Capítulo 12 #5
—Los que custodiaban la puerta o algunas salas que tenía el acceso restringido llevaban trajes de cigarróns , pero con los flecos y costuras del traje en rojo. Y todos se ocultaban con máscaras de madera que tenían unos cuervos pintados. Era el modo de distinguirlos.
—¿Y no había mujeres? —interrumpo.
—Sí, muchas bailaban desnudas con un simple antifaz negro o iban disfrazadas de esos trajes de Viana do Bolo con esas estructuras que forman flores con varios metros de cintas de colores encima de la cabeza.
—Ah, ya sé… Déjeme que busque… ¿Estos? —pregunta Tristán enseñando una imagen.
—Sí, esos.
— Boteiros —apunta Tristán—, se llaman boteiros.
—Pues eso.
—Es decir, que todo versaba en la temática festiva del carnaval gallego, pero adaptado a un mundo de exotismo y carnalidad —recapitulo.
—Exacto.
—¿Y alguna vez vio usted al lobo en alguna situación comprometida? —interrumpe Tristán.
—Yo vi varias veces al lobo conversar con Mariña. De hecho, la noche que la asesinaron, estuve hablando con ella, pero me dijo que había encontrado el modo de resolver su deuda. La última vez que la vi estaba subiendo las escaleras del ático con el lobo.
—¿Y sabe quién es el lobo?
—No, no sé nada de él. Siempre tiene hombres que lo escoltan a su alrededor.
—Comprendo. Una última pregunta: ¿podría facilitarnos la dirección de la modista?
—Sí, claro —recoge un bolígrafo y un papel que le cede Tristán—: es esta. No tiene pérdida, está en el centro de O Grove.
—Muy bien, gracias por su tiempo —me despido como si fuese uno más.
—Laia… Espera…
—¿Qué? —Me giro y le clavo mi peor mirada.
—Sé que no me vas a perdonar, pero… ¿podría ver a Gael?
—Tendrá noticias de mi abogado para que esos encuentros se hagan efectivos.
—Gracias, Laia. Eres la mejor, que sepas que, si llego a saber todo esto de la muerte de Mariña, no habría estado con ella.
—Claro, porque si no me habrías sido fiel, ¿verdad? —comento hastiada.
—No… —Agacha la cabeza—. Yo te quiero más que a mi vida. Por favor, date tu tiempo antes de tomar decisiones precipitadas.
—Tú ya tomaste tu decisión en su momento, y ahora te toca amoldarte a la mía. Haberlo pensado antes de acabar con una familia que te quería. —Intento contener las lágrimas, no quiero mostrar debilidad frente a él.
—Laia, por favor…, piénsalo. Podemos solucionarlo… —Se arrodilla.
—Nosotros ya hemos terminado. Si necesitamos contactar con usted, tendrá noticias nuestras acerca del caso —finaliza Tristán.
—Por favor. —Me agarra de los tobillos y yo intento zafarme de él.
—Oiga, limítese a colocarse en su espacio. —Tristán lo aparta y lo lleva hasta su asiento mientras yo aprovecho para salir de la sala.
Intento recobrar el aliento, pero estoy temblorosa. A los pocos segundos sale Tristán detrás de mí. Ve que estoy a punto de derrumbarme, así que me agarra la mano y me lleva a una habitación que se utiliza en ocasiones como sala de espera. Luego, comprueba que no hay nadie y cierra la puerta.
—¿Estás bien, Laia? —Me aparta el pelo y me toma por los hombros.
—Sí… Ahora sí… —Brotan lágrimas de mis ojos, pero me siento más liviana por fin. Mi cuerpo continúa temblando.
—¿Puedo ayudarte en algo?
Niego con la cabeza y él me ofrece una botella de agua que casi vacío en pocos segundos. Mi boca todavía está seca, y mis manos no terminan de estabilizarse con tanta vibración.
—Contigo al lado, ha salido todo bien. —Lo abra zo—. Gracias por estar ahí y apoyarme.
Después de permanecer unos minutos liberándome de la tensión, logro recomponerme.
Tristán extiende las manos, y yo me recojo en su abrazo, su fuerte pecho, que me sirve de almohada.
Su perfume fresco me inunda y reconforta.
Él acaricia mi cabello y me da un beso en la coronilla.
Me aparto y lo miro a los ojos. Él clav a de nuevo su mirada en mí, en mis labios, y humedece los suyos…
Empiezo a notar el latido de mi corazón acelerándose.
Estoy demasiado cerca de él, puedo sentirlo…
De pronto, una agente golpea la puerta y Tristán me suelta y se echa hacia atrás, y yo hago lo mismo.
—Disculpe, jefe. Lo llama el inspector. Quiere que vaya a su despacho tan pronto como pueda.
—Ahora mismo voy. Gracias, Seivane.
Tristán se acerca a la ventana y la abre, y me fijo en que tiene las mejillas sonrosadas.
—Hace calor aquí, ¿no? —Se remanga la camisa de lino blanca y coge un calendario de mesa y lo usa a modo de abanico.
—Eh…, esto… Sí, hace bastante calor —respondo intentando asimilar la situación.
—¡Vaya bomba con la carpeta! —me comenta sorprendido—. Menuda jugada maestra. Esa sí que no se la esperaba.
—Sí, yo ahora solo quiero que firme los papeles y poder desentenderme de él cuanto antes. Que lo único que me una a Roi sea Gael.
—Tranquila, ahora ya todo ha pasado. Bueno, me marcho, que el jefe me reclama. Si necesitas algo, por favor, avísame. —Se despide con un gesto de la mano.
Me siento por fin liberada de esa carga, así que me voy al baño a recomponerme y noto algo que hace que me sienta aún mejor. Lo compruebo y me siento aliviada. Veo que mi ropa interior está manchada con gotas de sangre, y eso al fin me tranquiliza.