El eco de la niebla Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Llamo a mi madre y me alegro muchísimo de escuchar la voz de Gael.

Él es mi motor, pero, al igual que mi madre, son un detector de mis emociones.

Si me notan flaquear o con mala cara, me hacen un escrutinio del que no puedo salir sin ser examinada.

Así que finjo entusiasmo con mi mejor entonación.

Oír a Gael ya es una alegría para mí, pero a la vez me transmite mucha pena esta situación.

Me rompe sin dejar opción a recomponerme de ese dolor.

Me despido lo más entusiasmada que puedo y regreso junto a Tristán.

Este se encuentra colocando la comida, ha dispuesto la mesa de una forma muy cuidada, con un mantel de cuadros vichí azul y blanco, bajoplatos de yute y una vajilla de cerámica portuguesa con motivos marineros.

Unos botes de cristal con unas ramitas de lavanda adornan el centro de la mesa.

Está todo decorado con mucho gusto. Me sorprende la habilidad y la determinación de Tristán.

—En la cafetería en la que paramos cogí unas empanadas pequeñas variadas y el postre. Hacen unas cañitas de crema para chuparse los dedos. Voy a preparar una tortilla y unos pimientos de Padrón. —Sigo sin creerme lo hacendoso que se muestra y su pulcritud—. Te gusta poco hecha, ¿verdad?

—Sí, poco hecha. —¿Cómo es que lo recuerda?—. ¿Necesitas ayuda?

—No, ¡qué va! Tú siéntate en la hamaca mientras tanto. ¿Quieres algo de beber?

—Un poco de agua, por favor.

Disfrutamos de una comida agradable bajo la sombra sintiendo la brisa marina.

Se agradece que empiece a levantarse algo de viento, ojalá que pronto despeje este bochorno.

Tristán me cuenta muchas anécdotas interesantes de cuando era pequeño y de sus veranos, intenta ser condescendiente y que me evada del tema.

Consigue que por un momento me escape de esa horrible realidad.

—No entiendo por qué lo hizo —interrumpo.

—¿A qué te refieres, Laia? —Tristán se sorprende y me sirve un poco de café acompañado del postre.

—A Roi… Me decía que me quería, que era feliz junto a la familia que habíamos formado. ¿Crees que no he estado a la altura?

—No lo creo, Laia. Hay gente que es egoísta por encima de todo.

—Me pregunto desde cuándo lleva esta doble vida. ¿Cómo he podido estar tan ciega?

—Porque te debías a tu hijo. Eres una madre trabajadora y que siempre está pendiente de todos. Las personas que hacen este tipo de cosas saben muy bien cómo engañar.

—Sigo sin comprender qué he hecho mal.

—No has hecho nada mal. Perdona que sea tan duro, pero Roi es un gilipollas que no ha sabido valorar la increíble mujer que tiene en casa.

—No sé…

—Sí lo sabes, tú vales un millón de veces más que él. —Me pregunto si realmente lo piensa—. ¿Qué vas a hacer ahora con Gael?

—No lo he pensado aún.

—A ver, tenemos que dar un paso importante e interrogar a tu marido. Pero, por el aprecio que te tengo y dada la situación, quiero que seas tú quién escoja si prefieres que interfiramos nosotros o tener primero tú una conversación con él y valorar lo que ha ocurrido.

—No sé si ahora mismo estoy capacitada para poder tomar esa decisión.

—Como sabía que te podría pasar eso —me agarra la mano suavemente y me da una caricia en el dorso—, he pensado yo por ti.

—Ah, ¿sí? ¿Y qué has decidido?

—Pues he decidido que necesitas ayuda, y de la buena. Por eso he llamado a una persona que puede ayudarnos.

—¿A quién? —pregunto ansiosa.

—Dame un segundo, que creo que ha llegado y está aparcando fuera. —Se levanta de la silla y se dirige a la entrada.

Tristán avanza hasta aproximarse a la verja de madera y abre la puerta. Reconozco al momento ese cabello rizado rubio y dos lágrimas resbalan por mi mejilla.

—¡Aroa! —Me abalanzo sobre ella.

—Hola, mi vida. ¿Cómo estás? —Aroa me abraza fuerte y me besa en la mejilla.

—¿Qué haces aquí? —cuestiono su llegada.

—Me ha llamado Tristán, me ha explicado la situación, y agradezco que lo haya hecho. Tranquila, que, como buena profesional que soy y tu psicóloga, no diré nada. Ahora mismo no puedes tú sola con esto, así que me quedo contigo unos días.

—Pero tienes que trabajar.

—Cariño, soy mi propia jefa. Tengo a un montón de compañeros que pueden relevarme. Además, me cojo las vacaciones cuando considero.

—Gracias —miro a Aroa y de nuevo vuelvo a abrazarla; también me giro para ver a Tristán, que está con los ojos vidriosos y secándose los mocos con un pañuelo—, y gracias a ti también, Tristán.

Mientras Tristán recoge la comida, pongo en antecedentes a Aroa. Tristán remata sus tareas y poco después se une a la conversación.

—Sé que todo esto es muy duro e injusto. Pero peor sería que siguieras viviendo una vida de engaño, en la que la traición formase parte de tu día a día sin que lo percibieras. Ahora mismo te encuentras en una situación de ventaja, dispones de información que él no tiene. ¿Qué quieres hacer?

—Tristán me ha ofrecido poder tener una conversación con él antes de que lo convoquen para un interrogatorio.

—¿Tienes que estar en el interrogatorio?

—Ni tiene ni debe —nos interrumpe Tristán—. El interrogatorio lo realizaremos nosotros, y después ella puede leer el informe.

—Tampoco querría estar ahora mismo —apunto.

—Por eso, cariño, tienes que decidir qué prefieres hacer —me insiste Aroa.

—No sé qué hacer, tengo miedo a enfrentarme a una persona con la que lo he compartido todo y que no conozco. Ahora mismo siento animadversión hacia esta persona y vergüenza ajena de que sea el padre de mi hijo.

—Bastante calladito se lo tenía, la verdad… Pero últimamente ya me decías que faltaba mucho por casa y que le salía, según él, mucho trabajo a deshoras.

—¿Qué día fue el que lo pillaron en el parador? —me dirijo a Tristán.

—El fin de semana que tuvimos el hallazgo en Rúa —contesta Tristán.

—Déjame que haga memoria… Ese fin de semana fuimos hasta Coruña, y estuvo conmigo.

—Pero recuerda que el domingo quedamos juntas y estabas un poco de bajón porque Roi se había ido por la mañana el domingo sin decirte nada.

—Es cierto. Menudo hijo de puta, tuvo tiempo para acostarse conmigo y al día siguiente hacerlo con Mariña. No le llegaba con una que necesitó dos.

—Joder, ¡qué cabrón! —Tristán pega un golpe en la mesa.

—Pues ahora tienes tú la sartén por el mango. Puedes aprovechar esa ventaja o dejarlo en manos de los compañeros. Así que se hará como tú decidas.

—Sinceramente, no me apetece volver a verlo. Pero por otra banda necesito respuestas, aunque me da mucha pereza tener que reprocharle lo que ha estado haciendo a mis espaldas. No quiero gastar ni un segundo más de mi vida con esa persona.

—Lo que tú decidas —apunta Tristán.

—Si lo sientes así, así se hará. No debemos forzar si no te apetece verlo. Quizá sea lo mejor hasta que asimiles la situación. Si quieres, yo puedo mediar y pedirle que no aparezca por casa hasta que te veas con fuerzas para enfrentarte a él.

—Sí, pienso que es lo mejor. No me gusta pedirte eso, pero ahora mismo no quiero verlo ni hablar con él.

—No tienes que pedirme nada, a mí ya me nace. —Aroa me da un beso en la frente—. Quiero ayudarte y no me cuesta nada hacerlo. ¿Quieres que llame también a tus padres?

—No, eso lo hago yo. Pero tengo que buscar el momento y que Gael no esté delante.

—Pues podemos hacer una cosa: te acompaño yo a buscar a Gael y mientras lo entretengo tú hablas con tus padres. Vas a tener su apoyo incondicional y te van a ayudar con Gael.

—Gracias, Aroa.

—No me las des, solo voy a necesitar unas horas mañana para terminar unos asuntos en la clínica y ya me quedo contigo.

—¿Y qué le decimos a Gael de su padre?

—Puedes decirle que tiene un viaje de trabajo. Total, con todo lo que trabaja ni lo va a notar. Y le podemos decir también que estoy reformando mi piso y que por eso me quedo unos días en vuestra casa.

—Me parece buena idea —suspiro aliviada—, la verdad es que tienes una rapidez para solucionar conflictos que envidio.

—Tú también tienes esa habilidad cuando no se trata de los tuyos.

Me siento agradecida de que Aroa sea mi amiga.

Y también aprecio el hecho de que la vida me haya puesto a Tristán en el camino.

Abrazo a Aroa y comienza a salir todo aquello que hasta ese momento había contenido.

Y de pronto, como si fuese un paralelismo de liberación, una tormenta se posa sobre nuestras cabezas y comienza a llover.

En ese momento, soy consciente de lo que está sucediendo y, del mismo modo que comienzan a caer gotas frías sin cesar, se detona otro diluvio en mi interior.

Nos despedimos de Tristán y poco después llegamos a la casa de mis padres.

Hemos traspasado un tráfico caótico para llegar hasta la otra punta de Vilagarcía y, mientras tanto, la tormenta se ha marchado.

Agradezco esa descarga y la llegada de ese aire fresco.

Cuando me encuentro con mis padres, abrazo con fuerza a mi hijo, pero mi madre ya ha percibido al instante que algo no va bien.

Así que Aroa decide salir a ver el jardín con Gael y yo aprovecho para poner en situación a mis padres.

No les comento cómo me he enterado exactamente ni con quién me había estado engañando.

Al principio se quedan helados, impasibles ante mis palabras, pero a medida que me explico su rostro refleja dolor y preocupación.

Me abrazan, me besan y me muestran todo su apoyo.

—Ahora los que importáis sois tú y Gael. Esta persona eligió destruir una familia, ya tomó su decisión. Así que debes ser fuerte, aunque cueste, pero has de hacerte valer y salir para adelante con tu hijo. —Mi madre me besa en la mejilla.

—Tienes todo nuestro apoyo, vamos a estar en todo lo que necesites.

Tú sigue con tu normalidad para que Gael no note cambios.

Y continúa con tu trabajo, que, como eres igual que yo, te vendrá bien para despejar esa cabeciña .

A Gael se le explica eso de que su padre está de viaje.

Total, tu hijo no lo va a notar porque nos ve más a nosotros que a él. —Me acaricia la cabeza mi padre.