El eco de la niebla Capítulo 10
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Capítulo 10

Me cuesta horrores dormir esta noche, el calor que se siente no me deja conciliar el sueño.

Doy vueltas y más vueltas en la cama. A pesar de las elevadas temperaturas, me resisto a dormir sin sábanas, siempre me cobijo en ellas, independientemente de los grados que haga fuera.

Necesito sentir el abrigo de la tela rozando mi cuerpo.

Y esta noche no es la más placentera para sentir ese refugio de algodón.

El bochorno y la humedad han decidido instaurarse estos días en Galicia; según los informativos, las temperaturas rozarán los cuarenta grados y darán paso a unas noches tropicales.

Desde pequeña siempre odié la humedad que acompaña nuestra tierra.

Ya fuera en invierno o en verano, la humedad no ayuda a sobrellevar las temperaturas gallegas.

He leído que en los países nórdicos existe en su vocabulario numerosas formas de denominar la nieve y sus variantes.

Lo mismo sucede en Galicia: existen decenas de palabras que designan nuestra lluvia.

Y, esa mañana, justo despierta el día con orballo, es decir, con una lluvia menuda y de poca duración.

Hasta que no descargue por completo, el ambiente seguirá siendo húmedo y con un calor insoportable.

A la tarde se supone que va a abrir, pero esa sensación de bochorno queda latente.

Roi y yo decidimos que, para poder conciliar, y hasta que yo no esté de vacaciones, nuestro hijo asistirá por las mañanas a una escuela de verano con una metodología muy reconocida, que le permitirá a Gael adquirir sus aprendizajes mediante el juego y la experimentación.

Así que me tomo mi desayuno con más calma y decido repasar mis anotaciones antes de nuestra reunión con Breixo Louzao.

Debo ser muy concisa a la hora de extraerle la información, pues Louzao sabe perfectamente adónde dirigir sus conversaciones y cómo salir indemne de ellas.

Al salir de casa, Tristán ya está con su turismo esperándome en la entrada.

Me subo a este, y ponemos rumbo al pazo de Louzao.

Al entrar en las bodegas, de nuevo el camino rodeado de vegetación nos guía hasta el aparcamiento.

Continuamos andando hasta la entrada del pazo, y una asistenta nos da la bienvenida y nos manda esperar en una sala contigua a la biblioteca.

—Esperen aquí, en la sala de música. Pronto llegará el señor de su vuelo y los recibirá. ¿Les apetece un té o café?

—Una manzanilla, por favor; últimamente tengo el estómago revuelto —comento.

—Yo un descafeinado, gracias —apunta Tristán.

Se marcha la asistenta y nos cierra la puerta, aquello parece más un museo que una habitación privada de una casa.

Un piano de cola Steinway preside la sala; se ve que es una edición antigua, pero muy bien cuidada.

Los grandes ventanales iluminan las paredes, que están forradas con un papel con motivos florales y de pequeños animales en tonos vainilla.

Hay un par de retratos familiares con diferentes instrumentos.

Nos sentamos en una de las butacas que se encuentran en los laterales cerca de la pared.

Están dispuestas de tal modo que, si un concierto invadiese la sala, permitiría escucharlo y visualizarlo sin perder detalle.

De nuevo, la asistenta aparece y coloca una bandeja plateada sobre una mesita de bronce y cristal.

En la bandeja reposa una vajilla de porcelana antigua con el filo dorado y con motivos campestres.

Unas galletas crumbl cookies de diferentes sabores acompañan las bebidas.

—Laia, ¿te encuentras mal? —Tristán me alcanza la manzanilla.

—Ando con el estómago un poco revuelto y esta noche he dormido mal con el calor. Se me pegaban las sábanas con el sudor. No sé si tendré un virus porque mi marido también está fatal. El año pasado, mientras Gael estaba en el cole, los pillamos todos. Tengo así como mal cuerpo.

—Espero que no sea nada. Te entiendo, yo odio dormir con calor. Me encanta taparme hasta las cejas y ayer me costó conciliar el sueño. Creo que va a venir así toda la semana.

—Sí, me temo que sí.

—¿Quieres una? —Me ofrece el plato lleno de galletas.

—No, gracias. Tienen muy buena pinta, pero no me entran.

—Yo voy a probar una de estas de pistacho a ver qué tal… —Le da un mordisco y asiente—. Jolín, están riquísimas.

—Aprovecha mientras no viene Louzao, que, por cierto, a ver si no se retrasa mucho.

Al poco rato aparece de nuevo la asistenta.

—El señor ha llegado, los atenderá en cinco minutos.

—Gracias. —Tristán le da un bocado a otra galleta.

La asistenta desaparece por la puerta y por lo bajo me apunta Tristán:

—A mí eso de «el señor»… me parece tan anacrónico. —Niega con la cabeza.

—Totalmente…, y la ropa del servicio ya ni te cuento, parece que estamos en el medievo.

Se abren las puertas y Breixo Louzao entra en la sala de música.

Lleva el pelo igual de repeinado que la última vez, pero en esta ocasión unas gafas redondas de ver acompañan su atuendo.

Va vestido con un polo en tono burdeos y un pantalón azul marino, y unas esparteñas a juego con el polo adornan sus pies.

Breixo Louzao se abre paso hasta nosotros, nos da la mano, a la vez que nos desea los buenos días y se disculpa por el retraso.

Se acerca a una estantería próxima a donde nos situamos.

—Me permiten un momento…

Louzao acciona un tocadiscos, y la música de Debussy con su «Rêverie» suena en toda la sala.

El sonido es inmejorable, la acústica me parece sumamente envolvente y relajante.

Breixo Louzao saca de una vitrina una caja de madera y cristal con unos puros que nos ofrece y los cuales rechazamos.

Extrae del bolsillo una caja dorada de cerillas alargadas y quema su Cohiba, que va encendiendo y succionando con esmero hasta conseguir una humareda uniforme.

—Listo, perdonen. He tenido un viaje muy ajetreado y no he podido parar ni un segundo —comenta mientras toma asiento en uno de los butacones cerca de nosotros.

—Bien, nos gustaría hacerle unas preguntas acerca del caso en el que estamos trabajando. —Tristán deja su taza de café en la bandeja.

—Sí, claro, díganme.

—¿De qué conoce a Mariña Mallo? —pregunta Tristán.

—Mariña llevó las cuentas de la bodega cuando yo heredé el negocio, y lo cierto es que me ayudó mucho a impulsar la empresa.

—¿Tenían una relación estrecha? —pregunto.

—En aquella época acabamos estando juntos. Pero actualmente era una relación de mera amistad. —Sus pies se mueven con ligereza al ritmo de la música.

—¿Quiere decir que en el pasado fueron pareja? —continúo.

—Sí, algo así. Supongo que ella quería algo de mí que no podía darle, más estabilidad. Y aquello no cuajó y nos afectó en lo laboral. Acabó yéndose a trabajar con los de Conservas Piñeiro. —Se rasca la nuca—. Ya les dije que no soy hombre de una sola mujer…

—¿De hace cuánto tiempo estamos hablando? —interrumpe Tristán.

—Uy… Ya hace… Fue antes de que se casara, cuando estaba conociendo a su marido.

—¿Y en la actualidad se veían? —Tristán toma anotaciones en su libreta.

—En la actualidad tenemos coincidido en un par de eventos y celebraciones.

—¿Y qué me dice de esas fiestas de las que nos ha hablado? —pregunto.

—En esas fiestas todo el mundo lleva una máscara, así que, a menos que fuera tu acompañante, difícilmente podrías saber quién era la persona con la que estabas.

—Le pega una calada a su habano—. Pero he de admitir que yo la había reconocido en esos eventos.

Mariña tenía un tatuaje que para mí no pasaba inadvertido.

—Entonces ¿tuvo encuentros sexuales con ella en esas fiestas? —pregunta Tristán.

—La mayoría de las veces que reconocí a Mariña, estaba acompañada por un hombre —juguetea con la caja de las cerillas—, pero últimamente venía sola, y casi siempre acababa con la misma persona.

—Pero ¿se acostó con ella o no? —Tristán se impacienta.

—Con ella y con más personas —sonríe torciendo la boca—, nunca estuve con ella a solas. Casi siempre nos coincidía en una de las salas donde los deseos carnales eran compartidos.

Aparece la asistenta con una bandeja de plata pequeña, sobre la que se sostiene una licorera tintineante de cristal y, en su interior, se observa lo que parece un brandy. Coloca el vaso en la mesita auxiliar cercana a Louzao y lo llena con el líquido.

—¿No es un poco pronto? —comenta sorprendido el sub­inspector.

—Debido a mi jet lag, y como todavía no me he acostado, diría que es un poco tarde. —Agradece con la mano a la asistenta y esta se marcha por la puerta.

—¿Puede darnos algún tipo de descripción acerca de la persona que acompañaba a Mariña a las fiestas? —interrumpo.

—Poco podría decirles. Llevaba el mismo traje que todos y no me fijé en él cuando estaba desnudo, y mucho menos si había algo reseñable. Pero sé que tenía una máscara de búho.

—¿Y la otra persona con la que se veía últimamente Mariña en las fiestas?

—Pues de la otra ni yo ni nadie sabemos mucho. Es el lobo, todos lo tratan con mucho respeto. Se dice que es el dueño de las mansiones y quien organiza las fiestas. Las veces que he coincidido con él ha sido para invitarme a algunas salas más especiales, donde no encuentras aquello más común.

—¿Qué quiere decir? —me intriga.

—Digamos que todo lo que quieras imaginarte lo puedes conseguir allí.

—Debe ser más concreto —insisto—. ¿Hay menores en estas fiestas?

—No, eso está prohibido. —Pone cara de hastío—. Lo sé porque una vez se intentó colar la pareja de un invitado que era una adolescente y los expulsaron a los dos de inmediato.

—¿Qué sucedía en esas salas? —pregunta Castro.