Capítulo 14
Tristán y yo nos dirigimos al muelle. Limán nos comunica que por la noche se reunirá con nosotros en la fiesta.
Así que nuestra función consiste en ser la cara visible de la policía.
El evento en el barco está enfocado a una visita a la ría con degustación de productos del mar, y se espera que acudan numerosas personalidades y famosos.
Las cámaras de varias televisiones harán de testigos del encuentro.
Limán nos ha comentado que el barco en cuestión tiene capacidad para doscientos cincuenta pasajeros y que dispone de un restaurante y dos amplias cubiertas.
Ahora mismo, enfrascada en el caso y con un reciente divorcio, acudir a este evento es lo que menos me apetece.
Lo único que salva este encuentro es la presencia de Tristán.
Nos situamos en el barco y da comienzo el viaje con unas palabras de la ministra de Turismo y del presidente de la Xunta.
Visitamos los polígonos de las bateas, donde unos marineros nos hacen una demostración de cómo es el funcionamiento de las plataformas flotantes.
A la gente de fuera de Galicia le llama mucho la atención poder probar los mejillones, y una empresa patrocinadora ofrece sus vinos albariños para degustar, sacándolos del medio del mar, y los asistentes aplauden enfervorecidos cada vez que extraen una botella de las aguas.
La degustación está amenizada por un grupo de música gallego muy conocido, que tocan sus canciones en acústico y hacen versiones de sus éxitos acompañadas por algunos instrumentos gallegos tradicionales.
Los allí presentes están encantados, con la compañía de los rayos del sol y las temperaturas, que son muy agradables, lo que permite empaparse de un ambiente idílico.
Los invitados comentan entre sí que pocas veces se han visto en un enclave único en medio de la ría, que los productos son exquisitos y la música que acompaña es cautivadora y relajante.
Yo no puedo parar de pensar que a tan solo unos pocos kilómetros aparecieron los cuerpos de dos jóvenes asesinadas, y que todavía necesitamos resolver el misterio de quién lo ha hecho y sin embargo debemos fingir normalidad en este extravagante y superfluo encuentro.
Me imagino por un instante que, si Mariña estuviera viva, por lo que comentan sus allegados, sería el prototipo de persona a la que invitarían.
Ella se relacionaría bien con todos estos personajes trajeados, que buscan constantemente un despliegue de entretenimiento a través del derroche y un lujo para nada silencioso.
Quizá por eso Roi la eligió, porque era opuesta a mí, muy segura de sí misma, sembrando sensualidad allá por donde pasara.
Lo que sí nos unía es nuestra resiliencia y nuestro feminismo empoderado.
Sí, Mariña sería perfecta para este momento.
Tristán y yo charlamos con algunas personas de temas banales e intentamos disfrutar del entorno.
Como broche final, después de la comida nos dan a cada uno una bolsa grande de tela con regalos, pues los patrocinadores aportan sus presentes para ser conocidos fuera de Galicia.
Antes de finalizar el trayecto, disponen unos estands donde se hacen una demostraciones del encaje de Camariñas con sus palilleiras y de varias pulseras y joyas hechas con las conchas del mar, confeccionadas por las collaleiras .
Los convidados se arremolinan observando los oficios y compran varios de sus productos como recuerdo para sus allegados.
El evento ha sido un éxito y los visitantes están entusiasmados y no paran de sacar fotos y vídeos que publican en sus redes sociales.
La travesía dura hasta poco más de las dos de la tarde y, cuando la celebración finaliza, Tristán y yo nos vamos hasta el hotel.
Se acaba de levantar el viento y parece que comienza a chispear un poco.
Nos han reservado una habitación en uno de los hoteles con spa más lujosos de Sanxenxo, y esa es la parte buena de todo esto.
Después de hacer el check in en la recepción, Tristán y yo nos organizamos para el resto del día.
—¿Qué vas a hacer hasta la noche? ¿Te apetece que salgamos a cenar? —me pregunta.
—Pues tenía pensado llamar a mis padres porque quiero ver cómo está Gael y después me echaré una siesta de poco más de una hora. Aprovecharé el masaje que nos han dado con la reserva y me iré al circuito termal. Si quieres venirte conmigo, podemos ir juntos.
—Vale, estupendo. ¿Te parece si hago una reserva en un restaurante de Combarro para las nueve? Así tendríamos tiempo para cenar, pues a las once hay que estar en el evento.
—Me parece perfecto. En el barco me han chivado algunos de los artistas que van a tocar después, y me parece un cartel digno de un festival.
Subimos en el ascensor y nos vamos hasta las habitaciones.
—Ah, ¿sí? Qué bien. ¿Qué habitación te ha tocado? Yo tengo la 232 —comenta Tristán mientras atravesamos un largo pasillo.
—Yo la 230, así que deben de estar una al lado de la otra.
Pronto logramos ubicarnos delante de nuestros cuartos.
—Genial, ¿te paso a recoger a eso de las cuatro y media?
—Venga —me despido y me introduzco en la habitación.
Mi habitación dispone de unas vistas al mar muy bonitas y la cama es enorme.
Desde allí puedo ver cómo las nubes se aproximan a tierra.
Hago una videollamada con mis padres y Gael, y me acurruco en la cama.
Me despierta la alarma del teléfono. La siesta me ha sentado de maravilla, pero me ha sabido a poco.
Aviso por mensaje a Tristán y luego me pongo el bañador y tomo un albornoz de los que están en el armario junto a un gorro y unas chanclas.
Tristán me pica en la puerta y juntos nos vamos para la zona del spa.
Me encanta el olor que se respira cuando entras en esos sitios.
La recepcionista nos acompaña hasta unas cabinas en las que se dan los masajes.
Primero me toca a mí y después a Tristán.
Mientras Tristán acababa el suyo, yo me entretengo con los chorros del circuito.
Realmente necesito esa sensación. Con Aroa y Gael el pasado fin de semana he cargado las pilas, pero esta miniescapada también me ayudará, pues el hecho de poder disfrutar de nuevo de estas pequeñas cosas me hace reconectar con mi paz interior.
Mientras me relajo en uno de los jacuzzis, Tristán aparece a mi lado y se introduce en el agua conmigo.
Su cuerpo parece estar tallado por el mejor escultor del Renacimiento.
Nunca había visto a nadie que le quedase tan bien ese tipo de gorros de piscina, pero a él le sienta genial, y me parece casi imposible que exista algún ser humano que esté favorecido con ellos.
Me pregunto si Tristán será de otro planeta.
Estamos un buen rato relajándonos en el circuito; luego, aparece una pareja y se unen a nosotros, obligándonos a comprimirnos en ese pequeño espacio.
Mis muslos rozan el cuerpo húmedo de Tristán y mi respiración se agita, pero no se llena de incomodidad.
Él me deleita con esa mirada que te atraviesa y hace que desees navegar a la deriva dentro de ella.
Después nos tumbamos en unas de las hamacas calientes y unos chicos nos traen unas infusiones.
A continuación, nos vamos a nuestras respectivas habitaciones para ducharnos y prepararnos para la cena.
Cuando salgo de la ducha noto que mis dedos están muy arrugados, y esa sensación me encanta, me recuerda a mi hijo cuando sale de su baño.
Decido llamar de nuevo a mis padres para desearle las buenas noches a Gael.
Agradezco el enorme espejo del baño y su iluminación para maquillarme con calma.
Dejo mi melena suelta y me visto. Elijo un vestido lencero ajustado negro que por delante lleva un escote en uve y dos finas tiras de raso que se entrecruzan en la espalda.
Recojo mi bolso, me pongo una cazadora de cuero negra, ya que ha refrescado, y bajo hasta el hall, donde Tristán me espera para coger el coche e ir hasta Combarro.
Cuando me encuentro con Tristán, por un instante siento como si el tiempo se detuviera y me sacudiese, pues está tremendamente atractivo.
Se ha vestido de un modo más informal que hasta ahora no había visto.
Lleva unas deportivas blancas y negras, con un pantalón vaquero oscuro con algún desgaste y pequeños rotos, una camiseta básica blanca con escote redondo que marca sus bíceps, y en la mano sostiene una cazadora negra de piel muy similar a la mía.
Su cabello está un poco más peinado que de costumbre, con algún tipo de gomina que deja un mechón posarse con extrema sutileza en su frente y que le aporta un aire muy tentador.
En cuanto me ve, se queda estático, como si estuviese petrificado.
—Guau, Laia, me dejas sin aliento… —Silba y eleva las cejas.
—¿Qué pasa, que nos pusimos de acuerdo y vamos iguales? —Señalo la cazadora de cuero.
—Pues parece que sí —Tristán se ríe—, estamos compenetrados.
—Eso parece. —Lo agarro del brazo que me ofrece—. Vamos a por el coche entonces.