El eco de la niebla Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—Mucho gozo y perversión. Los pazos o mansiones que se escogen suelen disponer de tres plantas.

Cuanto más subes, más oscuro es el deseo.

Existen minisalas que puedes reservar con muchas puertas en su interior y que te llevan al estilo que más practiques.

Hay estructuras fijas para amordazar, grilletes, velas, columpios, cruces y demás artilugios para los más sádicos.

—Le da una calada a su puro—. Si prefieres algo más austero, como en mi caso, existen salas en las que la oscuridad apremia; puedes quitarte la máscara y aun así no conoces a tu acompañante.

También otras donde eres observado y no sabes por quién.

Se puede encontrar de todo… Yo no llegué a conocer todas esas salas, pero están en las plantas superiores.

—¿Y el lobo siempre está en esa planta?

—Depende de la villa o pazo que toque en esa ocasión, pero suelen tener una última planta reservada para él. Se pasea por todas y a mí siempre me saluda, así que debe de conocerme, o le caigo bien, porque me invita a esas salas.

—¿Y él cómo es?, ¿alto, bajo…? —pregunto mientras le doy un sorbo a lo que queda de mi manzanilla.

—Se podría decir que es alto y corpulento, y las veces que lo he visto desnudo luce un torso muy fuerte y definido. —Exhala una humareda que se volatiliza en el techo—. Se nota que es una persona que hace deporte.

—¿Tiene alguna marca identificativa, mancha o lunar?

—No sabría decirles.

—¿Y alguna vez ha visto a Mariña con el lobo?

—Sí, en los dos últimos meses en varias ocasiones. Pero la invitaba al ático o parte superior, allí siempre suele haber una última planta. Está custodiada por varios hombres y el acceso es solo para el lobo.

—¿Sabe si el lobo también coincidió con Manuela?

—En una ocasión, Manuela se sentía indispuesta, y el lobo nos facilitó una sala donde un médico pudo atenderla. —Juega con su habano—. Sé que alguna vez coincidieron en algunos de los encuentros, pero no puedo decirles mucho más.

—¿Cuándo ha sido la última vez que ha visto a Mariña?

—Yo creo que fue en la última fiesta que estuve. Déjeme que mire el calendario… —Saca su teléfono del bolsillo y tras ojearlo durante unos segundos comenta—: El sábado 13.

—¿Está seguro? —pregunta Tristán asombrado.

—Sí, sí, seguro. —Comprueba su teléfono.

—¿Y qué fue lo último que recuerda?

—Pues que subía las escaleras al ático de la mano del lobo. Esa es la última planta, no accede cualquiera. No puedo decirles mucho más, porque yo al poco me marché para casa, estaba muy cansado. Paré a echar gasolina y me vine para el pazo. Tenía visita de familiares en casa y debía volver pronto.

—Necesitamos saber cuándo se va a celebrar la próxima fiesta y dónde —insisto.

—Les puedo pasar la dirección de donde se ha hecho la última fiesta, pero ya les insisto en que son ubicaciones itinerantes. Tampoco puedo decirles cuándo será. Como bien les he indicado, a esas fiestas accedes por invitación, y no sabes cuándo la vas a recibir.

—Pues facilítenos la dirección de la última ubicación, por favor —solicita Tristán.

—Déjenme ver… —Louzao se acerca a una mesa de escritorio y rebusca en su teléfono; después, escribe en un papel que nos entrega—. Tomen, esta es la dirección.

—Una última pregunta: ¿de qué animal es su máscara?

—Es un ciervo, el símbolo de la familia.

—Nos lo imaginábamos. Gracias, si necesitamos más información, acudiremos a usted —termino.

—Claro, sin problema. Si necesitan algo, avísenme.

—Gracias por su tiempo —se despide Tristán.

—Hasta luego, aviso para que los acompañen a la entrada.

—No hace falta, sabemos el camino de vuelta —apunto.

Regresamos y nos introducimos en el vehículo de Tristán. Mientras él conduce de camino a la comisaría, aprovechamos el trayecto para ir conversando acerca de nuestro encuentro con Louzao.

—Bueno, parece que tenemos algo por fin. —Tristán se alegra—. ¿Qué te ha parecido?

—Pues pienso, y espero no equivocarme, que Louzao no tiene mucho que ver con el asesinato de Manuela o Mariña.

—A mí también me ha dado esa sensación.

—Aunque él no lo reconozca, debía de estar preocupado por Manuela y sentir algo más.

Pero sus principios no le dejaban sacar a relucir esos sentimientos.

Pienso que, detrás de esa fachada de un hombre adinerado, conservador y con gustos sumamente elitistas, se esconde una persona con una gran sensibilidad y con ideas progresistas.

—Ah, ¿sí? —Tristán se sorprende—. ¿Por qué lo dices?

—Por varios detalles. No sé si te has fijado, pero la música que ha puesto de fondo pertenece a uno de los compositores más vanguardistas del Romanticismo.

Se lo conocía por ser un revolucionario.

Muchas obras, como el famoso «Claro de luna», eran nanas creadas para su hija fallecida.

Su música era muy relajante; de hecho, cuando tenía que estudiar, a menudo ponía Debussy, pues me llevaba a la calma.

—No sabía que controlases tanto de música clásica.

—Tuve la suerte de que en mi casa siempre se apreció la música. Me gusta disfrutar de una buena obra. Ojalá me hubiera dado por aprender a tocar un instrumento como hizo mi padre. Pero menos mal que esas inquietudes las heredó Gael.

—Ya veo.

—Por otra banda, Louzao atiende a gustos muy sibaritas como el brandy añejo, los puros, las marcas de ropa…

Tiene además una colección de libros y arte envidiable.

Y no hablemos del piano que había en la sala de música.

Pero lo que más me ha llamado la atención han sido dos cuadros que estaban cerca del escritorio.

—¿Cuáles? ¿Las fotos en las que él tocaba el piano en un palacio de la música?

—No, igual no los veías desde donde estabas sentado, pero me refiero al cuadro que había de Lugrís y al de Castelao.

—Ah, desde mi ángulo no los veía.

—Lugrís destacaba por esa sensibilidad innata y fue un creador excepcional de mundos mágicos con temáticas marinas.

Louzao tenía uno de esos cuadros con los peces tan característicos.

Y de Castelao, ya todos sabemos su gran aportación para Galicia.

Louzao tenía justo encima del escritorio la mítica portada que dibujara para el periódico Nós .

—Caray, no le pega nada. Es muy curioso, pues tiene los gustos de una persona del siglo pasado y se mueve en círcu­l­os de amistades muy poderosas y de políticos bastante conservadores.

—Sí, pero quizá atienda a una continuación familiar.

Pues sus ascendentes siempre han sido de alto abolengo y se han codeado con ese tipo de personas, que en la actualidad él ha querido mantener por costumbre o bien para ayudar a su negocios.

Ten en cuenta que se encuentra en una posición de mucha influencia, y todas esas vinculaciones le interesa mantenerlas.

—Es cierto. ¿Y todo eso te ha dado para pensar que es inocente?

—No solo eso, ya desarrollaré el perfil más detalladamente en el informe. Pero pienso que es una suma de varios detalles importantes.

—¿Y qué opinas de lo de Mariña?

—Pues que fue uno de los testigos principales y de las últimas personas que habría visto a Mariña con vida.

Tenemos que dar con el lobo ese, a ver si con la dirección de la mansión obtuviéramos algún dato de su dueño.

Pero atiende a la perfección al perfil del asesino.

Lo ubica en una situación de poder, mediante la cual puede estar ejerciendo alguna práctica que reclama de nuestras víctimas.

—Ahora mismo le voy a pasar al jefe la dirección para que el equipo la investigue. —Tristán apunta algo en su teléfono.

—¿Y habéis encontrado algo en las cámaras del Parador de Cambados? Ahí tendremos al que iba de búho.

—De momento siguen revisando minuciosamente día por día.

Cuando tengan algo te avisaré. Por cierto, el miércoles tendremos la reunión con el dueño de Conservas Piñeiro.

Es uno de los patrocinadores principales de la feria gastronómica que comienza la semana que viene, y a partir de julio va a estar bastante ocupado, así que debemos aprovechar ese hueco que nos ha conseguido para intentar sacarle la mayor información.

—Comprendo.

—¿Hasta cuando tienes que estar en la USC?

—Mañana es mi penúltimo día de clases. Ya he estado adelantando toda la burocracia de fin de curso y a partir de la semana que viene ya estaré libre.

—Genial.

En la comisaría redacto informes sobre el encuentro que mantuvimos con Louzao y desarrollo el perfil de este.

Me mantengo toda la mañana ocupada hasta la hora de ir a recoger a Gael.

Aprovecho la llegada de Roi para echarme una siesta mientras ellos se dan un baño en la piscina.

Al despertarme de la siesta, ya ha pasado la mitad de la tarde y agradezco que me hayan dejado descansar.

Me acerco hasta la piscina, donde ellos siguen divirtiéndose.

—Mira, mami, ¡ya buceo! —Gael está muy gracioso con sus gafas nuevas.

—Qué bien lo haces, cariño.

—¿Cómo estás, Laia? ¿Te ha sentado bien la siesta?

—La verdad es que sí, lo necesitaba. ¿Y tú?

—Voy tirando. Aquí, la importante eres tú, tanto trabajo y tan poco tiempo para ti no te está ayudando.

—No es más de lo que suelo tener cuando tengo un caso.

—Sí, pero estás pendiente de Gael, de mí, de todos…

—No es para tanto.

—Ya, pero, aunque bajes un poco el ritmo, no pasa nada.

—Lo sé, ¿qué eres ahora tú, mi médico?

—Ni mucho menos, te quiero y me preocupo por ti.

—Gracias. —Se acerca a mí y me da un beso—. ¿Os apetece que os prepare la merienda?

—Sí, mami.

—Gael, debes de tener los dedos arrugados de tanto baño. Estate un poco al sol, que te eche papá la crema, y ponte el sombrero. Mientras te secas te preparo un bocadillo pequeño y melón con jamón.

—Vale, mami —comenta mientras sale de la piscina y se aproxima a la tumbona dejando sus huellas mojadas por las baldosas.

Rematamos la tarde deseando que bajen las temperaturas y que mi dolor de cabeza y mi malestar desaparezcan.