El eco de la niebla Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Al día siguiente después de desayunar, llevo a mi hijo a su escuela y allí me despido en un abrazo largo.

Me invade un sentimiento de tristeza, pues es la primera vez que nos separamos sin que se quede con mis padres.

Acompaño mi abrazo de besos revoltosos que Gael esquiva mientras ríe, y entre lágrimas me dice que me quiere y que recuerde que le he prometido hacerle lasaña el domingo.

Me despido de mi todo y vuelvo de regreso a casa mientras por el camino voy recomponiendo los trozos de mi alma que se han resquebrajado.

Tristán me manda un mensaje y me invita a evadirme del trabajo durante el fin de semana.

Me comenta que está todo en marcha y bajo control, y que podemos desconectar juntos.

Poco después, Aroa me llama y nos organizamos para el plan del fin de semana en la casita de la Illa de Arousa.

Quedo con mi amiga en que la recogeré en su trabajo a mediodía.

Tengo ganas de estar con ella, siempre consigue levantarme el ánimo.

Aroa entra dentro de mi automóvil y, como buena amiga que es, detecta al instante mi desazón y saca sus armas de terapeuta de camino a nuestro destino.

—A ver, dime qué te pasa, que un «estoy bien» no me vale.

—Echo de menos a Gael, y eso que lo he visto esta mañana. Es lo que peor llevo de haberme separado de su padre. Me quema y me deshace por dentro.

—Lo sé, pero sabes que estás obrando bien. Llegará un momento en que tanto tú como Gael lo tengáis asumido dentro de la rutina.

—Tienes razón, pero es tan pequeño… Es mi pequeño…

—Mejor aún me lo pones. Si os coincidiera esta situación siendo Gael más mayor, o cuando este fuera consciente de lo que ocurre, sería muy duro para él.

—Es cierto. Tendré que habituarme. Cuanto mejor me adapte yo, mejor se adaptará él.

—Sí, ya verás como todo sale bien. Por cierto, que al final no me has contado qué tal te ha ido con Tristán. A ver, cuenta, cuenta…

—Pues lo cierto es que quería comentártelo, pero no he parado ni un segundo.

—¿El qué?

—Pues resulta que al final Tristán y yo nos hemos liado.

—Bueno, bueno, ¿qué me estás contando? —Da unas palmadas contra el salpicadero que resuenan en el vehículo, y con el susto casi me hace pegar un volantazo—. Ya te dije yo que estabais hechos el uno para el otro, si es que saltaban chispas a vuestro alrededor… ¡Madre mía! ¿Y qué tal?

—Pues surgió un poco de manera natural. Ya te había comentado que Tristán me parecía muy atractivo y buena persona, pero para mí era algo que no iba a plantearme mientras estuviera casada; de hecho, pasaba inadvertido para mí.

—Ya, pero yo sabía que era tu tipo por completo. Y también que estaba colado por ti, por la forma en que te miraba se le notaba perfectamente. ¿Y quién dio el primer paso?

—Fue un poco cosa de los dos. Nos besamos en el evento y después continuamos lo que empezamos en el hotel.

—Me encanta esta versión de Laia más liberada. Además, Tristán y tú hacéis muy buena pareja, los dos tan guapos…

—Sin embargo, siento que estoy defraudando a Gael y que no estoy respetando los pasos posteriores a un divorcio.

—Cariño… —posa su mano en mi pierna y se acerca un poco más—, debes comprender que no le debes ningún luto ni respeto a nadie.

Roi te ha fallado como pareja y como padre, y tú has hecho todo perfecto hasta el último día de tu relación.

Eres una mujer libre. Si deseas estar con Tristán, deberías disfrutar el momento.

Te mereces que te pasen cosas buenas y que la gente que te quiere se interese por ti.

Debes comprender que la vida no consiste en estar siempre sufriendo para sentirte validada.

—Lo sé, pero tampoco me quiero apresurar, y de momento para Gael no existirá esta relación.

Tristán y yo compartiremos momentos, pero sin prisas ni ataduras.

Yo también debo reencontrarme con la Laia soltera, hacía años que no sabía de ella, y he de situarme.

No quiero enganchar una relación por otra simplemente por despecho.

—¿Qué despecho, si tienes un bombón delante que está colado por ti? Disfruta, mi vida, te lo mereces.

—Tienes razón… Bueno, ya hemos llegado. —Termino de aparcar mi coche, apago el motor y me giro hacia Aroa. Después le digo mientras le guiño el ojo—: Disfrutemos entonces.

La casita de veraneo de Tristán se convierte en un refugio para recargarme de energía.

Pasamos un día estupendo en la playa y una noche llena de risas.

La compañía de Aroa y Tomé me da la desconexión que necesito, aunque, inevitablemente, a cada rato, contacto con Roi para tener noticias de mi hijo.

Por la mañana temprano, Aroa y Tomé se despiden de nosotros y se marchan, y Tristán y yo gozamos de un día solo para nosotros dos.

Al fin llega el momento de enfrentarnos a nuestra compañía sin interrupciones y con la libertad de sacar a relucir nuestros verdaderos sentimientos.

Todo fluye de un modo muy natural y como si toda una vida nos hubiese separado, pues parece que nuestras almas ya se habían conocido en otro universo.

Después de desayunar, Tristán y yo decidimos relajarnos en la cala que hay frente a su casita de verano.

Yo leo un libro mientras tomo el sol y escucho de fondo las olas del mar batiendo contra las rocas.

Es una maravilla que casi no haya gente cerca, pues parece que el lugar es solo para nosotros.

Después de eso, necesito echarme una siesta en una de las hamacas colgadas en el limonero mientras Tristán recoge y friega los cacharros.

Al despertarme, de nuevo hablo con mi hijo.

Por la tarde nos bañamos en el mar. Tristán me agarra por la cintura en un lugar que no nos cubre, y yo me pongo a horcajadas sobre su cadera.

Nos besamos como dos adolescentes que acaban de conocerse.

Me embriaga la presencia de Tristán, no quiero perderme nada de él.

Podemos pasarnos horas con la mirada fija el uno en el otro, y yo soy capaz de perderme en su mirada, en esos dos cuencos llenos de agua de mar.

Al fin siento que estoy siendo muy feliz, pero quiero ser cauta.

Regresamos a la casita, aunque antes le deseo buenas noches a Gael mandándole un audio a su padre.

Al poco rato recibo un mensaje con una grabación de mi hijo que me emociona mucho deseándome las buenas noches.

Tristán y yo nos duchamos y decidimos dar una vuelta e ir a cenar a un chiringuito de la Illa de Arousa que está cerca de la playa.

Antes de llegar al lugar, nos desviamos en el faro, y desde un mirador con unas vistas preciosas nos quedamos sentados contemplando la puesta de sol; las golondrinas vuelan a lo lejos y las olas del mar nos regalan su banda sonora.

Es un entorno de ensueño. Busco la mirada cómplice de Tristán, pero no la encuentro, pues percibo que está nervioso y algo distraído.

—¿Estás bien? No tienes buena cara —comento.

—Sé que te parecerá precipitado, pero no quiero perder el tiempo.

—Se gira buscándome y clava la luz de sus faros sobre mí—.

Cuando se conoce al amor de tu vida, cada instante cuenta, y cada momento sin ti se descuenta.

—Saca un estuche pequeño, lo abre y en este hay una gargantilla con tres llaves pequeñas doradas—.

Te he traído aquí porque me gustaría pedirte si te gustaría ser mi pareja.

Pero, ojo, hablo de seguir yendo poco a poco y no comentar nada de momento hasta que lo sientas oportuno.

Tristán sostiene el estuche tembloroso, me sonríe con ternura y su mirada es imposible de rechazar.

—Claro que sí. —Lo beso y lo abrazo—. Pero, para comentarlo a mi familia y amigos, será cuando sienta que es el momento adecuado. Mientras tanto, quiero dejarme llevar en esta relación contigo.

Tristán aparta unos mechones de mi nuca y me coloca con cuidado la gargantilla en el cuello.

—Este collar tiene tres llaves: la primera simboliza la entrada en mi vida, la segunda el acceso a mi corazón y la tercera abre la puerta de mi alma.

—¡Caray, Tristán! Qué chulo. Pero ya sabes que a mí no se me conquista con regalos. Además, no me gusta que me encandilen con una historia, sino que las piezas generen una historia de por sí.

—Pues esta la tiene. Este collar me lo regaló mi abuela de Porto do Son cuando enfermó, pocos meses después falleció.

Era como una madre para mí, estuve muchos veranos y fines de semana con ella.

Me contó que se lo regaló mi abuelo a ella cuando vivían en Buenos Aires, acababan de ser padres y comenzaban por fin a prosperar.

Me dijo que el día que estuviera seguro debía regalarle este collar a la mujer de la que me enamorara.

Voy a respetar tus tiempos y tu decisión, pero quiero que sepas que estoy enamorado de ti, Laia, y nunca había sentido tanto por alguien. —Me besa la frente.

—Yo no esperaba acabar así contigo. Has sacudido mi vida, has llegado como un claro de luz en plena tormenta. Me encanta cómo tratas a Gael, y por ende cómo me tratas a mí, pues me respetas por quién soy y no por lo que soy. Me haces muy feliz.

Tristán me mira con ternura, queriendo recoger cada una de mis palabras.