Capítulo 16
—¿En un mercante? Pero ¿cómo? —Tristán no sale de su asombro.
—Pero, si el mercante iba con destino al norte, ¿cómo ha conseguido desviarse de la ruta para dejar el cuerpo en Onza sin levantar sospechas? —pregunto.
En ese momento, recuerdo que la tormenta la estábamos creando en nuestra habitación de hotel Tristán y yo.
—Entonces fue cuando aprovecharon para trasladar el cuerpo del barco a la isla —recapitulo la información—, ¿verdad?
—Efectivamente.
—Vamos a ver, que yo lo entienda —comenta Tristán ubicándose en el asunto—. La noche del 10 al 11 de julio se asesinó a Nerea en Oporto, en el lugar donde la invitaron y que todavía está por averiguar cuál es.
—Sí, estamos analizando las cámaras de la zona donde se hospedaba la víctima y las del muelle. Pronto tendremos algo más certero.
—Bien, entonces en la casa a la que la invitaron en Oporto probablemente sea donde la asesinaron; después, se le hace el vaciado y el posterior embalsamamiento, que lo más seguro es que haya sido de madrugada, cuando se introduce su cuerpo en un barco mercante con dirección al norte.
El barco viaja alrededor de un día hasta llegar a Galicia el 11, y, como hay temporal, dejan al socaire el mercante justo en las Illas de Ons.
Allí aguarda toda la noche y, de madrugada, deja el cuerpo en Onza.
—Exactamente, eso es.
—¡Pues menudo artista! Vaya forma más rebuscada para complicarse la vida.
—Desde luego, eso denota mucho interés en querer situar a Nerea en ese punto.
Probablemente, la jugada le haya salido mal en un principio, pues Nerea debía de estar en Galicia y acabó enterándose a última hora de su retiro en Portugal.
Ya me parece demasiado conseguir en tan poco tiempo hacerse con el mercante y que no hable nadie de la tripulación —recapitulo—. ¿Le han dicho cuánto les pagaron?
—Parece ser que era una cifra desorbitada. Que contactaron con ellos prácticamente a última hora, y una de las órdenes explícitas era conseguir quedarse en Ons esperando hasta que fuese el día 12 para dejar a Nerea en la playa de Onza.
—Eso es muy retorcido. Pues si ese día llega a hacer buen tiempo no hubieran tenido excusa para fondear en Ons —apunta Tristán.
—Quizá sea porque quisiera que se encontrase un día concreto.
Tiene todo el sentido, ¿por qué no dejarla el 11 en vez del 12?
Ese día debe de significar algo para el asesino.
Algo que haga que sea importante… Tiene que coincidir lo mismo en las tres fechas…
Esperen… Déjenme comprobar una cosa. —Me fijo en un calendario de pared cercano y me tomo unos minutos—.
Ya lo tengo, qué rabia no habernos dado cuenta antes.
—¿A qué se refiere? —pregunta Limán intrigado.
—Era luna nueva. El asesinato de Nerea ha sido en luna nueva, y el de Manuela, y también el de Mariña. Los tres se han producido en el mismo periodo de la fase lunar, miren. —Les muestro el calendario con los dibujos de las fases del satélite.
—Pues sí, es cierto. ¿Cómo no hemos caído en la cuenta antes? —apunta Tristán.
—No debemos culparnos por ello. Sabíamos que los asesinatos solían caer en fines de semana y estaban siendo prácticamente una vez al mes, pero no nos habíamos fijado en eso. El caso es que ahora disponemos de esa información y tenemos que emplearla bien para atar cabos.
—Sí, pero ¿por qué piensa que puede ser algo relevante? ¿Acaso cree que nuestro psicópata se fija en el calendario lunar para fijar sus asesinatos?
—Sí, eso creo. No logro todavía comprender la razón de por qué lo ha escogido así, pero estoy segura.
De igual modo que existía un asesino en serie que se guiaba por el zodíaco, ahora el nuestro necesita la luna nueva para acabar con las víctimas y pronto acabaré fundamentando qué motiva todo ese delirio.
—Confío en usted —añade Limán.
—Todo esto cada vez me huele más a un tipo de logia, en la que realizan algún tipo de rito o sacrificio para venerar algo o a alguien —apunto.
—Exacto. Para conseguir silenciar a un mercante entero, tiene que haber mucho poder económico detrás. —Tristán ladea la cabeza—. Llevar un cuerpo en uno de los frigoríficos sin que nadie diga nada es cuando menos sospechoso.
—Realmente solo fueron unos pocos tripulantes los que escondieron el cuerpo en una bodega refrigerada según las instrucciones que se les dieron.
Dense cuenta de que en un contenedor no podría haber ido, pues deben ir y volver precintados sin que se rompa dicho precinto.
Según la tripulación del mercante, creían que era algo relacionado con drogas, y, cuando se enteraron de que se trataba de un crimen, no podían creérselo. —Limán yergue sus cejas.
—¿Quién la dejó en la playa?
—Por lo que comentan los testigos, parece ser que vino un hombre corpulento con una embarcación semirrígida, aunque no pudieron verle la cara bien ni recuerdan el modelo de la lancha.
Los del mercante pensaban que estaban pasando una mercancía relacionada con el narcotráfico.
Lo más curioso del asunto es que algunos de los marineros del mercante alguna vez lo han hecho de este modo, bajando con poleas algún paquete para la familia Piñeiro.
Lo que no se imaginaban era que esta vez estaban transportando a la hija del dueño de Conservas Piñeiro.
—Madre mía… —resoplo.
—Por cierto, si tienen ahora un momento, echen un vistazo a las imágenes grabadas. Ahora más que nunca debemos seguir indagando en el caso. Ante cualquier avance, los mantendré informados.
—Muy bien, gracias —me despido.
Cuando me introduzco con Tristán en la sala de visionado y escuchas, un escalofrío me acompaña durante unos minutos.
Se trata del lugar donde se destapó la máscara de mi marido.
Intento respirar con calma y, después de escuchar a Tristán hablar con el agente que nos muestra las imágenes, veo que la cara del acompañante de Nerea en la cafetería me resulta familiar.
—Pero ¿ese no es…? —comenta Tristán dubitativo.
—Ese es el marido de Mariña —interrumpo con vehemencia—, se trata de Eloi Souto.
—¡Ostras! No me jodas que es el que está metido en esto… Jiménez, intente ampliar esa imagen, por favor.
—No puedo, jefe, pero tengo otra cámara de cuando salen del local que se ve mejor. Justo se quedan delante hablando.
—A ver… —Tristán parece que ajusta su visión mientras una imagen más clara de Eloi se muestra en pantalla—. Sí que es Souto, hay que ir a por él.
Tristán y yo se lo mostramos al jefe y este decide comprobar la coartada de nuevo del marido de Mariña y apuntar todas las sospechas a él. Intento comprender qué los une y por qué estaría el marido de Mariña metido en todo esto. Esa noche me duermo pensando en lo sucedido.
Al día siguiente, mientras yo trabajo desde casa, Tristán me llama para ponerme al día.
—Acabo de ir a hacer una comprobación. Me he ido a la pizzería que nos comentara Eloi Souto, a la que había parado a comer algo después de trabajar hasta tarde la noche que asesinaron a su mujer, Mariña. ¿Y sabes qué?
—Dime, ¿qué?
—Pues que la pizzería tiene mal el reloj, y las cámaras en realidad marcan una hora menos. Es decir, ese cabrón pudo haber perpetrado el crimen, matar a Mariña y volver a tiempo a su casa.
—¿Tú crees?
—Sí, además, hemos estado preguntando y resulta que Souto y Nerea se conocían de sobra, tanto es así que en sus tiempos mozos habían sido pareja. Y en la actualidad mantenían una amistad.
—Eso no lo convierte en culpable…
—Claro que puede ser, joder, cómo se nos ha podido escapar.
—Se escucha un silencio—. Fíjate, primero asesina a su mujer por celos y despecho, ya que se cansa de compartirla con todo el mundo.
Y después a Nerea, pues, como nos dijo la hermana, «un viejo amor la rondaba, pero ella no estaba interesada».
Fruto del rechazo de Nerea, decide matarla.
Además, no sé si lo recuerdas, pero su mujer falleció la noche del sábado al domingo, y hasta el lunes por la tarde no puso la denuncia.
—¿Y a Manuela? ¿De dónde saca tanta pasta?
—La clínica Souto Val es muy buen negocio, y con la excusa de montar otro en Oporto quiso acabar con Nerea. Manuela seguramente sea otro viejo amor que todavía no hemos conectado.
—No acabo de verlo claro.
—Tenemos que ir a por él, todavía sigue en Oporto, así que la policía de allí nos ayudará con el interrogatorio.
—Pero, si sigue en Portugal…, ¿cómo fue capaz entonces de desplazar el cadáver hasta Onza?
—Pues supongo que alguien lo ayudaría…
—No lo sé, Tristán, no lo veo.
—No te preocupes, el lunes lo tenemos con nosotros para poder tomarle declaración y mientras tanto esperemos que los compañeros le sonsaquen todo.
Termino la mañana volviendo a revisar la conversación con Eloi y compruebo todo lo que encuentro de él.
Algo no me acaba de encajar en todo esto.
Es cierto que siendo anestesista él podría haber hecho perfectamente el vaciado intravenoso sin inmutarse, pero no parece un psicópata, al menos no en la entrevista que le hicimos.
Tengo miedo de que mi olfato me esté fallando; ya lo hizo con Roi, y también puede que lo esté haciendo ahora.
El resto del día lo disfruto con Gael, pues, al día siguiente, su padre lo recogerá de la escuela de verano y ya no lo veré hasta el domingo a media mañana.
Me quedo dormida junto a mi pequeño y a medianoche me da pena desplazarme hasta mi cama.
Miro a mi hijo y se me encoge el corazón al tener que separarme de él, pero sé que estoy tomando la mejor decisión.
Gael no tiene la culpa de que su padre decidiese hacer vida con otra mujer, y él echa de menos a Roi y se merece disfrutar de su compañía.
Lo observo y me empapo de su belleza. Nunca será tan pequeño como ahora, ni yo tan joven para poder disfrutar con salud de su compañía.
Me fijo en sus manos, en cómo las apoya con cariño bajo su barbilla; es una estampa enternecedora.
Lo quiero tanto que dudo de que se pueda amar más.