Capítulo 9 #2
—Me encantan los postres de la abuela Lola, ¿y a ti, Gael?
—Sí, pero aún no me comí ninguna porque quemaban.
—Pero ya te comes ahora una antes de irte a dormir, ¿vale, meu amor ? —Acaricio a mi hijo en el cabello y observo que lo que han dicho mis padres es cierto: Gael está creciendo a una velocidad pasmosa. Lo encuentro ya muy mayor, y cada vez sus ojos son más claros.
—Vale, mami.
—Ya dejé todo organizado para estar juntos a mediodía el viernes y centrarnos en disfrutar de la audición de Gael. Y también para poder estar el fin de semana con calma y marcharnos el sábado al aniversario de mis padres.
—Perfecto, yo tengo apartados los regalos, y, como el viernes a la mañana trabajo desde casa, prepararé la comida y la maleta.
—Genial.
—¿Cómo estás? Sigues sin tener buena cara.
—Más o menos, esta semana está siendo dura especialmente. Supongo que, al estar adelantando trabajo para tener el fin de semana libre, me estoy saturando más.
—Será eso. Entonces cenamos y nos vamos todos a dormir temprano.
Y así lo hacemos; nos acostamos pronto, pues al día siguiente yo tengo la entrevista con la amiga de Mariña.
Al llegar a la comisaría, Tristán ya me ha dejado los datos de la amiga encima de mi escritorio.
Se llama Antía y es una amiga inseparable de Mariña desde que eran niñas.
Antía trabaja en la fábrica de Conservas Piñeiro desde hace más de una década.
Madre de una familia numerosa de tres hijos, y mujer de un mecánico, lleva una vida mucho más austera que la de Mariña.
Ambas eran de la misma edad y estaban a punto de pasar los cuarenta ese mismo año.
Aprovecho para recopilar información y preparar mis preguntas hasta que me avisen de que Antía ha llegado.
Sobre las diez de la mañana, acompaño a Tristán a la sala de entrevistas donde ella nos espera.
Al traspasar la puerta, puedo ver a una mujer totalmente abatida.
Antía es muy bella, con el cabello liso y de color chocolate.
Su cuerpo grande y voluminoso está arropado por un vestido largo en tonos coral.
Al contrario que su vestido colorido, su piel se encuentra pálida y acompañada de unas ojeras violáceas en las que sus lágrimas descansan.
Tiene un pañuelo en su mano izquierda, está ya totalmente desgastado, y con él seca las gotas de sus sollozos.
Al entrar en la sala y presentarnos, su cabeza se gira suavemente para observarnos e intenta recomponerse como puede.
—Antía, ¿cómo se encuentra? —comienzo preguntando mientras le ofrezco una caja de pañuelos y una botella de agua.
—Estoy fatal. —Intenta controlar sus gimoteos—. Cuando te dicen que tu mejor amiga de toda la vida ha sido asesinada, parece que estás viviendo una película de terror.
—Estaba muy unida a ella, ¿no?
—Sí…, éramos como hermanas. —Coge un nuevo pañuelo y lo humedece posándolo a pequeños toques sobre las mejillas—.
Era muy cabezota, a veces podía ser insoportable y muy altiva, pero la quería.
Resultaba imposible no quererla. Cualquiera que la conociese sabía que no iba a poder quitarse de la cabeza a Mariña para el resto de su vida.
—¿Qué quiere decir?
—Su energía era arrolladora. Se instauraba en tu vida para siempre.
Era tremendamente generosa, muy divertida y siempre estaba disfrutando de la vida al máximo.
Te contagiaba esa energía, casi como una droga, querías siempre más de ella.
—Las palabras de Antía resuenan en mi cabeza y parece que viajan en la misma sintonía que lo habían hecho las de su marido.
—¿Tenía más amistades Mariña?
—Sí, pero todas muy superficiales. Es decir, a Mariña le encantaba ir a tomar el café cuando podía a la cafetería de moda.
Y por las noches también le gustaba mucho reunirse con la gente.
Era muy conocida por la zona. Además, con su belleza hipnótica y su forma de vestir tan sensual, era imposible no fijarse en ella.
—Comprendo. ¿Qué sabe de la noche en la que asesinaron a Mariña?
—Pues yo hablé con ella por teléfono el día anterior y ese mismo sábado por la mañana.
—¿Con quién había quedado?
—Mariña llevaba cerca de un año en el que se veía con otras personas, tanto hombres como mujeres, y su marido se lo permitía. Esa noche iba a quedar con un hombre con el que se estaba viendo últimamente.
—¿Y tiene alguna información de ese hombre? —pregunto interesada.
—Sé que mantenía un rollo más o menos estable con uno que debía de tener bastante pasta. Por culpa de ese, el marido de Mariña los había pillado.
—¿Quiere decir que la persona con la que estaba cuando el marido se enteró de su infidelidad es la misma persona con la que mantenía una relación en la actualidad?
—Sí, era el único lío que siempre mantuvo en el tiempo. Entre medias, otros iban y venían, pero ese siempre estaba para ella. —Antía se iba recomponiendo poco a poco.
—¿Y qué información nos puede dar al respecto de esta persona?
—Pues no les puedo decir mucha cosa. Lo único que sé es que él debía de ser una persona que manejaba bastante dinero, porque tenía un buen coche y siempre iba bastante arreglado. Además, le hacía regalos muy caros a Mariña.
—¿Llegó a conocerlo?
—Una vez lo vi de lejos, dentro de un coche negro deportivo de alta gama.
Pero llevaba gafas de sol y no lo pude ver muy bien.
Solo sé de sus apetencias sexuales, que es lo que me comentaba Mariña.
Parece ser que le gustaba mucho el sexo duro y el bondage .
—En ese momento un escalofrío recorre mi espalda.
—¿Y cómo podemos dar con él? —pregunto.
—Pues yo sé que quedaban en el Parador de Cambados para tener sus encuentros y que algunas veces acudían juntos a unas fiestas.
—¿Sabe a qué fiestas iban? —interrumpe Tristán.
—Mariña hacía muchos intercambios de pareja con su marido en locales de Vigo y Sanxenxo.
Pero, además de eso, acudía a unas fiestas muy especiales.
—Antía se recoloca el reloj en su muñeca—.
Sé que se celebraban algunos fines de semana en una mansión o un pazo.
Me comentó algo de que tenían que asistir disfrazados, pero no sé mucho más.
—Cuéntenos más acerca de esas fiestas —insisto—, por favor.
—Lo único que sé es que eran como una vez al mes y, según el protocolo, debían ir con máscaras.
Cada invitado podía llevar a su vez a otro acompañante.
También me comentó que era un despilfarro de dinero, mucho alcohol, drogas, bailarines desnudos, salas conjuntas para encuentros sexuales…
Vamos, una auténtica bacanal. Yo no sé cómo Mariña se metió en todo eso, a mí siempre me olió mal…
—¿Y siempre la acompañaba esa persona?
—Casi siempre iba con el chico con el que mantenía el lío. Pero a veces acudía sola y, de hecho, lo hacía últimamente. Decía que allí la esperaba otro hombre muy interesante.
—¿Mencionó cómo era ese otro hombre?
—La verdad es que no sé mucho, pero a Mariña le encantaba aquel hombre. Decía que podía confiar en él, pues tenía un pazo, y que era alguien muy poderoso.
—¿No le dio ninguna pista más de él?
—No, ninguna.
—¿Sabe si llevaba alguna máscara de algún animal?
—Ella a veces me hablaba de un lobo y también de un corzo. Pero no sabría decirles quiénes eran. Creo que el lobo y el corzo eran con quienes había quedado Mariña esa noche.
—¿Asistió sola a la fiesta o acompañada? —pregunta Tristán.
—Sola. Me dijo que había quedado con su amigo, el del pazo, esa noche.
También me comentó que tenía planes muy ambiciosos para ella y que le podían beneficiar en su trabajo.
Por eso esa noche se reunirían en la fiesta.
—Antía acaricia sus manos—. No volví a saber nada de ella hasta que me llamó su marido y me contó la terrible noticia.
—Entonces tenía un lío con el hombre del coche negro, pero de pronto alguien tomó su interés en esas fiestas. Alguien con mucho poder —recapitula Tristán.
—Eso mismo. Yo creo que era el anfitrión de las fiestas, por lo que le tengo entendido.
—¿Y sabe usted de alguien poderoso a quien conociera Mariña y que haya podido acudir a ese tipo de fiestas?
—Pues solo se me ocurren dos personas. Una es mi jefe, el dueño de Conservas Piñeiro, que tiene un pazo en Vilanova de Arousa.
Y también sé que en su momento tuvo algo con el de las bodegas esas tan famosas que hay en el pazo que está a la salida de Vilagarcía.
Con ambos se llevaba muy bien y confiaba en ellos.
—¿Habla de Breixo Louzao, el de Bodegas Louzao? —pregunta Tristán.
—El mismo. —Tristán clava sus ojos en los míos cuando Antía pronuncia esas palabras—. Tuvieron ahí atrás algún rollo.
—Comprendo. —Apunto en mis anotaciones—. ¿Sabe si puede darnos alguna información más que pudiera ser relevante?
—Pienso que se lo he dicho todo. Si se me ocurre algo, se lo comento.
—Muchas gracias por su ayuda —agradezco.
—A ustedes, espero que aparezca pronto el asesino. —Se encoge en el llanto.
—No tenga duda, le prometo que daremos con él.
Según terminamos la entrevista con la amiga de la víctima, Tristán y yo esperamos a que esa sala se quede vacía para poder hablar tranquilamente sobre el caso.
—Bueno, me parece que las piezas empiezan a encajar —comenta Tristán frotándose las manos.
—Eso parece, pero no hay que apresurarse ni dar nada por sentado —apunto.
—Joder, ¿qué más quieres? Está claro que Breixo Louzao, sea o no el asesino, está metido en algo turbio.
—Eso es cierto.
—Tendré que comentarle al jefe que nos consiga una nueva reunión y presione al servicio de Louzao para que revisen el testimonio de esa coartada.
—También será bueno ver al de Conservas Piñeiro y dar con el hombre del coche negro con el que tenía una relación más estable —comento.
—Sí, prepararé todo para que testifique el dueño de las conservas. Y ahora mismo pongo a un equipo a revisar las grabaciones de las cámaras del Parador de Cambados, que se remonten a mayo y desde ahí para atrás. A ver si así empezamos a dar con algo.