El eco de la niebla Capítulo 9 #4
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Capítulo 9 #4

—Y después vacaciones. —Gael agita sus manos de felicidad.

—Sí, mi vida. Te espero abajo, que estoy terminando de hacer tus tortitas.

—Vale, mami. —Me da un beso en la mejilla.

Entre tareas de casa, recados y trabajar en el caso, la mañana no me ha llegado a nada.

Comemos temprano y llevamos a nuestro hijo al auditorio.

Roi y yo nos quedamos cerca hasta casi las siete de la tarde, hora en la que comienza a llegar la gente a ver la actuación.

Antes de que abran las puertas, le doy un bocadillo a Gael y le deseo suerte en su interpretación.

Al poco rato, mis padres y Aroa se juntan con nosotros en los asientos que les tenemos reservados.

Las actuaciones dan comienzo, y agradecemos que la audición de Gael sea una de las primeras.

Él actúa tanto en la orquesta principal como en un dúo que hace junto a un pianista acompañante.

Interpretan una marcha sencilla, y a Gael no le tiembla el pulso.

Mi orgullo acaba elevándome del asiento al grito de «¡Bravo!

» y uniéndome junto al público en un gran aplauso.

Me siento pletórica y orgullosa a más no poder de mi pequeño.

Si hubiera fallado, él sabía que debía continuar y que todos lo querríamos igual.

Al finalizar el día, tal y como le había prometido a Gael, nos reunimos en el restaurante italiano para celebrarlo.

Lo pasamos estupendamente, pues mi padre cuenta un montón de anécdotas graciosas de su trabajo, y Aroa nos ameniza con sus chistes la velada.

Estoy agradecida con el mundo, los veo uno a uno mientras pienso en lo afortunada que soy de rodearme de aquellos a los que quiero y de gozar de salud para poder disfrutar de los míos.

Nos vamos para casa todos exhaustos por el día, pero muy felices.

Al día siguiente, despierto temprano y preparo todo para nuestro viaje mientras Roi elabora nuestro desayuno.

Termino de maquillarme y vestirme. Estreno un vestido verde esmeralda que no me había puesto hasta el momento, quizá porque siempre consideré que es demasiado ceñido, pero hoy me apetece desempolvarlo del cajón.

—Estás guapísima, Laia. Ese vestido te queda increíble.

—Gracias, cariño —le doy un beso en los labios—, tú también lo estás con ese traje.

—¿Y yo? —pregunta Gael.

—Tú el que más, mi vida —comento.

En menos de una hora llegamos a nuestro destino, Noia.

La familia de Roi es muy conocida en Noia.

Su abuelo tenía un bufete de abogados de mucho renombre que luego heredó su padre.

Y su madre fue propietaria de una farmacia del centro de la villa.

La casa donde viven mis suegros es una casona de piedra típica de Galicia con unas vistas estupendas a la entrada de la ría.

Su jardín es precioso y está muy bien cuidado, y en él hay un hórreo antiguo al lado de unos naranjos centenarios.

Se alegran mucho de vernos, y a mí me encanta siempre reencontrarme con su familia, pues me tratan como a una hija más.

Ver cómo disfruta Gael junto con sus otros abuelos, sus tíos y sus primos es una gozada.

El primer día degustamos unos platos increíbles con el mejor marisco de la ría.

Bailamos y nos entretenemos con una sesión de karaoke mientras los pequeños corretean por el jardín.

Y, como cierre, el último día después de pasear por el pueblo con mis suegros, nos damos un baño en su piscina y echamos una partida a las cartas en la sombra y, al finalizar el día, nos ponemos rumbo a nuestro hogar.

—Tenéis que volver pronto —comenta mi suegra.

—Sí, y venid vosotros por Vilagarcía más a menudo, que también tenemos piscina y ahora en verano se está muy bien —replica Roi.

—Gracias por venir. —Mi suegro me da un beso.

—Nos vemos pronto, mi amorcito. —Se despide mi suegra de mi hijo con lágrimas en los ojos.

—Laia, suerte con el caso ese de las islas… Ya nos comentó Roi que no puedes decir nada, pero no dejes que te consuma —apunta mi suegra.

—Lo siento, no puedo comentar nada de mi trabajo…

—Lo sé, cariño, pero ya estás muy delgada, y como sigas así te quedas en nada.

—Bueno, mamá, ¡no exageres! —interrumpe Roi con vehe­men­cia—. Nos marchamos, ya nos vemos pronto.

Nos despedimos de un fin de semana en el que hemos disfrutado mucho y regresamos a Vilagarcía. Al llegar a casa, llamo por teléfono a Tristán.

—Buenas noches, Laia.

—Buenas noches, Tristán. ¿Qué tal va el caso?

—Pues mal con la prensa, pero bien porque tenemos algunos avances, mañana te comento. ¿Quieres que te recoja yo o ya nos vemos en la comisaría?

—¿Iremos al pazo de Louzao de nuevo o acudirá él a la comisaría?

—En el pazo, porque vendrá sobre las nueve y media directo del aeropuerto de Santiago, que regresa de un viaje de negocios en Buenos Aires, y prefiero cogerlo según llegue.

—Ah, perfecto. Pues como te sea mejor. Si quieres, paso a recogerte y ya vamos directos.

—Venga, hacemos así.

—Perfecto, hasta mañana —me despido.

—Hasta mañana, que tengas una buena noche.