El eco de la niebla Capítulo 12
62%

Capítulo 12

Acudo temprano al abogado. No quiero demorarlo más y le solicito la demanda de divorcio.

El abogado me ayuda con el papeleo. A media mañana decido pasarme por el trabajo.

Hay muchos cabos sueltos en el crimen de Mariña y no quiero sentir que me aparto del caso.

Cuando llego a la comisaría puedo percibir miradas de compasión por parte de mis compañeros.

Está claro que, al haber ido Roi el viernes al interrogatorio, más de uno se había ido de la lengua.

Noto sus miradas clavadas en mí cuando atravieso los pasillos.

No me gusta la conmiseración, odio que me miren como a un animal malherido.

Solo consiguen que me sienta juzgada y más afligida.

Seguro que más de uno se pregunta cómo es que una experta en perfiles psicológicos no ha sido capaz de leer el de su propio marido.

Y están en lo cierto, se ve que mi olfato está entrenado de puertas para fuera y se olvida de traspasar el umbral de mi hogar, ese lugar donde me creía a salvo.

No localizo a Tristán, así que me acerco a Lois.

—Buenos días, ¿no ha llegado el subinspector Castro?

—Buenos días, Laia. Está reunido en el despacho del jefe, por el tema de la feria gastronómica. A primera hora han venido el alcalde y el presidente de la Xunta, y llevan encerrados desde aquella. Supongo que estarán a punto de salir.

—Ah, es verdad que comienza pasado mañana.

—¿Cómo estás, Laia? Lo siento mucho.

—Estoy bien, Lois. ¿Por qué? —Tiro la pelota hacia el otro campo.

—Por lo de Roi. Yo estuve en el interrogatorio.

—Ah, ¿sí? No sabía.

—Sí, y me dio una cosa para ti. Dame un segundo… —Lois va a su mesa, abre un cajón y recoge un sobre—. Toma, me entregó este sobre para ti.

—Gracias. —Agarro el sobre y decido guardarlo sin abrirlo.

Aguardo a que terminen la reunión. Mientras tanto releo las pistas en el ordenador y el interrogatorio con Roi.

En él se describen las grabaciones del encuentro en el Parador de Cambados.

Después vienen las preguntas y Roi se justifica diciendo que es una buena amiga, que siempre lo había apoyado mucho y que simplemente se ofrecían compañía el uno al otro.

Mientras leo el informe del interrogatorio se me revuelven aún más las tripas y deseo que lo que hace que siente náuseas sea mi repulsión hacia sus actos y no un hijo que espere de él.

Solo el hecho de imaginarme siendo madre de nuevo en estas circunstancias me retuerce por dentro.

Así no es como lo había imaginado… Así no.

Aparto la vista del ordenador, pues no puedo continuar leyendo, y justo en ese momento sale del despacho de Limán el presidente de la Xunta de Galicia con cara de pocos amigos, y detrás de este el alcalde.

Limán los acompaña a la puerta con su mejor sonrisa, que pocas veces la ha sacado a relucir en esta comisaría.

Un minuto más tarde, Tristán abandona el despacho con cara de cansado, pero, según me ve, su expresión cambia por completo. Me sonríe y camina hacia mi encuentro.

—Buenos días, Laia. No te esperaba por aquí. ¿Cómo te encuentras? —Me mira con unos ojos enternecedores.

—Buenos días, pues adelantando trabajo. —Señalo el ordenador.

—Hummm… No tienes muy buena cara, ¿te puedo ayudar en algo?

—Es que estaba leyendo el informe del interrogatorio…

—Oh, no… No sé si es lo mejor ahora mismo… Hay cosas que dice Roi ahí que pueden hacerte mucho daño.

—Tranquilo, solo he podido leer el comienzo y ya he tenido que parar.

—Lo siento mucho.

—No tienes nada que sentir. Tú no tienes la culpa de lo que ha hecho. Ahora me siento menos culpable de haber solicitado el divorcio.

—¿Ya? —Se quita la americana del traje gris que lleva y se afloja los botones de la camisa; se da cuenta de que lo miro—. Perdona, me estaba asando ahí dentro con tanta gente «importante» y quise mantener el tipo como pude.

—Sí, no he querido esperar y he ido esta mañana al abogado.

—Si quieres, anulamos la entrevista. Pienso que puede removerte todo mucho.

—Necesito hacerla, es importante para mí realizar algunas preguntas y que me las responda a la cara. Además, tú vas a estar conmigo y me ayudarás en lo que necesite.

—No tengas dudas —se sienta a mi lado y posa su mano sobre la mía—, por ti haré todo lo que esté en mi poder. De verdad, Laia. No lo digo para quedar bien, me importas.

Me quedo mirando a Tristán y me fijo en la manera en la que coloca su mano sobre la mía para mostrarme su apoyo y que perciba su cariño.

Sus dedos suaves se posan con cautela y ternura.

Él me mira, como cuando quieres decirlo todo a través del silencio.

Sus ojos son dos faros que iluminan en una bahía aguamarina donde todo se detiene, donde lo único que percibo es calma y sosiego, justo lo que necesito.

Me hablan con sinceridad, son versos sin voz que resuenan dentro de mí.

Su mirada se viste de tierra firme dentro de todo este naufragio emocional.

Cómo dos simples ojos pueden transmitir tanto en tan poco tiempo.

Su pulgar acaricia tímidamente mi muñeca, mis pulsaciones aumentan, mi tez se ruboriza.

Salcedo se aproxima a nuestra mesa, y entonces Tristán se da cuenta del gesto que ha hecho y rápidamente retira su mano, se recoloca el cabello y se pone en pie.

—Mañana es tu último día en la universidad hasta el nuevo curso, ¿no? —comenta apresurado.

—Eso es —respondo y le sigo el juego recuperando poco a poco el aliento.

—Jefe, hemos comprobado las imágenes de la coartada del sospechoso. —Puedo sentir cómo Lois hace el esfuerzo para no decir el nombre de mi marido por si me incomoda.

—Perfecto. Ahora mismo voy. Gracias —contesta apresurado.

Nos quedamos en silencio, Tristán sigue con la mirada a Salcedo, que desaparece por el pasillo. Revisa el entorno y, tras comprobar que nadie nos oye, se acerca a mí y me dice:

—Te veo pasado mañana. Laia, quiero que sepas que para lo que necesites estoy aquí. No quiero forzar la situación y quiero darte tus tiempos, pero sé lo cabezona que eres y que puedes estar pasándolo mal y fingir que todo está perfecto.

—No te preocupes, descuida.

—Cuando tengas tiempo y te apetezca, me gustaría llevarte a un sitio que creo que te puede gustar.

—Vale, tal vez el fin de semana.

—Perfecto, cuídate. —Me guiña un ojo y en ese momento me derrito.

Sin ser capaz de controlarlo, me quedo mirando la figura de Tristán caminando hacia la sala de visionados.

Reparo en su vestimenta, en cómo la camisa acaricia sus músculos en un compás perfecto.

Veo su forma de caminar, que es elegante, con carisma, y sin poder evitarlo desciendo la mirada hacia su trasero, los pantalones que lleva lo remarcan a la perfección.

Sacudo la cabeza y me reprendo a mí misma por haberlo mirado.

No me permito ver a Tristán de ese modo, y menos ahora con todo lo que tengo encima.

Aparto la vista hacia el teclado del ordenador y el sobre que me ha dado Lois me recuerda que lo he dejado ahí esperando a ser abierto.

Lo inspecciono por fuera, pone mi nombre, y confirmo que es la letra de mi marido.

Me armo de valor y lo abro. Dentro hay un collage de fotografías que nos hicimos en un fotomatón de Nueva York.

En las imágenes se ven varias poses: en una nos besamos, en otra él muerde mi oreja y en la última nos miramos como dos enamorados.

En la parte trasera de las fotos pone: «Papá y mamá se querrán siempre.

Septiembre de 2012». Me da un vuelco al corazón.

Esa foto la habíamos hecho al principio de nuestra relación; nos prometimos que nos amaríamos para siempre y que esa foto se la regalaríamos a nuestros hijos cuando fuesen mayores, para que viesen cuánto se querían sus padres y lo enamorados que estaban.

Me siento desolada. Comienzo a llorar, pues mi alma se encuentra huérfana tras haber perdido a la persona que más he amado en mi vida.

Ha quebrado mi confianza y me ha fallado.

Echo de menos al Roi que se ve en las fotografías, ese que me había prometido que cuidaría de mí siempre, que no me fallaría.

Rompo el sobre y la fotografía y lo tiro a la papelera, me seco las lágrimas con un pañuelo y recojo mis enseres.

En el trayecto hasta el encuentro con mi hijo decido poner la música de Ruti con su tema «Lungs».

Depuro el dolor y lo dejo fluir a través de la cascada de mi llanto.

Me siento cabreada con Roi, que mi amante y compañero me haya traicionado me enerva.

Del llanto paso al enfado. Odio que el padre de mi hijo, ese que me había prometido que nos amaríamos para siempre, haya estado llevando una doble vida delante de mis ojos.

Como experta en racionalizar todo, me analizo y supongo que, como cualquier luto, esta es una fase más del proceso.

La primera fase del duelo es la negación, la segunda la ira, después la negociación, abriendo paso llega la depresión y, por último, la aceptación.

Así que supongo que me encuentro transitando la segunda fase.

Cuando recojo a Gael, no quedan resquicios de mi anegamiento personal.

Agradezco que Aroa nos tenga la comida hecha y que haga todo lo posible para que sienta que es un día más.

Le explico que he dejado todo resuelto en el abogado y que el proceso de divorcio ya se ha iniciado, y se alegra por ello.

Por la noche, cuando todo está más en calma, charlamos.

—¿Cómo fue entonces el día en la comisaría? —Aroa se acurruca conmigo debajo de la manta.

—Pues al llegar a la oficina todo el mundo ya lo sabía y me miraban con cara de compasión. Como no quería hablar con nadie, leí el informe del interrogatorio de Roi.

—¿Y que ponía?

—Pues que Roi la consideraba una buena amiga y que se daban cariño el uno al otro.

—¿Una amiga?

—No pude leer mucho más, me puse mala.

—No me extraña.

—Además, después resulta que Roi había dejado un sobre para mí.

—¿Qué había dentro?