Capítulo 13 #3
—Buenos días. Eh…, sí… Un momentiño , que voy a llamarlo —comenta un joven nervioso.
Mientras esperamos a que el chico le dé el recado, puedo fijarme en las embarcaciones que están preparando.
Hay unas cuantas en reparación, subidas a unos altillos, y otras que parece que las están rematando.
Se escucha de fondo el ruido de la radial y de otras herramientas.
El olor a pintura para barcos y disolvente se impregna por todo el ambiente.
Al fondo, dentro de una especie de despacho, se ve a un hombre hacerle gestos al joven con el que hemos hablado.
Ahora es el joven el que se aproxima en nuestra dirección y nos dice:
—Vengan por aquí, los está esperando Tucho en la oficina.
Pasamos por encima de algunas herramientas que hay tiradas en el suelo y, realmente al avanzar al lado de una de las embarcaciones, puedo ver su magnitud.
Desde la otra esquina no parece tan grande.
Nos acercamos a la oficina, entramos y un hombre con un uniforme que parece ser de mecánico naval nos saluda:
—Buenos días, los esperaba un poco más tarde. Como dijo por teléfono que se acercarían a media mañana…
—Sí, la verdad es que hemos llegado antes de lo previsto.
Yo soy el subinspector Castro, el que ha hablado con usted por teléfono, y le presento a la profesora Laia Ramuín —explica mientras nos estrechamos la mano—.
Tenemos unas cuantas preguntas que hacerle, y ya sabe que no debe compartir lo que se hable aquí.
—Comprendo. Pues díganme entonces, ¿en qué puedo ayudarlos?
—Bien, estamos buscando una embarcación concreta. Lo cierto es que no tenemos demasiadas pistas, pero igual usted con su experiencia puede ayudarnos —comenta Tristán.
—Díganme qué es lo que saben.
—Sabemos que es una embarcación potente, no muy grande, que usa combustible de gasolina 95 sin plomo. Una persona sola ha sido capaz de dejar algo muy pesado en unas islas con unos bajos complicados y desaparecer sin ser vista.
—Pues me temo que con estas pistas no puedo averiguar mucho.
—Se rasca la nuca—. Con ese tipo de combustible tiene que ser una fueraborda, que tiene menos de doce metros de eslora.
Si me dicen que es una embarcación que permita atracar en una isla de la ría de Arousa, ya se cierra más el cerco.
Debe de ser una embarcación fácil de manejar, yo diría que algo de unos seis metros, para que quepa algo pesado.
Pero ¿cómo es de largo lo que han dejado en las islas?
—De poco más de metro y medio y unos cincuenta kilos.
—Pues tendrá que ser una semirrígida o una rígida completa que no supere ese tamaño. Matriculada en séptima, y algo de segunda mano, imagino. Pero, claro, están buscando una aguja en un pajar.
—Entendemos. Al material que han dejado en las isla le ha caído un poco de combustible, por eso encontramos la pista.
—Pues una de dos: o tiene una embarcación a la que no le funciona muy bien el motor, o es muy pequeña y hacía muy mala mar. Porque al moverse puede que le salpicase algo de la gasolina.
—En principio estaba el mar tranquilo. ¿Ustedes tienen alguna de ese estilo que reúna esas condiciones?
—Nosotros ahora mismo creo que no… Espere, que consulto un momento.
Tucho se va hacia fuera y pregunta a algunos compañeros. Regresa de inmediato y nos informa:
—Me temo que no, no tenemos nada que reparar con esas características.
—¿Y podría pasarnos las ventas y reparaciones que han hecho en los últimos cinco años de ese tipo de embarcaciones?
—Buf… Me piden mucho… Está bien, se lo enviaré a lo largo de esta semana o de la siguiente. Hay bastante trabajo, como pueden ver —señala a la nave—, y la administrativa está de vacaciones.
—Se lo agradecemos —comenta Tristán—. De todos modos, deben avisarnos si algún tipo de embarcación con esas características viene por aquí a que la reparen. Como dice que puede tener el motor averiado, vayan apuntando los datos de los clientes y pásenoslos, por favor.
—Sí, cómo no, eso sin problema.
—Gracias. Hasta luego y buen día. —Se despide con un gesto.
—A ustedes.
De regreso a la comisaría, nos sentimos impotentes por no ser capaces de conseguir más datos.
Pero al menos queda en alerta, pues, si la embarcación tuviese el motor averiado, necesitaría que la llevasen a reparar.
Así que Tristán da el aviso al llegar a comisaría de que se revisen todos los astilleros y lugares de venta de embarcaciones.
Se toma como referencia la embarcación que nos ha comentado Tucho.
Necesitamos obtener datos del barco cuanto antes.
Pasamos la tarde en la playa porque en el centro es imposible estar, y tampoco en las localidades de alrededor.
Toda la ría de Arousa está completa. La feria gastronómica tiene copada la atención, y su despliegue de casetas con productos locales y artesanía de Galicia se reparte por toda la ciudad.
De regreso a casa, mi abogado me llama para decirme que Roi ha firmado los papeles del acuerdo de divorcio, y que la propuesta que hemos redactado para las visitas de Gael ha sido aceptada y que se va a llevar a cabo.
En ellas yo salgo ganando. Gael siempre estará conmigo, y cada quince días, desde el mes siguiente, verá a su padre.
El abogado también me informa de que la casa que tengo a medias con Roi queda para mí y para Gael a partes iguales, ya que Roi renuncia a su parte y cede la suya a nuestro hijo directamente.
Me apena tener que verme en esa situación, pero considero que es lo mejor para Gael.
El abogado me confirma que Roi se irá a vivir con sus padres mientras encuentra una vivienda para él y que su intención es buscar algo cercano a nosotros para poder visitar a Gael.
Me pregunto cómo se habrán tomado mis suegros toda esta situación, pues no recibo ni un mensaje ni una llamada por su parte, y tampoco sé nada de mis cuñados.
Doy por supuesto que se sienten avergonzados y que, llegado el día que tengamos que cruzarnos, me dirán algo.
Mientras tanto, dispongo de todo este mes para reorganizarme, para pensar cómo le daré la noticia a Gael y cómo preparar el terreno.
Aprovecho que mi hijo está dormido para poner al día a Aroa sobre el asunto.
Me felicita y me comunica que, si no la necesito, ella regresará a su apartamento a finales de semana.
Pero que estará pendiente de nosotros y nos visitará.
El miércoles acudo a comisaría y me la encuentro a medio gas: varios agentes cubren el evento gastronómico, entre ellos Tristán, que debe permanecer fuera un par de horas.
Trabajo en el caso y reviso las informaciones obtenidas.
Los últimos minutos antes de que llegue Tristán para vernos con Balboa, aprovecho para preparar la información que necesito que me proporcione este último.
Balboa es muy bueno buscando pistas y entretejiendo redes de similitudes, y estoy segura de que podrá ayudarnos a arrojar un poco de luz en toda esta oscuridad.
En esta ocasión, nos veremos en una de sus propiedades de Cambados.
Tengo intención de aprovechar la visita y quedarme allí tomando algo con él, pues hace tiempo que no lo hago.
De modo que, como yo quiero disponer del coche, cada uno viajará en su turismo.
Iago es alguien muy importante para mí, el típico amigo que, aunque pasen los años y nos reunamos poco, sigue estando ahí como el primer día.
A ese tipo de amigos los llamo amigos reloj, pues, aunque el tiempo pase y las agujas sigan marcando la hora, yo puedo contar con ellos.
Iago Balboa me contó una vez que había sido adoptado por una familia de bastante renombre de Cambados que tuvo muchas dificultades para conseguir ser padres.
Iago apareció en sus vidas y, al poco tiempo, un hijo biológico también.
Cuando lo adoptaron, Iago ya no gozaba de buena salud.
Sus padres se desvivieron por conseguir los mejores médicos para mejorar su calidad de vida.
Se recorrieron media España y parte del extranjero para que tuviera los mejores cuidados.
Gracias a la gran disponibilidad económica de su familia, hicieron obras en todas sus propiedades para poder adaptarlas a sus sillas de ruedas.
La familia de Balboa siempre fue altruista, así como Iago, que hoy en día ayuda a varias asociaciones y oenegés.
De hecho, su cuñada falleció muy joven y tanto Iago como los padres de este se quedaron al cuidado de su sobrino, pues su hermanastro decidió rehacer su vida en el extranjero.
Pero finalmente sería Iago el que ejercería esa figura paterna, ya que la salud en esa familia nunca estuvo de su parte y el padre de Iago falleció de un derrame cerebral cuando Balboa finalizaba sus estudios en la universidad.
También hace dos años acudí al entierro de su madre tras una larga enfermedad.
Era una mujer encantadora, siempre con una sonrisa en la cara y que se dedicaba en cuerpo y alma a su hijo.
Cuando el lunes Tristán me informó de que debíamos acercarnos hasta la propiedad que Balboa tenía en Cambados, se me encogió el corazón.
Esa sería la primera vez que acudiría a esa vivienda sin encontrarme con la sonrisa de Marisa, su madre.