Capítulo 13 #5
—Sí, demasiado ocupado me tuvo en mi adolescencia —comenta con sorna—. Entre clases de vela, conservatorio y ajedrez, no me quedaba tiempo para mí. Ya me tocaba con treinta años empezar a hacer un poco lo que me gusta.
—No exageres, Nando, tuviste una oportunidad que muchos otros quisieran aprovechar. Llevas haciendo en esta casa lo que te da la gana desde siempre.
Siempre que escucho a Iago y Nando discutir me parece enternecedor, son como un padre y un hijo.
Muchas veces se muestran como el perro y el gato, pero el cariño y la admiración que existe entre ambos es mutua.
Disfrutamos de la comida que nos prepara Rosenda.
Gracias a ella, estas dos mentes tercas quedan en buenas manos.
Mientras Iago y yo charlamos un poco en la sobremesa, su sobrino, que es tan cascarrabias como él y no sabe estar quieto, aprovecha para arreglar las tejas que se descolocan en la casita de los aperos.
Escuchamos a lo lejos cómo se enfurruña.
—Joder, siempre dejas esto para el último momento —maldice al colocar las tejas mientras sujeta un cigarro de modo muy inestable en su labio superior—. Dices que vas a mandar a alguien a arreglar el tejado y hasta que tenemos un susto no lo haces.
—Ya estamos…
—No te jode, como tú no lo vas a acabar haciendo…
Terminamos nuestra infusión y, cuando estoy a punto de marcharme, me quedo atónita ante el diálogo que se dedican. Parece que los persigo con la mirada como un partido de tenis.
—Pero no lo tires ahí, hombre, que te lo tengo dicho.
Me fijo en que Iago se reprime cuando Nando hace el ademán de apagar su cigarro en una de las macetas que contiene hermosas hortensias.
Nando recula y, en un tic muy particular, aplasta su cigarrillo en la suela de su calzado, lo tira en una papelera y después sacude el zapato con pequeños saltitos que emiten un crujido encima de la gravilla.
—Hala, no me empieces a tolear ya, ¡eh! —Se aproxima a su tío y le da un beso en la frente—. Eres muy dado a romperme la cabeciña y ya vamos teniendo una edad…
—No me trates como a los señores de tu residencia. No te eduqué para que me dediques esos improperios.
Así como discuten, acaban haciendo las paces. Agradezco la comida y la compañía, y emplazo a Balboa a que quedemos más adelante para tomar un café.
De regreso a casa voy analizando la información obtenida por Iago, pues nos sirve para desarrollar nuestra búsqueda. El día se ha nublado y mi hijo y yo decidimos que la lectura en el salón es nuestra mejor elección.
Antes de ir a ver a la modista, trabajamos en la comisaría.
Limán me llama al despacho. Me informa de que necesita que Tristán y yo estemos en un evento de la feria gastronómica.
Como hasta ahora he rechazado aparecer en los otros, me convence de hacerlo este fin de semana.
Le comento que pasar dos noches fuera ahora mismo es imposible para mí, así que tras mediar accedo a ir al evento el sábado por la mañana y regresar el domingo con mi hijo.
Me informa de que el evento se celebra el viernes en Portonovo y el sábado en Sanxenxo.
Dice que somos la mejor representación de la comisaría, pues nuestro físico y juventud darán buena imagen en el evento.
Después de hablar con el jefe, llamo a mis padres para confirmarlo todo.
Menos mal que puedo contar con ellos. Este caso está ocupando más de lo que me esperaba, y me juro compensárselo a Gael en cuanto todo termine.
A media mañana ponemos rumbo a O Grove y allí nos reunimos con la modista.
Tiene un taller en un piso cerca del mercado.
Es una mujer bastante mayor que nos recibe con una sonrisa, tendrá unos ochenta años.
Viste de oscuro y lleva un mandilón de cuadros atado a su cintura.
El cabello es blanco, tiene complexión muy delgada y la tez arrugada.
Sin embargo, todo el tiempo se mantiene fiel a su sonrisa, que deja entrever algún diente de oro.
Nos presentamos y nos anima a pasar y a entrar en el piso.
Atravesamos un corredor donde podemos ver a más modistas y costureros.
Finalmente, nos lleva hasta una sala más apartada, donde nos acomodamos en unas sillas alrededor de una mesa en la que hay un montón de retales y patrones desperdigados.
—Hermitas, estamos aquí porque hemos oído que usted trabaja directamente con unas personas que le encargan trajes y máscaras para unas fiestas.
—Pues sí, tengo muchos clientes que vienen por esos trajes. Yo soy de Verín, y mi madre confeccionó los trajes para el Entroido durante toda su vida. Supongo que heredé su maña.
—¿Cómo contactan a través de usted? —pregunta Tristán.
—A los clientes les dan mi dirección y eligen el traje y la máscara que quieren llevar.
Las máscaras vienen directamente de Ourense, de un artesano de los de antes, que debe de tener mi edad y lleva pintando caretas desde los ocho años.
—Nos enseña una careta con una pintura muy cuidada—.
Así que tienen que encargarlo con tiempo si quieren acudir a la fiesta con el traje completo.
—Me refiero a cómo contactan la primera vez y le indican desde las fiestas que ese es el tipo de traje que quieren y lo de las caretas.
—Ah, eso… —Resopla y se recoloca el mandil—. Pues una vez vino un chaval joven muy arreglado y me dijo que me iba a mandar muchos clientes. Marita lo vio por la ventana y me contó que venía en un coche descapotable de esos muy caros.