Capítulo 12 #4
—Ahí tiene también entre sus manos la demanda de divorcio para que le eche un vistazo con calma en su casa.
—Por favor, Laia… ¿Podemos hablarlo? —Su voz se resquebraja.
—Claro que sí, por eso estamos aquí. Hablemos de por qué hemos llegado hasta esta situación —respondo implacable.
—Lo siento, Laia, debes perdonarme. Soy un idiota… —suplica.
—¿Hace cuánto que se veía con Mariña? —Sigo incapaz de tutearlo—. ¿Hubo más como ella?
—Eh… Yo solo te quiero a ti.
—Responda.
Roi respira profundo, revisa los papeles y me mira con la cara desencajada. Luego, parece que se arma de valor para contar algo que tiene atragantado.
—Mariña ha sido la única. —Se seca las lágrimas con la manga de la camisa—.
Siendo sinceros, tenía algo que me generaba adicción, no sabría cómo explicarlo.
Coincidimos varias veces haciendo negocios.
Nunca había conocido a nadie con tanto arrojo ante la vida.
—Vuelve a resoplar y mira hacia el techo, inhala con fuerza y dirige su vista hacia mí de nuevo—. Llevábamos viéndonos cerca de un año.
—Bien. En las imágenes que antes le he pasado se puede ver uno de los encuentros en el Parador de Cambados. Ese día usted se marchó de su domicilio supuestamente porque tenía asuntos urgentes en el trabajo. Dígame la verdad, ¿cuál fue el motivo?
—Hum… —Roi toma aire, sin parecer encontrarlo, y se ajusta la camisa mientras se desabotona un botón—. Mariña me había llamado con urgencia. Me dijo que me necesitaba.
—¿Y qué era lo que quería y que fue más importante que su familia para salir de casa con esas prisas? —Elevo el tono de mi voz levemente.
—No solíamos vernos en lugares donde nos pudieran reconocer. Pero me había dicho que se había metido en un lío y me preguntó si podía ayudarla.
—¿Qué clase de lío? —pregunto interesada.
—Mariña tenía un problema con el dinero. Ganaba mucho, pero a veces lo despilfarraba en la casa de apuestas. Apostó el dinero de la empresa de su jefe y unos matones de Piñeiro le habían dado un ultimátum.
—Así que la ayudó y después se acostaron en el Parador de Cambados.
—No exactamente, la deuda era muy importante. Hablamos de cantidades realmente elevadas. Yo no pude ayudarla. Pero le di mi consuelo.
—Su consuelo… Ya veo. ¿Y supo algo más de esa deuda?
—Lo último que supe es que alguien le iba a echar una mano en una fiesta.
—Háblenos de esas fiestas.
—Yo solo fui un par de veces. A Mariña la conocía mucha gente, y me habló de una fiesta de disfraces. Me dijo que era perfecto para poder tener nuestros encuentros sin que nadie nos reconociera.
—¿Por qué? ¿Qué pasaba en esas celebraciones?
—En esas fiestas pasaban cosas raras. La gente se llevaba al extremo. A las últimas decidí no ir. Además, Mariña intercambiaba amantes como quien cambia de vestido. No me sentía cómodo. Yo solo quería estar con ella.
—Y con su mujer, imagino —apunta Tristán enfadado.
—Por supuesto. Es difícil de explicar. Yo te amo con toda mi alma, Laia. —Se dirige a mí y me mira con cara de cordero degollado—. Pero me atraía mucho el exotismo de Mariña, era incapaz de librarme de esa sensación.
Me parece mentira que la persona que tengo delante haya estado compartiendo mi cama con otra persona a la vez sin haberme enterado. Me repugna solo de pensarlo…
—Volvamos a las fiestas. —Reconduzco la conversación—. ¿Cómo se accedía a estas y dónde eran?
—Mariña recibía un paquete en casa. En él había un cascabel dorado que tenías que llevar con el disfraz porque, si no, no podías entrar.
—Háblenos de la fiesta —continúa Tristán.
—La fiesta estaba inspirada en un carnaval en Galicia.
La llamaban los Entroidos de entre lusco e fusco , porque siempre comenzaban cuando el sol se ponía.
Las fiestas eran en una mansión o en un pazo, y en la invitación venían las coordenadas concretando el lugar.
Además, la gente debía ir disfrazada para entrar.
—¿Conoce a la persona que organiza esas fiestas?
—No, pero sí que lo he visto. La gente comentaba que se trata de una persona muy poderosa. Iba siempre disfrazada de lobo.
—¿Puede describir a esa persona? —interrumpe Tristán.
—Se le veía un hombre alto y corpulento, aunque no he tenido la suerte de tenerlo muy de cerca.
—Háblenos de los disfraces —inquiere Tristán—. ¿Cuál llevaba usted?
—Pues yo llevaba el mismo que todos, salvo en la careta.
—¿Qué quiere decir? —Tristán me mira de reojo.
—Pues que llevaba el traje típico de cigarrón y la máscara con el animal pintado.
—Deme un segundo… Me suena lo que dice. Mi familia paterna es de Ourense. Espere que lo compruebo…
Tristán toma su teléfono y busca una imagen de cigarrón en su buscador y se la enseña a Roi.
—¿Iban vestidos así? ¿Los trajes que llevaban eran los típicos del carnaval de Ourense?
—Sí, yo no sé si era exactamente como los que se usan en los carnavales en Verín, pero para mí que eran los mismos. Salvo que no llevábamos cencerros y, en vez de ser de colores tan festivos, era todo negro. Además, las máscaras eran como un antifaz y te dejaban libre parte de la nariz y la boca.
—Pero ¿de dónde los sacaban para que fuesen todos iguales? —pregunto.
—En la invitación ponía que había que acudir a una modista que hay en O Grove y reservarlo con varias semanas de antelación. Allí podías elegir la máscara que más te gustase del catálogo.
Tristán y yo nos miramos asimilando la información que nos acababa de dar.
—¿Qué máscara eligió usted? —pregunta Tristán.
—La del búho. —Lo que me temía.
—¿Y las mujeres cómo tenían que ir vestidas? —pregunto.
—Pues ellas iban con un vestido negro con un escote de esos como el vestido que te regalé para el aniversario.
—Cuello halter , anudado al cuello por delante y escote en uve en la espalda —digo mirando para Tristán—. ¿Y la máscara?
—Pues ellas llevaban esas máscaras que dan mal rollo con un cuerno.
—¿Las máscaras de Pantalla de Xinzo? —pregunta Tristán.
—Esas mismas.
Tristán busca la imagen en su teléfono y me la enseña. Me fijo en la forma de las caretas, y solo el hecho de imaginarme a todo el mundo vestido de ese modo en una fiesta me produce escalofríos.
—¿Y se podían sacar las máscaras? —pregunto agobiada por la imagen.
—No, solo en el cuarto oscuro. Te podías desnudar, pero no quitarte la máscara. Lo ponía en la invitación.
—Y el resto de la gente y los vigilantes, ¿cómo iban vestidos?