El eco de la niebla Capítulo 11
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Capítulo 11

—¿Cómo que es Roi?… ¿Quieres decir que el de la imagen que abraza y besa en la boca a Mariña es tu marido, Roi? ¿Estás segura, Laia? —insiste Tristán mientras me ayuda a sentarme en una silla.

—Me temo que sí. —Intento recobrar el aliento—. Además, su particular forma de andar lo delata.

—Por favor, Jiménez, ¿puede dejarnos solos un momento? —pregunta Tristán.

—Sí, claro. ¿Necesitan algo? ¿Un vaso de agua? —comenta el agente mientras se acerca a la puerta.

—Una botella de agua estaría bien, gracias.

Tristán toma unos folios que hay sobre la mesa y comienza a abanicarme para proporcionarme aire. Suavemente despeja mi flequillo y me acaricia la espalda. La puerta se entorna y Jiménez aparece con una botella de agua, que Tristán recoge agradecido mientras se despiden y cierran de nuevo.

—Laia, ¿cómo te encuentras? ¿En qué puedo ayudarte? —me pregunta angustiado Tristán.

No soy capaz de responderle. He leído tanto sobre el shock postraumático de los militares después de una batalla, y sin embargo soy incapaz de entender que yo misma he sufrido un choque directo.

Esas imágenes me han revuelto por completo.

Me han roto y descompuesto. No soy capaz de asimilar lo que ha ocurrido.

Solo puedo atraer preguntas a mi mente…, pero por qué, cómo…

y desde cuándo… Me duele, me duele mucho. Pienso en Gael… Pobre Gael.

—Laia, por favor… Dime algo…

Sigo sin ser capaz de articular palabra; el escalofrío que he sentido la primera vez al reconocer a Roi en la grabación se ha instaurado en mí y me deja helada.

—Laia, no me asustes… Tú siempre tienes palabras para todo… —Se sitúa a mi altura y me toma la cara con las dos manos suavemente, atrayendo mi mirada desde el vacío—. Necesito saber que estás bien.

Tristán insiste sin obtener respuesta, un mutismo me envuelve e impide que pueda expresarme.

De pronto, sin ser capaz de contenerlo, broto en un llanto imparable, no encierro mi dolor y dejo salir el torrente que emana con fuerza.

Mi sollozo eleva el volumen y se rompe en un quejido casi infantil que desestabiliza mi compostura.

Me siento frágil, vulnerable y sin opciones.

—Oh, Laia… —Tristán recoge mi lamento y me sostiene en un abrazo. Entonces me susurra al oído—. Estoy aquí para lo que necesites. Suéltalo todo, no lo reprimas.

Y, en ese momento, bajo de mi silla y necesito arroparme en la esquina de la estancia.

Me hago un ovillo en el suelo y Tristán me sigue sin soltarme.

Me abrazo fuerte a él, siento su calor, y es lo único que necesito en los próximos minutos.

Tristán me da mi tiempo y se mantiene fiel a mi abrazo, me consuela, acaricia mi espalda y mi cabello.

Y yo puedo sentir algo de refugio acurrucada en su pecho.

Nos quedamos así, sin movernos, mientras quizá pasa media hora… o una hora… No puedo estar segura.

Cuando logro recomponerme, lo primero que me viene a la mente es mi hijo, y aviso a mis padres para que vayan a recoger a Gael y les pido que se quede la tarde con ellos.

Mi madre me nota rara y me pregunta si ha pasado algo.

Necesito digerir la situación antes de explicarles nada y miento.

Le digo a mi madre que ha surgido un imprevisto en el trabajo y que debo permanecer en comisaría.

Aunque, pensándolo bien, no es una mentira.

Mientras yo trato de asimilar la situación en la salita del café, Tristán hace unas llamadas para confirmar las grabaciones y contrastarlas con cámaras cercanas en esa franja horaria.

Tristán regresa a la salita y me comenta que ha avisado al inspector, y que este ha decidido que no se desvele esta información y que lo sepamos el mínimo de personas.

Además, me informa de que deben interrogarlo de inmediato.

Tristán me traslada también que Limán ha sugerido que en unos días no esté presente en comisaría, para no influir en la investigación, y que me ofrece su ayuda para lo que necesite.

Incluso me invita a que me tome unos días y que regrese la semana siguiente al trabajo.

Yo solo soy capaz de responder con monosílabos.

Y me quedo en la salita mientras Tristán acaba de comprobar todo.

Bastante tiempo después, Tristán sigue pendiente de mí.

—Laia, ¿cómo te encuentras? ¿Estás mejor del estómago?

—No sabría decirte —comento mientras agarro con fuerza la taza con la manzanilla.

—Te entiendo y lo siento mucho… ¿A qué hora sale Roi del trabajo?

—Hoy creo que llega tarde a casa. Dijo que tenía una reunión importante.

—Vale, ya se lo comunico a los compañeros. ¿Has avisado a tus padres para que recojan a Gael?

—Sí, ya están avisados.

—Bien, pues vamos a hacer una cosa. No creo que te venga bien irte ahora a tu casa sola. Necesito que recojas tu bolso y te vengas conmigo.

—¿Adónde vamos? ¿Ya nos vamos para casa?

—No, no quisiera llevarte todavía a Vilagarcía. Me gustaría que vinieses conmigo a evadirte de este tema. Podemos comer fuera, yo te invito.

—No quiero estar donde haya gente ni ruido.

—No lo va a haber, Laia, es un lugar donde apenas hay gente. Es tranquilo y está al lado del mar. A ti te encanta el mar. Creo que te va a venir bien.

—No sé… —comento dubitativa.

—Si no te apetece, no lo hacemos, pero quiero estar contigo. Siempre estás pendiente de los demás y hoy quiero cuidar de ti. ¿Confías en mí?

—Confiar me ha llevado a esta situación.

—Lo sé, pero yo no soy Roi. Si no te encuentras bien, te llevo a tu casa de inmediato. Pero déjame intentarlo.

—Está bien… —digo a regañadientes.

Hay una parte de mí a la que no le apetece hacer nada, simplemente ver pasar las horas delante de mí.

Pero otra me anima a luchar por mi hijo y por la situación.

Debo recuperarme antes de encontrarme con Gael.

Así que decido irme con Tristán y aceptar su ofrecimiento.

Aguardo mientras Tristán deja todo listo en el trabajo.

Tengo la suerte de que pocas personas notan que dentro de mí ruge un volcán de lava que quema todas mis ilusiones. Salvo Gregorio, que aparece en la sala para hacerse un café y me ofrece uno.

—¿Seguro que no te apetece? Pues hoy sí parece que te hace falta, menuda cariña tienes. ¿Estás bien?

—No, gracias, es lo que tiene dormir mal con este calor —finjo.

—¡Puf, ni que lo digas! Bertiña tuvo que irse para la terraza, la pobre con la menopausia se asfixiaba… A ver si va cambiando el tiempo de una vez.

—Sí, este tiempo va a acabar con todos —comento con desdén.

—Bueno, filla , voy para dentro, que seguro que me reclaman. —Se despide con la mano y me guiña un ojo.

Tristán remata sus tareas y lo acompaño hasta el aparcamiento.

Agradezco que ese día no haya llevado el coche hasta el trabajo.

Una vez allí, me introduzco en su vehículo mientras él me sostiene la puerta del copiloto.

Durante el trayecto decido dejarme ir y no cuestiono nada de lo que Tristán hace.

Mi cabeza me estalla, así como la lucha interna que tengo queriendo responder a todas las preguntas que me planteo una y otra vez.

Hacemos una parada rápida al lado de una cafetería y, mientras lo espero en el coche, entra en este con unas bolsas que huelen a comida.

Al poco rato cruzamos el puente de la Illa de Arousa y ponemos rumbo a una de las calas remotas de la isla.

Aparca su turismo cerca de unas rocas y me invita a salir del vehículo y a seguirlo.

A unos pasos de la entrada de la cala, se sitúa una finca estrecha y alargada.

Me sorprende que Tristán abre la verja de madera y avanzamos por el terreno.

Al fondo hay una casita pequeña, es blanca con la puerta, las contras y las ventanas en azul claro.

La casa es de piedra, se nota que ha sido reformada.

El jardín está cuidado con esmero, tiene muchas plantas y una buganvilla que preside la puerta.

Es muy bonita, y el contraste del blanco con el azul le proporciona un toque marinero.

—¿Y este sitio? —pregunto sorprendida de este oasis al lado del mar.

—Es mi refugio. —Tristán abre la puerta—. Ven, pasa.

En el interior de la casita se ve un espacio diáfano de doble altura.

Los techos son amplios y con vigas de madera pintadas en blanco.

Hay unas escaleras de madera diminutas que dan paso a la parte superior, donde se asoma una habitación.

El ambiente es muy acogedor, de estilo rústico, que me recuerda a los típicas casas de estilo cottage .

En la planta baja se puede observar un salón muy cálido con vistas a la finca y se asoma una cocina muy coqueta en un lateral.

—¡Qué chulada! —Observo cada detalle—. ¿Es tuya?

—Sí, fue una herencia en vida de mis padres.

Desde pequeño venía a la Illa de Arousa a hacer windsurf y a navegar.

Mis padres compraron esta casita al poco de casarse, cuando era una ruina y a nadie le interesaba venir a esta isla.

La reformaron con el tiempo y acabó dándonos muchas alegrías en verano. Era nuestro desahogo.

—¿Y no siguen viniendo aquí tus padres?

—Cuando mis padres se jubilaron, decidieron irse en una autocaravana a recorrer mundo. Así que empecé a venir yo solo con mis amigos, y acabaron obsequiándome esta maravilla delante de la playa.

—Menudo regalo.

—Siguen viniendo de vez en cuando a comer una churrascada, pero, como ahora se compraron un apartamento en Nigrán, ya no lo hacen tan a menudo.

—Vaya maravilla.

—Por eso quería traerte hoy aquí, Laia. Comeremos en el jardín y, si quieres, podemos darnos un baño en la playa o dar un paseo con los kayaks. O simplemente no hacer nada. Lo que te apetezca.

—Me encanta este lugar. Te agradezco que me hayas traído. Se respira paz y de eso necesito un rato. Quiero llamar a mis padres para que me pongan un momento a Gael, a ver qué tal le ha ido esta mañana en la escuela.

—Vale, voy preparando la mesa en el jardín con la comida. No tengas prisa.