El eco de la niebla Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

—Gracias, no sabéis lo importantes que sois para mí y cuánto os agradezco vuestro apoyo.

—Nada, miña nena . Ahora a centrarse en lo más importante. Menos mal que tienes a Aroa también, que te adora y te va a ayudar. Me quedo más tranquila sabiendo que dormirá con vosotros en esa casa tan grande —añade mi madre.

—También te digo una cosa: a ese fillo de puta que no se le ocurra aparecer por aquí, porque le pongo los huevos de corbata —comenta muy enfadado mi padre.

Nos acercamos hasta casa Gael, Aroa y yo.

Intentamos que Gael no perciba ningún cambio y mantengo su rutina.

Le preparo la habitación de invitados a Aroa y, antes de meterme en la cama, introduzco en la lavadora las sábanas que he compartido con Roi.

Aroa se extraña al principio de que esté haciendo una colada tan tarde.

—No quiero tocar nada que me recuerde a ese cabrón.

—Te entiendo. ¿Supiste algo de Tristán?

—Sí, me mandó un mensaje justo hace cinco minutos en el que me preguntaba cómo estaba y me avisaba de que habían convocado a Roi en la comisaría mañana por la mañana.

—Perfecto, pues ya le mando un mensaje yo.

—Eso, dile que se busque la vida y que se vaya a dormir a un hotel, pero que por aquí ni pase.

Esta noche me cuesta dormir aún más que los días anteriores.

Mi cerebro decide revivir todos mis buenos momentos con Roi como si de una película se tratase.

Me extraña que mi mente decida proponerme un pase romántico con los mejores momentos vividos.

Había entendido que ese tipo de escenas se reviven cuando fallece algún ser querido.

Pero, pensándolo bien, yo estoy atravesando mi propio duelo.

Se me hace eterna la noche, soy incapaz de conseguir conciliar el sueño más de dos horas seguidas.

A las cinco de la madrugada decido dejar de dar vueltas y rememorar mi vida pasada.

Me levanto a la cocina para beber agua, miro mi teléfono y veo que tengo un montón de llamadas perdidas de Roi y numerosos mensajes pidiéndome disculpas.

Decido bloquearlo, no soy capaz de enfrentarme a ello.

Salgo al jardín y la temperatura es muy agradable, nada que ver con las noches anteriores.

Me aproximo a la piscina y hago algo que Roi no soporta que haga: me baño desnuda.

Agradezco el frescor del agua resbalando por mi cuerpo, me siento purificada en ese baño; cada brazada me aleja más del peso del dolor y me acerca a esa liberación.

Mientras nado, me siento limpia, como si depurase mi interior.

Al salir del agua, me doy una ducha caliente en el baño de la planta de abajo, así no despierto a Gael o a Aroa.

Me dispongo a preparar un café y caigo en la cuenta de que ya son las seis y me dia de la mañana.

Así que, como tengo tiempo, elaboro un desayuno variado para Aroa: unos bagels caseros y de postre preparo una carrot cake .

La cocina me mantiene distraída, tanto es así que después elaboro la masa de las tortitas para cuando se despierte Gael.

Poco más tarde me encuentro a Aroa en la cocina toda despeinada, me dice que le ha despertado la batidora y el rico aroma del desayuno.

—¿Cómo estás, cariño? Veo que te has levantado con energía. ¿Qué tal has dormido?

—No he pegado ojo —comento y continúo con mis elaboraciones—. Ahora mismo la cocina me distrae.

—Debes dejar fluir cualquier sentimiento sin reprimirlo. Date tus tiempos.

—Por eso mismo, me he pegado un baño en la piscina de madrugada y después de la ducha me he puesto con la repostería.

—Muy bien, lo que te pida el cuerpo.

Le sirvo el desayuno a Aroa y yo me tomo algo de lo que sobra. Mi teléfono suena, puedo ver en la pantalla que se trata de Tristán y siento alivio, descuelgo rápidamente para no despertar a Gael.

—Buenos días, Laia. ¿Cómo te encuentras? Apuesto a que casi no has dormido.

—Buenos días, pues estás en lo cierto.

—Vaya, ¿necesitas algo? —Su voz parece realmente preocupada—. ¿Puedo ayudarte en algo?

—No, ya tengo a Aroa conmigo y a mis padres.

—Genial. Cualquier cosa que necesites, por favor, no dudes en avisarme.

—Descuida.

—También te llamaba para informarte sobre el interrogatorio de tu marido, si quieres.

—Sí, adelante.

—Pues, verás, hemos corroborado su coartada tanto para el caso de Manuela como el de Mariña. En el de Manuela se ha registrado el alojamiento de un hotel de Mallorca, imagino que contigo y con Gael.

—Eso mismo, aprovechamos el puente de As Letras Galegas para acercarnos a las islas Pitiusas.

—Exactamente, la madrugada que la asesinaron vosotros estabais regresando de vuestra escapada.

En el caso de Mariña coincide con nuestra salida hasta San Vicente do Grove.

Estamos comprobando las cámaras, pues dice que esa noche regresó sin Mariña de la fiesta y que hizo una parada en una gasolinera para surtir el depósito y tomar un café.

—¡Hay que joderse! Así que él también ha estado en las fiestas…

—Sí, parece ser que le perdió la pista a Mariña a mitad de la noche y que se encontraba cansado y decidió marcharse. Tenemos que comprobarlo.

—Era lo que le faltaba, que además de ponerme los cuernos se dedicara a ser un asesino. Entonces sí que ya me retiro…

—¿Lo crees capaz?

—La persona que amaba y con la que convivía no. Pero ya no sé qué clase de persona es. Nunca creí que, al destapar una de las máscaras de la fiesta, me encontrase con mi marido. Me extrañaría mucho si fuese él el asesino. Pero no pongo la mano en el fuego por nadie.

—El jefe ha sido quien ha llevado el interrogatorio y dice que no lo tiene claro. Que, si no es él, algo esconde.

—Ya nada me sorprende.

—Que conste que, cuando empezamos el interrogatorio, preguntó por ti y por si ibas a estar presente.

—A buenas horas.

—Yo te lo comento para que lo sepas. Ahora quiero que desconectes el fin de semana. Y, si te ves con ánimos, el lunes puedes venir por la comisaría. Si no, no pasa nada, que hago con Salcedo las visitas.

—Vale, te voy informando. Gracias, Tristán.

—Nada. Cuídate, por favor.

Mientras estoy en casa a media mañana terminando los queha­ceres del día, me juro que nunca más cargaré yo sola con las tareas del hogar y que a partir de ese momento delegaré en ayuda profesional.

Me llama mi madre para preguntarme cómo estoy y me insiste en que coma y que los avise para cualquier cosa, y agradezco el detalle.

Mientras plancho y doblo mi ropa interior, me quedo pensativa por un instante.

Entonces me acerco a la nevera de la cocina, en la puerta tengo un calendario imantado.

Consulto los últimos dos meses y me doy cuenta de que tengo un retraso en mi menstruación.

Me pongo a echar cuentas y a pensar en todas las veces que me he acostado con Roi últimamente.

Un par de ellas han sido en plena ovulación.

Me acuerdo de mi cansancio, de mi malestar y las náuseas durante la última semana, y me inunda el pánico.

Decido esperar a que llegue Aroa y contárselo.

Después de pasar el día en la playa junto a Gael y Aroa, aprovechamos para hablar de mi marido.

—¿Te has planteado cómo harás cuando os enfrentéis a la realidad? Quiero decir, si sabes cómo te vas a organizar con Gael.

—No lo he pensado, pero supongo que habrá que llegar a un acuerdo, y, si no se llega a él, lucharé por tener a Gael a mi lado.

—¿Y con Roi?

—Le pediré el divorcio.

—¿No quieres esperar a escuchar su versión?

—La escucharé, pero sé que acabará en divorcio. La semana que viene quiero ir al abogado para que me vaya preparando el papeleo.

—Por cierto, ¿cómo te encuentras del estómago? ¿Estás mejor?

—Pues quería comentarte algo… —respondo tímidamente—. Llevo unos días de retraso.

—¿Qué dices? —Sus ojos se abren sorprendidos.

—Sí, lo he comprobado esta mañana en el calendario.

—¿Y hay alguna posibilidad de embarazo?

—Podría ser… Desde que tuve a Gael no volví a tomar anticonceptivos, ya sabes lo mal que me sentaban con sus efectos secundarios. Siempre que teníamos relaciones poníamos medios, pero en estos últimos meses hubo alguna vez que no lo hicimos.

—Pero si Roi te había dicho que no quería ser padre.

—Ya, pero a veces te pilla en la bañera y no es tan fácil.

—Ya entiendo. ¿Y qué notas?

—Siendo honesta, no me había parado a pensarlo hasta esta mañana. Estos días he estado muy cansada, con dolor de cabeza, el estómago revuelto, y el otro día vomité al enterarme de lo de Roi.

—A ver, cualquiera de esa sintomatología podría encajar perfectamente en el de una madre cualquiera. Si a eso le sumas la cantidad de horas que le dedicas al nuevo caso, podría pasar inadvertido.

—Totalmente.

—Puede que no te baje la regla todavía por el estrés y que sea un simple retraso.

—Puede… Me tiene pasado muchas otras veces. Mi cuerpo somatiza de ese modo. Voy a esperar un poco, y, si sigo así, en dos días me hago una prueba.

—Me parece bien. Sabes que para lo que necesites estoy aquí, ¿verdad?

—Sí, lo sé. —Le cojo la mano.

—Nada, era solo para recordártelo.