El eco de la niebla Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

Me voy hacia la salita del café a despejarme.

Mientras tomo mi descafeinado, charlo un poco con algunos compañeros.

De pronto, aparece Tristán por la puerta y, al verlo, se me acelera el pulso.

Saluda a los compañeros y, cuando los demás no se percatan, me guiña un ojo.

En ese momento siento como si un virazón me sacudiese.

Se acerca a la cafetera y se prepara un café, después se sienta junto a nosotros y se une a nuestra conversación.

Pasados unos minutos, los compañeros se marchan y quedamos solos él y yo.

Tristán decide cambiar de asiento y se coloca junto a mí, me sonríe y clava su vista en mis ojos.

Sin pretenderlo, consigue que me sonroje.

—¿Cómo estás, Laia?

—Bien, ¿tú qué tal en la feria?

—Buf… Calla… Tuvimos que ir al evento de inauguración en el puerto. Había un montón de personalidades soltando sus speechs . Tener que aguantar toda la retahíla de los políticos me aburre.

—Pobre, te compadezco. No me gustan nada ese tipo de eventos.

—Pues aún quedan unos cuantos mientras dure la feria.

—Ya… He estado pensando —cambio de tema— y quiero hacer la entrevista con Roi cuanto antes.

—Como desees, ¿prefieres esta semana o la que viene?

—Esta semana. Si puede ser mañana, mejor.

—¿Estás segura? Sí. A ver si así corto de raíz tanto regalito y tanta foto.

—¿Qué fotos? ¿De qué hablas?

—Es verdad, no te he contado. El lunes, Salcedo me dio un sobre que contenía un collage de fotografías que nos hicimos Roi y yo en un fotomatón de Nueva York. Ese día nos habíamos prometido amor eterno y nos dijimos que, si tuviéramos hijos, les enseñaríamos esas fotos.

—Ah, no sabía.

—Y no le llegó con eso, que ayer me mandó un ramo de flores al trabajo con una nota en la que se sentía orgulloso de que hubiera terminado otro curso.

Solía hacerlo todos los años. Y, a mayores, otra fotografía, pero esta vez era una imagen mía en la que yo estaba embarazada de Gael.

En el reverso alude a que en ese momento nos imaginábamos cómo sería tener a nuestro hijo y me anima a que ojalá pudiéramos soñar con tener otro.

—¿Qué dices? Pero ¿este tío de qué va?

—A mí me dejó helada.

—Y tanto, recuerdo que me habías contado que te gustaría tener otro hijo, pero que Roi no estaba mucho por la labor…

¿Qué pasa?, ¿que ahora que ya no estáis juntos quiere cumplir tus sueños para reconquistarte?

—Tristán resopla y parece contener un estallido de su cabreo—.

Me parece de muy mal gusto por su parte.

—Totalmente.

—Bueno, pues no se hable más, lo gestiono con el jefe y convoco todo para que se lleve a cabo la entrevista mañana a primera hora. —Se levanta de un salto—. A ver si así se le quitan las ganas de tanto regalito —comenta con recochineo.

—Intenta que nadie le diga que voy a estar yo, que piense que viene para declarar algo.

—De hecho, los compañeros encontraron imágenes de él en una gasolinera, tal y como había declarado. Así que eso lo exculpa del asesinato de Mariña.

—Pero él no sabe que tenemos esas imágenes aún. Así que aprovecharé esa ventaja para intentar sonsacarle información.

—Me pareces muy valiente, Laia. —Posa su mano sobre mi hombro—. Yo estaré contigo siempre que lo necesites y, si precisas que me marche en algún momento de la conversación, me haces un gesto y os dejo solos.

—No va a hacer falta —recrimino—, yo no tengo nada que esconder.

Por la mañana continúo revisando el caso hasta la hora de marcharme.

Decido hacer unos bocadillos e irme con Aroa y Gael a la playa.

Cuando voy a recoger la bolsa de la playa, me topo con la caña de pescar de Roi y sus escarpines.

Me duele encontrarme a Roi allá por donde paso en esta casa.

Así que me propongo que el fin de semana me desharé de sus cosas.

No me amedrento y, como sé que a Gael le encanta pescar y andar por las rocas, tomo el cubo de Gael y el kit de pesca infantil y lo meto en el coche junto al resto de las cosas.

Aunque su padre no esté, Gael debe seguir con sus actividades favoritas.

Por la tarde disfrutamos de la playa, hay más ambiente de lo habitual, se nota que comienza un nuevo mes y, con él, las vacaciones.

Gael me pregunta por su padre y le digo que pronto regresará del viaje.

Me duele mucho mentirle, entonces pienso que debo organizarme con Roi para que se puedan ver, pues mi hijo no tiene la culpa de las acciones de su padre.

El abogado me ha recomendado llegar a un acuerdo con él.

Se me parte el alma con el solo hecho de imaginarme que debo repartirme junto a Roi las fechas señaladas.

Me aterroriza pensar que tendré que pasar un cumpleaños de Roi o las navidades alejada de él.

No es justo, yo no he roto mi familia, de modo que lucharé por mantener la mayor cantidad de tiempo junto a Gael.

Terminamos agotados, pero también plenos y felices. Cenamos en el porche bajo la luz de las velas, pues hace una temperatura estupenda. Y bajo esa luz tenue, y con una noche despejada que permite ver las estrellas, nos despedimos del día.

Por la mañana me despierto nerviosa. Mi barriga se compadece de mi intranquilidad y me hace viajar al baño en un par de ocasiones.

Enfrentarme a Roi me encoge, pero a la vez siento la necesidad de hacerlo.

Pongo la alarma antes de tiempo, quiero desayunar y ducharme con calma, sin despertar a nadie.

Me visto y dudo de si me pongo un vestido negro y holgado que no marca la forma de mi cuerpo o si, por el contrario, escojo un vestido que me encanta cómo me queda y que marca mi figura.

Al final me decido por lo segundo: es un vestido blanco, que resalta mi cintura, largo hasta mis tobillos con un vuelo precioso y con toques ibicencos.

Ese atuendo me hace sentir segura, así que lo acompaño de unas esparteñas con cuñas.

Y, como toque final, una americana en color marrón caramelo y un pañuelo.

Necesito sentirme empoderada, de modo que me maquillo un poco.

De camino al trabajo pongo en el coche algo de música para poder afrontar el día, así que decido escuchar a Florence and the Machine.

Al llegar a la comisaría me encuentro con pocos compañeros, pues es bastante temprano, pero en el aparcamiento he visto el coche de Tristán y sé que debe de andar cerca.

Voy al baño y, al regresar de este, me encuentro de frente con Tristán; él también sale del aseo de caballeros y chocamos brevemente.

—Oh… Perdona, Tristán, no te había visto —le comento mientras me recoloco y doy un paso hacia atrás.

—¡Otra vez! No paramos de tropezar. Buenos días, Laia. —Me mira de arriba abajo—. Qué guapa estás hoy.

—Ya ves, estaba un poco baja de ánimos y así me siento mejor.

—Haces bien, yo para los días importantes me gusta ponerme mis calcetines de la suerte.

—Hoy estoy un poco nerviosa. No me vendría mal algo así o encomendarme a algún santo. ¡Pena que no sea creyente!

—No te preocupes, ya verás como todo sale bien. —Me frota el hombro suavemente.

Llega la hora de la entrevista. Hasta ese momento estoy en mi mesa tomando apuntes en mi cuaderno para no dejar ningún cabo suelto durante el careo con Roi.

Tristán me avisa de que Roi nos espera en la sala de interrogatorios, y agradezco no cruzarme con él.

Me dirijo al encuentro y sigo la estela de Tristán, que me espera en la puerta.

Soy capaz de sentir la presencia de mi marido detrás de ese umbral, como si fuese un halo que traspasa los muros.

Miro a Tristán y le hago un gesto para que abra la puerta, él asiente y me guiña el ojo.

Inhalo con fuerza y cruzo el acceso que nos separa.

—Buenos días —anuncio con desdén mientras me siento frente a Roi.

—Buenos días. No sé si me recuerda del interrogatorio previo, pero soy el subinspector Castro. En esta ocasión nos acompaña la psicóloga forense Laia Ramuín, a quien usted también conoce. —Tristán me sigue y se sienta a mi lado.

—Buenos días —contesta Roi con una mirada encogida y observándome de arriba abajo con admiración.

Roi lleva una camisa que le regalé por su cumpleaños y que le encanta.

Se ha cortado el pelo y le queda muy bien así.

Siempre le reprocho que apenas tenga tiempo para ponerse su cabellera a punto.

Percibo que Roi no aparta su mirada de mí, pero yo quiero evitarlo brevemente, por lo que cojo una carpeta y se la extiendo. Este la recoge sorprendido.

—En esa carpeta puede observar el motivo que nos ha traído hasta esta situación. Ábrala, por favor.

Tristán no se espera que yo le dé nada a Roi y me mira de lado también sorprendido y con el ceño fruncido.

Roi abre la carpeta y le echa un vistazo.

En ella yo he metido capturas de imagen de las cámaras del Parador de Cambados.

Le he hecho unas copias ampliadas, donde se ven fotogramas de sus besos y abrazos a la salida del parador, así como del cachete que Roi le da en los glúteos a Mariña cuando vuelven de su encuentro.

—Pero ¿esto? —Roi me mira avergonzado.

—Continúe… —insisto.

Roi sigue pasando hojas y se topa con extractos bancarios que desvelan sus noches en diferentes hoteles tanto en Galicia como en Madrid y Portugal.

Noches que revelan que ha estado acompañado por Mariña según los registros policiales, así como varios recibos del banco, donde aparecen extractos de la compra de joyas, vestidos y flores que yo nunca recibí y que, por tanto, fueron entregados a Mariña.

—Esto es de mi banco. —Se rasca el cogote.

—Así es. Y las últimas páginas son las más interesantes —añado con sarcasmo.

Roi extrae los últimos papeles que hay en la carpeta que le he entregado y se lleva las manos a la cabeza. Sus ojos se vuelven vidriosos y una pequeña lágrima roza su mejilla.

—Laia… —Se seca las lágrimas con la manga de la camisa y Tristán le ofrece un pañuelo.