El eco de la niebla Capítulo 11 #4
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Capítulo 11 #4

Agradezco que Aroa siempre esté a mi lado, que sea esa luz que me guía a tientas entre mis preocupaciones.

Mientras Gael juega en la arena con mi amiga, yo aprovecho para quitar el ruido de mi cabeza, así que me zambullo de lleno en el mar, dejo mi cuerpo a merced del vaivén de las olas y miro al cielo mientras controlo mi respiración y la unifico con cada ola.

El bullicio de la ciudad y el ritmo frenético del día a día nos desconecta de la naturaleza.

De vez en cuando necesito reconectar con ella, sentirme más terrenal, más arraigada a este mundo.

Algo que siempre me sorprende de las civilizaciones menos desarrolladas es cómo tienen ese alto grado de conexión tan directo con la madre tierra; a veces nos olvidamos de que este mundo que construimos no nos pertenece.

Independientemente de entrar en el tema de si estamos aquí de paso o no, siento que con el tiempo veo a la gente menos conectada a la vida.

Vivimos enlazados a máquinas a través de las cuales mantenemos conversaciones superfluas, simulamos un carrete de imágenes ideal mientras nuestro mundo interior se encuentra en deterioro.

La decadente falta de conexión nos está anulando.

Por eso yo necesito pararme y reconectar, tomar energía de los míos y de todo aquello que me rodea.

A veces me siento sobrepasada por este mundo y he de rebajar la tensión, así que busco mi toma de tierra. Eso hago, y me dejo llevar.

De regreso a casa, el cielo se tiñe poco a poco en tonos carmesí, y parece que un campo de naranjos exprime su zumo so­bre las nubes.

Esa noche es la primera vez que logro dormir medianamente decente en mucho tiempo.

Tanto es así que me topo con Gael y Aroa desayunando.

Les agradezco que no me ha­­yan despertado.

Me acerco hasta el centro y visito una tienda local que regentan dos hermanas y que me encanta.

En ella hay un montón de productos gourmet.

La dependienta conoce mis gustos a la perfección de otras veces que la he visitado y le pido que me prepare una caja para regalar a mis padres.

Elegimos latas de conservas, vinos y otras delicatessen.

Una de las hermanas me recomienda el vino de Bodegas Louzao, dice que es el mejor de la provincia, que ha estado llevándose el premio a mejor vino blanco durante los últimos cinco años.

Accedo, pero también me recomienda unas conservas ahumadas de Piñeiro y las descarto al momento.

No me apetece contribuir a un negocio de dudable desempeño.

Mi cabeza regresa de nuevo hacia Roi. No permito que la culpa me atraviese, las mujeres somos dadas a arrastrarnos sobre ella, sobre todo cuando no nos sentimos capaces de sobrellevar un acontecimiento.

La freno en seco, impido que me atraviese, ese lastre no me arrastrará de nuevo, no ahora.

Roi es el único responsable de esta situación; ha iniciado una batalla, en su partida de ajedrez particular ha decidido hacer un ataque a la descubierta y se ha cargado a la reina, y esa jugada le va a salir cara porque el jaque lo voy a marcar yo.

En la comida con mis padres, como Gael está delante, procuramos no hablar del tema.

Simplemente menciono sutilmente que esa semana acudiré al abogado para adelantar el papeleo.

Rodearme de los míos me ayuda a digerir mejor el mazazo.

Regresamos a casa y, mientras cenamos gracias a los productos de la finca de mis padres, Aroa me recuerda lo afortunada que soy por disfrutar con salud de mis padres y poder tenerlos tan cerca.

Le explico que al ser hija única mis padres tomaron la decisión de vivir cerca de mí cuando Gael nació y que eso fue algo que siempre me ayudó.

Al introducirme en la cama sola, de nuevo mis pensamientos me llevan a recordar sistemáticamente una y otra vez lo que ha sucedido con Roi.

Soy incapaz de no reproducir esas imágenes en mi mente.

Veo una y otra vez ese abrazo y ese beso, y me siento totalmente herida, traicionada.

Con ese gesto de Roi, se marcha de mi vida, se va un amigo, un compañero que había tenido en muy alta estima durante estos años.

Me pregunto en qué momento Roi decidió romper mi lealtad y quiso disfrutar por su cuenta.

Tras dar muchas vueltas en la cama, acabo durmiéndome agotada.

El domingo por la mañana se presenta tranquilo.

Nada que ver con mi desesperante rumiar noctámbulo.

Aroa y Gael todavía no se han levantado.

Bajo al jardín, me gusta la sensación de la brisa fresca y ver el rocío en las hojas del césped.

Amanece poco a poco y se escuchan a lo lejos las golondrinas y los trinos de los pájaros.

Unos pasitos suaves por las escaleras interrumpen mi momento de ensoñación.

Es Gael, que se acerca a mí descalzo, con el flequillo despeinado, con su pijama de dinosaurios y frotando los párpados que tiene todavía medio pegados.

—Hola, mami.

—¡Buenos días, meu amor ! —Lo recibo en un abrazo y lo abrigo con mi bata.

—¿Qué haces, mami?

—Estoy viendo el amanecer, mi vida; me gusta mucho ver el cielo a estas horas. Fíjate, es rosado.

—Es muy bonito —Gael eleva la vista y observa unas nubes que se deshacen poco a poco—, parece algodón de azúcar.

—Sí que lo parece. —Le cojo la mano—. Venga, vamos para dentro que hace fresco.

A media mañana me suena el teléfono, es Tristán. Me alejo del salón, voy hasta el porche y descuelgo la llamada.

—Buenos días, Tristán, cuéntame.

—Buenos días, ¿cómo estás?

—Pues la verdad es que mejor, estar con la familia y con Aroa es lo que más necesitaba.

—Me alegro mucho. ¿Qué vais a hacer por la tarde?

—Pues comeremos las sobras de casa de mis padres, que estaban buenísimas, y pasaremos el día en casa. Como hace tan buen día, seguro que las playas están a tope de gente. Así que estaremos descansando en el jardín y bañándonos en la piscina con Gael.

—Qué bien hacéis, es muy buen plan.

—¿Te apetece venirte? Cógete un bañador y te pasas el día con nosotros si quieres.

—¿Y Gael no se molestará?

—Qué va, a Gael le encanta la gente. Cuando le diga que eres un policía de los de verdad y que tienes una pistola, le va a emocionar.

—¿Seguro?

—Seguro, vente a eso de las cinco.

—Venga, vale. Ahí estaré.

—¡Hasta después!

Me relajo el resto de la jornada y por fin tengo alguna ilusión en el día, pues la visita de Tristán me entusiasma. Se oye el timbre, es Tristán. Trae unos embutidos y un tiramisú que ha hecho él. Le agradezco el detalle y le presento a Gael.

—¿Eres un policía de los de verdad? —pregunta Gael.