El eco de la niebla Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

Al día siguiente, me acerco a Santiago de Compostela en tren.

Las clases acabarán antes, a media tarde, y eso me permitirá regresar a casa y descansar.

Mi cansancio me acompaña y, en varias de las clases que imparto, se dificulta mi concentración.

Al mediodía no me apetece mucho comer y me tomo algo ligero que cojo en la cafetería de al lado.

Por la tarde, antes de terminar con mi última intervención, les pongo un acertijo a mis alumnos. Les enseño una imagen del caso del «asesino de las orquídeas»; la fotografía que les muestro es un plano detalle de la víctima fallecida con la boca colmada de las flores blancas de la orquídea.

—Me gustaría saber qué harían si se encuentran con este patrón. Es decir, si encuentran un segundo asesinato en el que el modus operandi es exactamente igual al cometido en el crimen anterior. ¿Pensarían que están ante un asesino en serie?

—¿Todo es igual? —pregunta un alumno muy joven.

—Sí, la escena es una réplica de la anterior, pero en otra ubicación.

—Entonces sí —responde el muchacho.

—Pues sería muy precipitado y osado por su parte pensar eso sin pruebas tangibles.

Es decir, si ustedes son los policías que investigan el suceso y están ante una escena similar o igual, lo primero que deben hacer después de acordonar la zona es recopilar todas las pruebas físicas que hay en el entorno.

Y solo tras analizarlas sacar una conclusión.

Pues muchas veces se trata de un imitador.

Por otro lado, tienen que deducir un perfil fijándose en el escenario y en la víctima.

A menudo, aquello que damos por semejante es muy diferente.

Por ejemplo, en este caso, se había hecho una variación, y era tan pequeña e imperceptible que pasaba por alto para todos, pero esa modificación dio respuesta a todo.

—¿Es el caso del «asesino de las orquídeas» que aparece en su último libro?

—Exactamente, en ese libro desgrané todas las claves que empleé junto a la policía para atrapar a la persona que estaba detrás de este caso que fue tan sonado.

Por lo tanto, recuerden: no deben dar nada por sentado, y sepan que siempre las pruebas que rodean a las víctimas acaban hablando de un modo u otro.

Al rematar mi último seminario, se acerca de nuevo Xoel Canteiro, el alumno que conocía a un amigo que sabía algo del caso de Manuela. Al verlo llegar, dejo de recoger mi mesa y le presto toda mi atención.

—Me ha encantado esta última clase, menudo recuerdo haber leído su libro sobre este caso, es muy interesante y enrevesado.

—Para que vean que no siempre se ponen las cosas fáciles.

—Por cierto, al final el hermano de mi compañera ha testificado esta tarde.

—Ah, ¿sí?

—Sí, al ver que Mariña se sumaba a la ecuación, ha decidido acudir por si pudiera aportar alguna pista.

—Me parece muy bien —asiento.

—Sí, espero que sirva de ayuda.

—Yo también.

—Que tenga unas buenas vacaciones.

—Igualmente.

Tras despedirme de él, y mientras espero mi tren de regreso, decido llamar a Tristán para ver si sabe algo del tema. Descuelga el teléfono rápidamente y me pone al día:

—Sí, se acercó a la comisaría de Compostela y los compañeros le tomaron declaración hace justo un par de horas.

—¿Y qué dijo? —pregunto intrigada.

—Déjame que lo compruebe en el ordenador…

Dame un minuto. —Se escucha teclear durante un instante—.

Aquí está… A ver, que leo… Dijo que había visto a Manuela subir a la última planta con un hombre que llevaba una máscara de lobo mientras él salía a fumar a una de las terrazas cercanas a las escaleras.

Y que parecía que la forzaba, pues Manuela intentó zafarse de la máscara mientras gritaba: «No hay suficiente dinero que lo pague, no voy a hacerlo».

Al quedar su cara expuesta, el testigo la reconoció, y el hombre de la máscara de lobo la agarró por el brazo y le dijo algo inaudible por el testigo mientras la llevaba hasta el ático.

—¿Y de cuándo es la fecha de ese acontecimiento?

—Pues concuerda con el mismo día que la asesinaron.

—¿Y por qué no ha querido testificar antes?

—Dice aquí que el testigo temía que se descubriese que estaba relacionado con la persona a la que acompañaba y que así se desvelase su tendencia sexual.

—¿Y a quién acompañaba?

—Dame un segundo, que siga leyendo… «El testigo afirma que acudió en varias ocasiones y siempre con la misma persona, con la cual mantenía una relación sexual y sentimental. Se trata de Duarte Aguiar».

—Ahí lo tienes, ahora todo coincide.

—Por eso el doctor Aguiar nos dejó con esa incógnita que tú ya te olías.

—Exactamente. Pues entonces ya tenemos dos testimonios que sitúan al lobo en la noche de los asesinatos. ¿Supisteis algo de la dirección de la mansión que nos pasó Louzao?

—La mansión no está a nombre de una persona. El patrimonio pertenece a una fundación.

—Entonces ¿no tiene propietarios? —pregunto.

—Al ser una fundación no hay socios ni partícipes ni nada. Sus bienes se destinan al cumplimento de sus fines y, al ser una entidad sin ánimo de lucro, al menos el setenta por ciento de sus beneficios se dirigen a actividades fundacionales.

—¡Joder! —exclamo hastiada—. Parece que damos un paso para delante y dos para atrás.

—Ya te digo.

—¿Y cuáles son las funciones de la fundación?

—Se llama Fundación Amigos do Salnés. Presta ayuda a familias con riesgo de exclusión social, a familias con hijos adoptados y a personas en situación de vulnerabilidad.

—Estamos bien, pues tenemos que dar con la persona detrás de todo esto.

—Intentaremos estos días conseguir información acerca de la vinculación de la mansión de A Toxa con la fundación.

—A ver si sale algo. ¿Cómo quedamos mañana?

—Iremos a ver a Gustavo Piñeiro, el dueño de las conservas, en Vilanova. Allí tiene el pazo. Si te parece bien, te paso a buscar a casa a eso de las nueve y media para estar allí antes de las diez.

—Perfecto. ¡Nos vemos mañana! —me despido.

—¡Hasta mañana!

Esa noche decidimos dormir con la ventana abierta, pues el calor es insoportable, ni una mísera brisa acompaña nuestra noche, y de nuevo me cuesta conseguir alcanzar el sueño.

El miércoles por la mañana, las temperaturas son altas y la humedad se adueña de esa sensación pegajosa.

Mi dolor de cabeza no cesa, así como mi cansancio.

Decido tomarme un café y prescindir de un desayuno al uso.

Una tostada con aceite es lo único que consigo llevarme a la boca.

Agradezco que esa mañana Roi acompañe a Gael hasta la escuela de verano.

Así yo aprovecho esa media hora mientras Tristán me viene a recoger para entretenerme buscando información del dueño de las Conservas Piñeiro.

Me encuentro con varias noticias de eventos en los que Gustavo Piñeiro es la imagen.

Han hecho patrocinios relacionados con regatas y equipos de fútbol.

Es complicado encontrar una imagen nítida de él.

Averiguo que tiene cincuenta y cinco años y tres hijos, y que una de las hijas trabaja codo con codo con él en la fábrica y es la cara visible de la imagen de la marca.

Desde que la hija ha entrado en el negocio, han elevado sus conservas a un nivel más gourmet.

Existen muchas noticias de personalidades y celebridades de todo el mundo recomendando sus conservas.

Se sirven con un packaging muy original, que recuerda a los envases antiguos, y ofrecen estuches combinados con los mejores vinos, como el de Bodegas Louzao.

Aunque este negocio de delicatessen sitúe a la marca en un punto muy alto, la fama del narcotráfico los vincula de lleno.

De pronto, mi teléfono suena y, al ver que es Tristán, me preparo para salir a su encuentro e irme con él hasta el pazo.

—Buenos días. ¿Qué tal estás hoy, mejor? —Me recibe con su tierna sonrisa y su mirada ineludible.

—Regular. Mientras este tiempo no cambie y no logre dormir mejor, pienso que esta sensación me va a perseguir.

—Creo que cambia para el fin de semana.

—Ojalá sea cierto. ¿Sabes llegar al pazo de Boavista?

—Sí. Me ha estado explicando el jefe; por lo visto, lo registraron en dos ocasiones, una de ellas en una operación de narcotráfico de la que Piñeiro acabó saliendo indemne.

Me dijo que tenía hasta tres cajas fuertes, una de las cuales estaba en una c ámara acorazada, que hacía las veces de habitación del pánico.

—Las conservas no dan para tanto —comento.

—¡Y tanto que no! Resulta que el pazo es del siglo XVIII y tiene casi cuarenta mil metros, y cerca de dos hectáreas y media las emplean para el cultivo.

Posteriormente, dejan envejecer el vino en medio del mar.

La mayoría son para consumo propio o para regalar a los conocidos.

Pero algunas de esas botellas se venden por auténticas barbaridades de dinero.

—Yo siempre lo vi desde fuera, la verdad es que parece grande, pero no tanto.

—Ya ves, tengo entendido que hicieron una reforma en los años ochenta y rehicieron muchas zonas que tenían mucha historia.

—En Galicia y en esa época solía pasar mucho. Se hacían auténticas atrocidades que atentaban contra el patrimonio cultural.

—Lo más sorprendente de todo esto es que me he enterado de que nuestro jefe es el padrino de una de las hijas de Piñeiro.

—¿Quién? ¿Limán? —Me muestro sorprendida—. No tenía ni idea.

—Ya ves.