mí.

—Pues llevamos aquí un buen rato porque el señor Souto se ha negado a declarar, así que, cuando por fin se ha atrevido a hablar, nos ha dicho que quiere hablar con usted.

—¿Conmigo? —comento sorprendida.

—Así es. —Limán parece que comienza a desesperarse y se dirige al acusado—: Ya tiene aquí a la profesora Ramuín, puede hablar cuando quiera.

—No digas nada si no quieres —le apunta su abogado por lo bajo.

—Quiero hablar solo con ella. —Su voz es tenue y temblorosa.

—Sí, hombre, y si quiere le pongo un cafecito y una magdalena. —El hartazgo de Limán va in crescendo —. Tenemos que estar algún policía presente, ¿entiende? —Pega un golpe sobre la mesa.

Tristán le hace un gesto a Limán, y ambos se apartan hacia la puerta para que Eloi no los escuche.

—Jefe, si quiere me quedo yo y usted aprovecha para tomar el aire —le comenta Tristán.

—Eh… Vale. —Se seca el sudor de la frente—. Voy a ver si tomándome una tila entiendo por qué este tipejo pretende ponernos a todos en jaque. Los dejo unos minutos, a ver si así conseguimos algo y logramos mantener a la prensa alejada —comenta a regañadientes.

Cuando Limán cierra la puerta, Eloi parece que respira aliviado y se dirige a mí:

—Nerea lo sabía todo.