El eco de la niebla Capítulo 13 #6
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Capítulo 13 #6

—¿Sabe quién era? —insiste Tristán—. ¿Puede describirlo?

—Es un joven de pelo oscuro, alto y fuerte. Vestía con un traje negro. No me acuerdo de mucho más, porque después me llamaban ellos por teléfono.

—¿Y tiene su teléfono?

—Mire… —la mujer señala un teléfono antiguo de cable—, este cacharro no es de pantalla, no es como esos teléfonos modernos.

—Comprendo. Pero ¿no le contactó nadie más o vio usted a alguien?

—No, lo que puedo decirle es que el rapaz que vino aquí hablaba todo el rato de su jefe, de que a ver si le gustaba así. Entonces tuve que hacerles unos trajes con sus descripciones y trabajamos a partir de ellos.

—¿Y cómo le pagaban? —pregunta Tristán.

—Siempre en efectivo. El chico me pagaba en mano. Muy buenos pagadores, ¡eh!, todo hay que decirlo. —Asiente con la cabeza.

—¿Puede decirnos o describirnos a algunos de esos clientes? —pregunto curiosa.

—Esa fue una de las normas que me dieron ellos. No podría revelar su identidad. Y, si viene un cliente para ese cometido, lo hacemos esperar en una de las salitas para que no se cruce con otro.

—Pero supongo que nos podrá decir el tipo de personas que acuden y cómo hacen cuando se prueban los trajes —insisto.

—Vienen muchos clientes que quieren los trajes de cigarrón .

Hablo de cientos de personas. Algunos los alquilamos y otros quieren el suyo propio.

Tengo varias empleadas que me ayudan cosiendo, ya que son trajes que van hechos a mano y que tienen mucho detalle.

Normalmente los hacemos de varias tallas; el cliente elige uno y se lo ajustamos.

Si tuviéramos que hacerlos todos a medida, uno a uno, no daríamos abasto.

—¿Ha reconocido a alguna persona por tener un puesto importante o por ser famoso?

—Aquí viene de todo, filliña , tanto abogados como banqueros, políticos muy famosos, policías, funcionarios…

Por ejemplo, ahora con la llegada de la feria gastronómica nos acaban de hacer muchos encargos que no sabemos para quiénes son.

Pero la chica de la agencia me dijo que eran para gente muy conocida.

—¿Y cómo le contactó esa agencia? —pregunta Tristán.

—Por teléfono.

—Ese teléfono que no guarda ni registra llamadas —comenta con sorna.

—El mismo.

—Bien, entonces recapitulando: a usted le pagan en efectivo la primera vez que contactan, pues quieren ver los modelos de traje que les puede ofrecer y también conocer cómo trabaja.

—Sí, así.

—Y siempre la avisan por teléfono, y cada uno de los clientes que esta persona le ha traído paga en efectivo por esos encargos.

—Exactamente. Mejor no lo sabría explicar.

—Pues, si contactan con usted, por favor, avísenos a este teléfono. O si le llama el joven que trabaja para el que organiza las fiestas.

—Claro, filliño , pero esa gente me da que anda muy ocupada y que por aquí no vuelve.

—Gracias por todo —me despido.

—Gracias, Hermitas. Cualquier cosa, les contactaremos.

—¡ Aburiño , chicos! Es un placer dar con unos policías tan feitos y guapos —se despide la modista.

Regresamos a Vilagarcía y por el camino vamos comentando lo que nos ha explicado la modista.

Nos llama la atención que exista una red tan grande en la que gente con puestos de poder esté detrás de toda la trama.

Llegamos a la conclusión de que no podemos confiar en demasiadas personas.

Como el viernes es el evento, Tristán me invita a trabajar desde casa y que me una a él en la fiesta el sábado por la mañana.

Comenta que así nos encontraremos en Sanxenxo y quedaremos juntos para acudir al evento.

De modo que decido continuar en casa y aprovecho la compañía de mi hijo hasta la llegada del fin de semana.

Dejo terminados un par de informes y solo me veo interrumpida por un mensaje de Tristán en el que me confirma que se ha revisado el registro telefónico de la modista y se ha comprobado que el número del sospechoso pertenece a una tarjeta de prepago inactiva y, por lo tanto, ilocalizable.

Me desespera que cada avance nos lleve de nuevo a una incógnita.

El sábado temprano, mi padre viene a recoger a Gael para quedarse con ellos hasta el domingo.

Me esfuerzo en desayunar algo decente, remato mi maleta y me pongo un vestido de tiras en tono arena bastante arreglado, con un escote pronunciado pero elegante a la vez.

Le añado unas sandalias doradas de tacón y una americana blanca.

Me peino con un moño bajo y me maquillo.

Esta mañana tenemos el evento en el barco, así que llego con tiempo y aparco el coche en el puerto de Sanxenxo.

Allí me espera Tristán, que está vestido con mucha clase con un traje de lino beis.

Tiene su generosa cabellera totalmente peinada, con su flequillo elevado, y luce unas gafas de sol de carey.

Está muy atractivo y, al verlo, se me encarnan las mejillas.

Se aproxima a mí muy sonriente y me da un beso en la mejilla.

—¡Qué guapa estás, Laia!

—Gracias, tú también.

—¿Lista? —Me ofrece su antebrazo y yo me agarro con fuerza a este.

—Venga, vamos.