El eco de la niebla Capítulo 13
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Capítulo 13

Agradezco la llegada de mi menstruación.

Aroa dice que la tensión me había provocado esa amenorrea, yo también lo creo así.

Todo lo que ha dicho Roi en el careo que hemos tenido me ha dolido, aún me duele.

Me hice la fuerte y la resiliente para no mostrar debilidad y que Roi pensara que aún podía removerme.

Aunque la tensión a la que me he enfrentado me ha pasado factura, pues por la tarde, aunque disimulo en casa, mi cuerpo sigue agitado, mi voz continúa quebrada y tengo un ardor en el pecho que no logro quitarme.

Destierro cualquier halo de compasión que pueda filtrarse dentro de mí.

Me sorprende que Roi quedase tan a menudo con Mariña, que fuese a esas fiestas y que yo viviera de espaldas a ello.

Supongo que es lo que sucede cuando confías en alguien, en quien se supone que es tu refugio.

Aun así, no creo que sea el asesino, es tan mediocre que considero que no tiene capacidad para gestionar semejante puesta de escena, así como que carece de suficientes conocimientos sanitarios o músicos.

Pero la noche habita en él, a veces no hay que asesinar para que salga a relucir la crueldad que convive dentro de uno mismo.

Ahora todo se ha descubierto, ya no puede cobijarse en la oscuridad; ahora la luz lo ilumina y lo pone en el punto de mira. Pues una sombra con luz luce más.

Después de liberar la carga de mi mente, duermo de maravilla.

El viernes trabajo desde casa, y Aroa y yo decidimos que nos iremos a desconectar y disfrutar de un fin de semana relajante en el balneario de Mondariz con Gael.

Mi mente agradece visitar el palacio de agua.

Entre el circuito termal y los masajes, puedo sentir que mi cuerpo comienza a restablecerse.

Nos encanta el edificio y sus jardines, y a Gael le fascina conocer la fuente con aguas medicinales.

El sábado visitamos el entorno, así que nos vamos a pocos kilómetros de Mondariz, donde se sitúan los Pasos de Tatín, que nos parece un lugar de ensueño y nos permite entrar en contacto con la naturaleza.

Y el domingo por la mañana, antes de regresar, visitamos el castillo de Sobroso y, después de darnos nuestro último baño en el balneario, volvemos a casa, pero antes comemos y pasamos la tarde con mis padres.

Recibo un mensaje y ansío que sea de Tristán.

Al comprobar que es así, se me dibuja al instante una sonrisa en la cara.

Últimamente, no paramos de intercambi ar palabras a través del teléfono, o más bien imágenes, pues me manda atardeceres y paisajes bonitos en forma de apoyo.

Yo agradezco que esté pendiente de mí, y de vez en cuando le envío fotos de mi desconexión.

El lunes por la mañana me dirijo a la comisaría, y Tristán y yo agendamos las citas de las visitas.

Tenemos pendiente ir a una empresa de embarcaciones de Marín, la consulta con Balboa sobre la isla de Noro y acudir a O Grove a la modista de las fiestas de Entroido .

Me quedo trabajando en el caso en mi escritorio y, poco después, Limán me manda ir a su despacho con Tristán.

—Buenos días. Acaba de contactar con nosotros el presidente de la Xunta.

Resulta que hay una mujer que parece ser que conoce a Mariña y que quiere testificar.

—Limán se ajusta la corbata—. Quiero que vayan a reunirse con ella de inmediato, antes de que se arrepienta.

Deben ir ustedes dos solos y no comentar nada. Hay que tener la máxima discreción.

—Sin problema, pero… ¿qué tiene que ver el presidente en todo esto? —pregunto.

—Parece ser que es una muy buena compañera del presidente, y no quiere que los relacionen con el caso. Acérquense a su vivienda en Catoira. Les paso la dirección al teléfono.

Acudimos de inmediato. La vivienda de la mujer está situada en un enclave privilegiado, al lado del río Ulla, junto a As Torres do Oeste .

Las torres son el emblema del pueblo, un conjunto de defensas que en su momento sirvieron para evitar los ataques vikingos.

La casona de la mujer es grande, de piedra, con unos ventanales enormes de color verde oscuro.

Los muros, hechos con restos de cantos de otras construcciones antiguas, son altos y cercan una propiedad muy bonita con un jardín frondoso.

Al llegar a la puerta, la mujer en cuestión nos está esperando.

—Buenos días. Pasen, por favor.

—Buenos días —respondemos.

—Vengan conmigo. —La mujer nos hace un gesto y la seguimos.

Nos lleva por unas escaleras de madera. Subimos el primer piso y nos invita a entrar en un salón que recibe luz a través de las grandes cristaleras.

Tras los vidrios se divisan As Torres do Oeste y el río.

La vista es hermosa. Nos sentamos en los sofás.

La mujer tiene el cabello oscuro, largo y rizado, y los ojos azules, y, por su apariencia, se le podrían echar unos cincuenta y poco años.

Lleva una falda de tubo negra y una camisa blanca con volantes en los hombros, y el calzado son unos stilettos negros con tacón de agu ja.

Se intuye que es una mujer que se cuida y que hace deporte.

Es elegante y su forma de moverse, contorneando las caderas, resulta bastante sensual.

—Agradezco la pronta llegada, no dispongo de mucho tiempo. Permítanme que me presente. Me llamo Marimer Casais, soy poeta y mi marido es Román Salgueiro, el famoso político que rivaliza desde el partido opuesto con el actual presidente de la Xunta.

—Ah, ya conozco —comenta Tristán.

—Díganos, ¿por qué nos ha traído aquí? —interrumpo.

—A ver, voy a aprovechar que mi marido todavía no ha llegado para comentarles todo lo que pueda… —dice intranquila.

—Adelante —la invita Tristán mientras saca su bloc de notas.

—Bien, resulta que hace años que me veo con Mauro Zendal, el actual presidente de la Xunta…

—¿Quiere decir que son amantes? —insiste el subinspector.

—Sí, ninguna de nuestras respectivas parejas sabe nada, o al menos que nosotros sepamos. Hemos sido muy discretos durante muchos años.

—Comprendo. —Yo también tomo notas en mi cuaderno de piel.

—Verán. Hace cosa de un año, Zendal y yo nos distanciamos.

Así que una amiga me invitó a una fiesta.

Me generó mucho interés, pues me había comentado que en esas fiestas podrías disfrutar de una experiencia sexual sin que se supiera tu identidad.

—Coge una pitillera plateada y saca un cigarro de esta—. ¿Les importa si me fumo uno?

—Adelante, está en su casa —responde Tristán.

—Bien, pues le acabé cogiendo el gustillo a esas fiestas. —Enciende un cigarrillo—. Salía de la monotonía con mi marido y obtenía algo diferente que ni Zendal podía ofrecerme. Además, había cuerpos más jóvenes que yo y muy atléticos.

—¿Dónde se celebraban esas fiestas y cómo eran?

—Tenían diferentes ubicaciones, debías acudir por invitación e ir disfrazado con una máscara.

—Marimer coge un cenicero de Sargadelos y lo posa en la mesita de café—.

Eso era lo que peor llevaba. Las máscaras eran un poco incómodas, representaban el Entroido de Ourense.

No eran exactamente iguales que las originales, pues te permitían tener la boca libre.

Y tampoco eran de madera maciza como las originales, sino de un material similar pero muy liviano.

Todas las mujeres nos poníamos un vestido negro, y de la nariz hacia arriba estábamos tapadas con una máscara.

Los hombres iban de cigarróns , pero, en vez de ser el traje de colores, era totalmente negro.

—¿Y qué le sucedió en esas fiestas? —pregunta Tristán.

—Pues yo quedaba varias veces con hombres diferentes, pero en varias ocasiones repetía con la misma persona. Lo sé porque la máscara era igual.

—¿Y cuál era?

—Pues uno de ellos era la de conejo y otro la de un ciervo. —Tristán me mira de reojo.

—¿Y qué sucedió? —pregunto.

—Un día me metí en una de las salas donde se celebraban las mayores bacanales. Y probé algo que no había hecho hasta ese momento.

—¿El qué? ¿Alguna droga?

—Algo así, probé a Mariña.

—¿Se refiere a Mariña Mallo?

—La misma.

—¿Cómo sabía que era ella? —Tristán presiona varias veces la tapa de su bolígrafo.

—Porque, después de encontrarnos varias veces en las fiestas, quise saber quién era y quedar fuera de ese entorno. —Juguetea con las puntas de sus rizos—. Nos citamos en un hotel y ahí conocí su verdadera identidad.

—¿Y sabe algo de la noche que la asesinaron?

—Mariña terminó cansándose de mí y tonteaba con todos menos conmigo. Mi amiga ya no quiso ir a esas fiestas. Y a mí nunca me invitaron a nivel particular. Así que perdí el contacto con Mariña.

—¿Y quién cree que le pudo hacer daño y quiso acabar con ella? —pregunto.

—Había algo en esas fiestas que no me cuadraba.

—Le da una última calada al cigarro y lo aplasta en el cenicero sin piedad—.

Y justo ayer, hablando con mi amiga de por qué no volvió a esos eventos, me comentó que una noche la invitaron a subir a la última planta y que acabó siendo todo muy turbio y no tuvo interés en regresar.

—¿Turbio en qué sentido? —Tristán ladea su cabeza.