El eco de la niebla Capítulo 14 #4
78%

Capítulo 14 #4

Se quita la camisa y empieza a besarme por el cuello, dentellea el lóbulo de mi oreja y lo estira con suavidad, me manosea los pechos hasta que se me eriza la piel.

Me besa por todo mi torso y me lame el ombligo.

Se agacha y me quita la ropa interior con pulcritud.

Me toma en sus brazos y me posa suavemente en la cama.

Comienza a deslizar su lengua por mis tobillos hasta desaparecer en mi entrepierna.

Me dejo llevar y siento un placer ferviente que casi me hace desaparecer.

Se quita entonces el pantalón y los calzoncillos, y aprovecha su excitación para colocarse la protección.

Tras besarme con delicadeza por todo el cuerpo, y elevar mi placer a límites inexplorados, se posa encima de mí y comienza con su danza.

Ambos nos sumimos a la satisfacción y nos compenetramos en los movimientos.

Mi cuerpo se siente volátil, parece que mi alma quiere desligarse de mí.

Llego al clímax con un ascenso que convulsiona en el máximo deleite.

Gimo en un delicioso desgarro, pues me excita de un modo que nunca había experimentado.

Tristán, al sentirme, se une en mi apogeo.

Tras culminar un deseo casi animal, quedamos exhaustos y yo descanso sobre su pecho.

—Eres increíble, Laia. —Me acaricia suavemente la espalda—. Nunca he conocido a una mujer como tú.

—Me ha encantado sentirte así. —Le doy un beso en la mejilla.

—Me gustas toda tú, sin excepción. —Me besa en los labios.

—A mí también.

—Temía no hacerlo. Te admiro tanto… Te mereces lo mejor, y espero poder estar cerca de ti para que lo consigas.

—Ojalá.

Nos besamos y luego nos abrazamos. Me siento segura en los brazos de Tristán.

Nuestros cuerpos desnudos rozan las suaves sábanas y los dejamos a la merced de la noche para quedarnos dormidos.

Por la mañana, un rayo de luz interrumpe mi sueño.

Me cuesta situarme, tardo unos segundos en recordar todo lo que ha sucedido la noche anterior.

Abro los ojos y compruebo si Tristán aún continúa en mi cama o si ha sido todo un sueño.

Pero mi visión me alegra, Tristán está durmiendo acurrucado en mi espalda.

Intento no despertarlo, me levanto y aprovecho para ducharme.

Cuando salgo del baño, Tristán está despierto sobre la cama.

—Buenos días, preciosa. —Se acerca y me besa en los labios—. ¿Cómo estás?

—Buenos días. La verdad es que he dormido bastante bien.

—Me alegra, temía despertarte con mis ronquidos. —Me agarra de la nuca y juguetea con mi pelo mojado.

—Si lo has hecho, ni me he enterado.

—¿Qué te parece si, mientras te vistes, voy a la ducha y desayunamos juntos en el bufet?

—Genial. Todavía es temprano, así que tenemos tiempo de dar un paseo antes de regresar a casa. Voy a aprovechar que te duchas para llamar a mis padres.

—Perfecto.

Se acerca a mí y me da de nuevo un beso, y yo lo recojo y se lo devuelvo manteniéndolo más en el tiempo. Me aparto y le doy un cachete en el trasero.

—¡Venga a la ducha!

Salgo a la gran terraza y hablo con mis padres; les pregunto qué tal fue la noche con Gael y me informan de que se lo ha pasado genial; después, le digo a mi hijo que pronto nos veremos y que lo quiero mucho.

Este me responde que está deseando verme y enseñarme el nuevo libro que le han regalado los abuelos sobre los planetas.

Me preguntan qué tal me ha ido la fiesta, que me notan muy alegre, y les respondo que muy bien.

Les agradezco a mis padres su ayuda y les recuerdo que nos vemos a la hora de comer.

Tristán sale de la ducha y ambos terminamos de vestirnos. Nos vamos al restaurante a tomar el desayuno. Cargo mi plato con más alimentos de los que puedo comer y Tristán me ayuda a terminarlo. Después de disfrutar el bufet, regresamos a nuestras habitaciones.

De camino a nuestra planta, Tristán recibe una llamada de Limán. Entonces entramos en mi habitación y allí responde, pone el manos libres y me hace un gesto para que permanezca en silencio.

—Buenos días, espero que lo pille despierto —comenta Limán a desgana.

—Sí, claro, dígame.

—Hemos encontrado a la hija de Piñeiro.

—Ah, qué bien. —Tristán me guiña un ojo—. ¿Y qué le ha­bía sucedido?

—Ha aparecido en otra isla, asesinada como las anteriores.

Me da un vuelco el corazón, me fijo en que Tristán se ha tapado la boca, y yo de forma instintiva me llevo las manos a la cabeza.

—Pero ¿cómo? ¿No estaba en Oporto? —Tristán se queda traspuesto.

—Sí, eso es lo que tenemos que averiguar ahora.

—¿Tiene localizada a la profesora Ramuín?

—Sí, he desayunado con ella.

—Perfecto, pues en cuanto puedan acérquense al puerto, que les mando una embarcación.

—¿Y lo sabe el padre?

—Sí, se lo hemos dicho hace una hora. No sale de su asombro.

—No me extraña.

—¿Cuánto tiempo necesitan para llegar al puerto?

—Pues tenemos que hacer el check out… , pero no creo que nos lleve más de media hora.

—Muy bien, doy el aviso para que pasen a recogerlos.

Tristán cuelga el teléfono y al verme sobrecogida se acerca rápidamente a mí y me da un abrazo y un beso en la frente.

—¿Otra más? —pregunto sorprendida.

—Eso parece.

—Pero si estaba vigilada la mansión, no comprendo.

—Ya, ha tenido que ser en otro sitio.

—No me lo puedo creer… ¡Otra vez no! —Me invade la culpa.

—Lo sé, Laia. Es horrible… No lo he visto venir. Avisa a tus padres de que te retrasas un poco, ven a ver la escena del crimen y, después, pide que te traigan a tierra para que te dé tiempo a comer con tu familia.

—Pero ¿cómo ha podido ser? Estoy cansada de que se nos escape el asesino entre las manos. Tiene ventaja y está jugando con nosotros —comento con rabia—. Sabía que íbamos a estar pendientes en la feria y nos ha despistado.

—Sí, somos sus marionetas y él mueve los hilos.

—Puf… —resoplo.

—Venga, terminamos de recoger nuestras cosas y nos vamos.