El eco de la niebla Capítulo 10 #4
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Capítulo 10 #4

A los pocos minutos llegamos al destino.

Nos encontramos con una gran verja y dos cariátides justo donde se apoya el cierre.

Pasamos un estanque y una construcción que imita a una gruta y, junto a esta, un puente.

Al fondo se puede ver el pazo. Cerca de esta hay un palomar, una plaza con un empedrado de piedra y una capilla.

Continuamos por el camino cercado por palmeras hasta aparcar el turismo próximo al pazo.

Se trata de un edificio de piedra antiguo con una escalinata doble y una terraza amplia.

Las vistas a la ría desde la entrada del pazo son una delicia.

Nos atiende una joven que está cerca de la puerta y nos invita a seguirla al interior del pazo.

Atravesamos un hall en el que numerosos óleos y tapices antiguos nos reciben.

La mujer nos lleva por un pasillo y en este hay una armadura completa, al fondo un escudo de madera con dos espadas colgadas.

La mujer tuerce su paseo hacia la izquierda y, al final de un vestíbulo, dos puertas de madera en color verde oliva nos dan la entrada a un gran salón.

La madera de nogal es la principal protagonista y colorea las estanterías y vitrinas, así como las mesas auxiliares y de café.

Una enorme lámpara de araña cuelga del techo, y de esta penden numerosos cristales que generan formas circulares que parecen infinitas.

Gustavo Piñeiro está al fondo del salón, de espaldas a nosotros y observando hacia el exterior desde el balcón.

Se gira nada más vernos y se aproxima hasta nuestro encuentro.

Se le ve un hombre bastante avejentado para la edad que tiene.

Un cabello canoso puebla su cabeza, lleva un traje gris con camisa blanca y corbata azul marino. Es muy alto y corpulento.

—Buenos días, somos el subinspector de policía Castro y la psicóloga forense Laia Ramuín.

—Buenos días. —Nos estrecha la mano—. Pueden acomodarse por aquí. —Nos señala unas butacas tapizadas en verde y dorado con flecos.

—Tenemos que hacerle algunas preguntas.

—Ya les he comentado a los otros policías todo lo que sabía. No sé en qué más puedo ayudarlos. —Se encoge de hombros.

—Quisiéramos saber qué tipo de vinculación tenía con Mariña Mallo, aparte de la laboral —comento.

—Mariña era como de la familia. Su marido comía con nosotros algunos domingos, mis hijas la adoraban.

—Si era como de la familia…, ¿por qué no avisó a nadie de que no fue ese lunes a trabajar?

—A Mariña los lunes se le hacían complicados, teníamos una reunión a primera hora de la mañana.

Como tenía el móvil apagado, supuse que a la tarde me avisaría y se disculparía por haberse dormido u olvidado.

De todos modos, cuando su marido me llamó a la tarde ya le dije que no había tenido noticias de ella.

—Ya veo. ¿Alguna vez mantuvo algún tipo de encuentro sexual con Mariña?

—No, ¿por qué iba a hacerlo? —Cruza las piernas—. Ambos tenemos pareja.

—¿Alguna vez había visto a Mariña relacionarse en el plano sentimental con otra persona que no fuera su marido?

—No. —Pone los ojos en blanco.

—¿Y le ha comentado algo acerca de querer estar o verse con otras personas?

—No hablábamos de esos temas.

—¿Ha coincidido con Mariña en alguna fiesta?

—Sí, tanto yo como Mariña tenemos muchos amigos. Coincidíamos en muchos círculos de amistades. Ella era muy querida, era realmente buena en lo suyo, y mucha gente quería tenerla en su empresa.

—Sin embargo, tenía exclusividad con usted.

—No gozaba de exclusividad, pero sí que el asesoramiento completo era en nuestra empresa.

—¿Ha acudido recientemente a alguna fiesta celebrada en la isla de A Toxa?

—Pudiera ser.

—¿Quién lo acompañaba? —pregunta Tristán.

—No creo que sea de su incumbencia.

—Lo cierto es que sí que nos atañe en nuestra investigación —insiste Tristán.

—Pero no tengo por qué revelar ese tipo de información, y menos sin mi abogado delante.

Cuento con una coartada bastante solvente de la noche del asesinato de Mariña, y, si no tienen ninguna pregunta importante más que no tenga que ver con líos de camas, creo que hemos terminado aquí la conversación. Soy un hombre muy ocupado.

—Verá… Agradecemos que nos haya hecho un hueco para recibirnos y contestar alguna pregunta.

Pero usted ha dicho que Mariña era como de la familia —intento calmar las aguas—.

De ser así, supongo que a usted le gustaría que diéramos con la persona que la ha asesinado, y puede que muchas de las respuestas a nuestras preguntas ayuden en la investigación.

—Yo soy el primero que quiero que aparezca esa persona. —Se le percibe tenso—. Pero entenderá que hay temas privados que no voy a responder. Les estoy haciendo el favor de concederles este tiempo por mi amistad con su jefe…

—Está bien, simplemente nos gustaría saber si, en alguna de esas veces que ha acudido a las fiestas de máscaras, ha podido coincidir con Mariña.

—En el caso de que acudiera a esas fiestas de las que habla, la identidad de esas personas no se podría saber. Pues está prohibido revelarla o quitarse la máscara.

—Comprendo.

—Si me disculpan, debo volver a mis negocios. —Nos hace un gesto en el que nos indica el camino de salida a la puerta.

—Gracias por su tiempo —digo estrechándole la mano.

—Hasta luego, buen día. —Se retira de nuevo hacia el balcón.

—Adiós —se despide Tristán.

Nos vamos del pazo con el cuerpo encogido y, una vez que llegamos al vehículo, Tristán me traslada su disconformidad.

—Joder con Piñeiro. ¡Menudo imbécil! —comenta indignado a la vez que arranca el motor y pone rumbo a Ribeira.

—Sí, muy borde y altivo. Pero ya sabes que eso es pura fachada.

—Eso quiere decir que tiene algo que esconder. —Lo acompañan aspavientos con las manos—. Asesinan a tu mano derecha, que lleva la economía de tu empresa, dices que es como de la familia, ¿y ni te inmutas? ¡Anda, no me jodas!

—Calma, ahora es cuando más debemos estar alerta y vigilar sus pasos.

—Tenlo por seguro, no va a ir a cagar sin que yo lo sepa.

—No estás para nada cabreado, ¿eh? —comento con sarcasmo.

—No me gusta este tipo de personas. Tienen todo de tapadillo y se creen los reyes del mambo.

Caen todos a su alrededor y ellos parece que son intocables.

He visto varios como estos en Madrid y me sacan de mis casillas.

Son como los políticos, al final te hacen siempre perder el tiempo y no obtienes nada en claro.

No sé qué coño pinta el jefe con este personaje.

—Es una buena pieza, pero debemos estar pendientes para coger a Piñeiro en un renuncio y así intentar que cante.

—Va a acabar cantando.

Al llegar a la comisaría continuamos buscando indicios que relacionen a Piñeiro y su negocio con el asesinato de Mariña.

Yo redacto un informe sobre el encuentro y sobre el perfil de Gustavo Piñeiro, comento su ambigüedad y su perfil narcisista.

Reflejo que hay algo que no nos muestra y que tiene miedo de ser revelado.

Al llegar a casa, el dolor de cabeza se ha venido conmigo, no me da tregua y me escolta.

Mi malestar sigue latente, al igual que el ambiente cargado de calor y humedad.

Me paso la tarde haciendo viajes de la piscina a la tumbona.

Otra noche de nuevo sin conciliar el sueño.

El jueves por la mañana tenemos bastante trabajo en la comisaría.

Yo debo recapitular e intentar moldear los intereses del asesino.

Recuerdo que necesito hacer otra visita a Iago Balboa para que me ayude con la parte de la historia en la isla de Noro.

Se lo recuerdo a Tristán y fijamos una cita para la semana siguiente, pues me comenta el jefe que el viernes no haría falta acudir al trabajo.

Al final de la mañana, Tristán se acerca a mi mesa.

—Ven, Laia. Acaban de encontrar por fin unas imágenes del Parador de Cambados.

—Voy —respondo.

Me levanto de un salto de la silla y sigo a Tristán hasta una sala de visionado y escuchas, donde un agente nos espera frente a unas pantallas.

—Buenos días —saludo al entrar.

—Buenos días —responde el agente sentado frente al ordenador—, voy a buscar el minuto exacto de la grabación de finales de mayo.

—¿De qué día son, Jiménez? —pregunta Tristán.

—Eh… Espere que le diga… Son del domingo 24 de mayo, por la tarde. Déjenme que busque el momento exacto de la entrada. Tengo varias cámaras que recogen ese instante.

En la imagen aparece un coche deportivo oscuro, del que no logro ver bien el modelo, que estaciona en el aparcamiento del parador.

Del asiento del copiloto sale una mujer que se intuye que es Mariña, y del asiento del piloto, la figura de un hombre bastante alto.

Él se acerca a ella, la abraza y la besa.

Se aproximan a la entrada del parador y la imagen cambia de perspectiva, pues otra cámara capta el momento de una forma más nítida.

Se los ve de espaldas, subiendo las escaleras de la entrada, y poco después el plano vuelve a cambiar y la imagen se posiciona de frente a ellos en la recepción.

Entonces abro los ojos para distinguir bien lo que me parece que acabo de ver, mi corazón palpita muy rápido y un escalofrío recorre mi cuerpo y se sitúa en mi nuca rápidamente.

Me falta el aire y comienzo a marearme, no consigo estabilizarme, y entonces un vómito sale despedido de mi cuerpo sin que pueda controlarlo y pongo los asientos todos perdidos.

—¿Estás bien, Laia? —pregunta Tristán sujetándome y preocupado.

—Es Roi. —Logro incorporarme, vuelvo a observar la imagen y una lágrima recorre mi mejilla.

—¿Cómo que es Roi? ¿Te encuentras mal y quieres que llame a Roi?

—No —me recompongo y lo corrijo—, el acompañante de Mariña es Roi, mi marido.