El eco de la niebla Capítulo 8 #5
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Capítulo 8 #5

Agradezco que Tristán me espere. Repaso el archivo y la manifestación del marido con los agentes y paso por mi escritorio para coger la libreta con mis anotaciones y un par de bolígrafos para la entrevista con Souto.

Después de ello, nos dirigimos a la sala de interrogatorios por uno de los largos pasillos.

Aprovecho el reflejo de un cristal para atusarme el cabello.

—Estás muy guapa… Eh… Quiero decir… que estás perfecta, que no te hace falta retocar nada —comenta Tristán con las mejillas del color de la buganvilla.

—No te preocupes, te he entendido perfectamente. —Le doy una palmadita en el hombro y en el fondo recojo su cumplido con gran ilusión.

Nos aproximamos a la puerta de la sala y entramos.

Allí se encuentra Eloi Souto, se le ve un hombre de media estatura y complexión normal.

Viste con camisa verde oliva y pantalones azul marino.

Sus ojos son de color azul grisáceo, aunque están algo enrojecidos en los párpados.

Tiene una nariz prominente, pero a la vez la encuentro armoniosa dentro de sus facciones tan masculinas.

Lleva despeinado el cabello oscuro y rizado, y su pierna no para de agitarse; por otra parte, sus manos reflejan su debilidad por comerse las uñas.

El subinspector saluda y nos presenta.

—Buenos días —contesta tímidamente.

—Bien, me gustaría saber información acerca de las últimas horas con Mariña.

—Las últimas horas… —repite con desdén—, se me hace tan extraño decir eso.

—Entiendo su situación, pero debe aportarnos información acerca de aquellos pequeños detalles que le puedan parecer irrelevantes, pero que para nosotros podrían ser cruciales. También necesito que nos ponga al día de la situación actual de su relación.

—Pues ese día la vi por última vez marchándose por la puerta con un café. Apenas había desayunado, casi nunca lo hacía. —Ese detalle me recordaba mucho a mí, pudiera estar describiéndome perfectamente.

—Entonces hábleme del día anterior.

—El viernes estuvimos juntos a la noche. Ella solía llegar muy tarde de trabajar. Me estuvo hablando bastante de un cliente que tiene y que le estaba dando quebraderos de cabeza.

—¿Qué cliente?

—Conservas Piñeiro. Llevaba años llevándoles las cuentas, y quedaban muchas veces para comer. El dueño era un viejo amigo de Mariña.

—¿Qué le dijo?

—Dijo que estaban teniendo algo de problemas para justificar unos pagos. Ustedes bien saben que en esta zona todo el mundo tiene formas distintas de resolver sus problemas con Hacienda.

—Sea más concreto, por favor.

—A ver… —se rasca en el brazo—, es bien sabido que esa familia tiene las conservas de tapadera. Aunque sea un negocio muy fructífero, Mariña siempre los ayudaba a que no les estuvieran encima.

—¿Está hablando de narcotráfico? —pregunta Tristán.

—Pudiera ser… Yo nunca he visto nada, pero cuando el río suena…

—Comprendo —comento—. ¿De qué más hablaron?

—Pues después estuvimos hablando de los planes que teníamos en mente en un par de semanas. Habíamos programado un viaje a Seúl.

—¿Y notaba algo extraño en ella?

—No, para mí era la de siempre. —Su mirada era triste.

—¿Estaba más fría o distante con usted esos días?

—Estaba como siempre; es más, justo esa noche tuvimos sexo. Y además ella no se cortó un pelo en pedir cosas diferentes.

—¿Qué quiere decir con cosas diferentes?

—Pues llevábamos cerca de un año que, para que el sexo no decayese en la rutina, compráramos algunos juguetes sexuales para recuperar la llama.

—¿Qué tipo de juguetes?

—Arneses, esposas, velas…

—¿Juguetes eróticos para practicar bondage ? —conciso.

—Puede decirse que sí. Lo que pasa es que esa noche anterior digamos que estaba un poco como desatada. Me dijo que quería probar unas cosas nuevas y algunas no me gustaron.

—¿Y aun así accedió?

—Sí, yo quiero a mi mujer.

—Pero le dijo que no estaba a gusto y, a pesar de eso, ella continuó.

—Sí, pero, como le he dicho, yo quiero a mi mujer. —Sus ojos se hacen cada vez más pequeños.

De momento hay un elemento común entre Mariña y Manuela: a ambas les gustaba el sexo y sus preferencias eran diferentes a las comunes.

—Una cosa es querer, y otra muy distinta es tener miedo de perderla. ¿Alguna vez le ha sido infiel?

—A ver, ya le digo que buscamos la forma de avivar la pareja mediante el sexo. Tenemos hecho intercambios de pareja consentidos. A mí nunca me han gustado, pero, quizá como usted bien dice, tenía miedo de perderla. La perdí una vez y no quería que eso se repitiera.

—¿Cómo la perdió?

—Hace cosa de un año nuestra relación no iba bien, casi no nos veíamos y la pillé en un renuncio. Encontré de casualidad una conversación en la que se mandaba mensajes con otro hombre.

—¿De casualidad, dice? —Tristán no parece convencido.

—Sí, me había pedido que le sacase unas fotos con su teléfono y justo en ese momento me saltó en la pantalla el mensaje de otro hombre diciéndole que había disfrutado mucho la noche anterior con ella en un hotel y que le encantaría volver a comerla de arriba abajo.

—¿Sabe quién es ese hombre?