Capítulo 8 #4
—Esperamos tener algo mañana, pues han tenido que secar el papel; si no, no se podían hacer los frotis.
Lo que sí sabemos es que se han hallado de nuevo restos muy pero que muy leves de combustible en el cuerpo de la muchacha.
Tan pronto como tengamos algo, Castro se lo pasará al musicólogo para que nos pueda ir adelantando información.
—Revisa de reojo su ordenador—. De todos modos, ya se ha citado a Xiao Castedo para que venga hasta aquí mañana, y suponemos que para ese momento tendremos todo resuelto.
—Ah, perfecto.
—También me han confirmado ayer que ya ha testificado el marido, pero quiero que le haga una entrevista, si lo ve conveniente. Lo hago llamar a última hora de la mañana y así podrá entrevistarlo.
—¿Tiene coartada? —Le doy un sorbo al café y descubro que Tristán lo ha preparado exactamente como a mí me gusta.
—Algo así, lo estamos verificando, pues tiene una clínica privada muy reconocida junto con un compañero de medicina estética en Vigo. Él ha dicho que el sábado se quedó en la clínica hasta tarde haciendo papeleos, pero la administrativa y su compañero no estaban ya a esas horas para corroborarlo.
—Tendremos entonces que revisar las cámaras de los locales adyacentes, entiendo.
—Exacto, en ello estamos. Además, los testigos que lo vieron ese día han dicho que la última hora que lo sitúan en la clínica es a las ocho de la noche, así que podría haber llegado a Cambados perfectamente y perpetrar el crimen.
—Comprendo. ¿Cómo se llama el marido?
—Es el doctor Eloi Souto, es uno de los dueños de la clínica Souto Val. No sé si la conoce.
—¡Claro que sí! Es muy conocida esa clínica —comento sorprendida—. ¿No es adonde iban los de la Casa Real a hacerse los arreglitos?
—La misma, su compañero es el médico estético Xulio Val. El doctor Val tiene otra clínica en Madrid donde opera a las presentadoras y a las famosas, con una lista de espera de años. Y en Vigo tiene esta clínica junto al marido de la víctima, con la que llevan cerca de una década.
—Ya veo.
—Bien. —Se rasca la nuca—. Pues ahora revise la información sobre el caso y al final de la mañana vaya a hacer la entrevista al marido junto al subinspector Castro. Yo tendré unas cuantas reuniones para que no se filtre el tema, pero me avisan si hay cualquier cosa.
—Descuide —pongo la taza con mi café en el escritorio del jefe, me levanto y salgo del despacho—, hasta luego.
—Hasta después.
La rabia se apodera de mí, una nueva víctima confirmada por el mismo asesino dispara en mí el radar.
Así que hago todo lo posible por averiguarlo todo sobre ella.
Me acomodo en mi escritorio y reviso todos los datos que me ha facilitado el jefe.
Repaso y analizo todo durante más de una hora.
El sábado y último día de Mariña lo había comenzado asistiendo a una peluquería cercana a su vivienda en Cambados; en ella se había hecho una depilación completa, una manicura y pedicura, y también se había retocado el tinte.
Al final de la mañana, se había pasado por una clínica dental de Cambados, y los testigos confirmaron que se estaba haciendo un tratamiento semanal para blanquear su sonrisa, en la que esa sería su última sesión.
Después ya no había más rastro de Mariña.
Estaba claro que tenía una cita importante en la que su aspecto físico debía estar perfecto.
Pero con quién habría quedado era el interrogante que se nos mostraba.
Me quedo pensando en ese último día de Mariña y me veo interrumpida por una voz suave que no esperaba.
—¿Estás muy liada?
—¡Uy, qué susto! —Alzo la vista y veo a Tristán con una sonrisa—. No, dime.
—Perdona, no pretendía incomodarte. Era para saber si vienes a tomarte un café, porque como el otro ni lo has probado.
—Sí, claro.
Lo acompaño hasta la salita y en ella se encuentran otros compañeros terminando su tentempié.
—¿Qué te parece?
—¿Sinceramente? Una mierda.
—¿A qué te refieres? —Tristán me mira desconcertado.
—No me gusta nada que el asesino esté jugando con nosotros. Está claro que busca cierta notoriedad. Toda la parafernalia que monta alrededor de los cadáveres no sé si son pistas o adornos de su delirio.
—Ambas cosas.
—Yo también lo creo. Este personaje sombrío, por llamarlo de algún modo, se esconde detrás de toda esta escena para revelar lo suficiente, pero dejándonos con la miel en los labios.
En el fondo, además de ser un egoísta narcisista, es un cobarde, pues carece totalmente de valor y escrúpulos para salir de su guarida.
—Sí, así es —asiente Tristán—. La pobre víctima, Mariña, parece ser que era muy reconocida también en su mundo laboral. Su trayectoria era envidiable.
—Eso es, busca apagarlas. Ellas son mejores que él y no es capaz de aguantar que una mujer tenga más arrojo. Le encanta el poder, ya se ve con todas esas fiestas, y puede que sea una manera de deshacerse de cierta competitividad.
—Pero Manuela, por ejemplo, no tenía poder, y menos adquisitivo…
—Tal vez, como se atrevió a dar el paso de tomar cartas en el asunto de su enfermedad, quiso ponerse frente a ella y dejar saldadas las deudas que le pudieran aparecer a sus padres.
Aunque fuera haciendo cosas que no le encantaban al principio, pese a que después sí acabaron por gustarle y mostrarle algo dentro de ella que desconocía.
¿Qué más valentía quieres que enfrentarse a un cáncer y seguir haciendo como si nada?
—Tienes razón, Manuela tuvo carácter.
—Y seguramente Mariña también. Ahora veremos con el marido más información que pudiese ser importante.
El subinspector se ofrece a preparar los cafés mientras yo me acomodo en un asiento y ojeo la prensa por encima para evadirme un poco del tema. Al poco de quedar la salita vacía, Tristán me sirve la bebida y se sienta a mi lado.
—Joder, otra vez recortes en sanidad y educación. El presidente de la Xunta se está luciendo de lo lindo —me quejo mientras pongo el periódico encima de la mesa. Mi momento de evasión acaba canalizando en rabia.
—Ya, el sistema se está yendo a pique. —Tristán me ofrece unas pastas que hay en la sala.
—No, gracias. Por cierto, ¿es con cafeína? —Señalo la taza que me había servido.
—No, mujer, no te quiero matar, que ya conozco tu adicción a la cafeína. Lo he hecho descafeinado, sin azúcar y con leche sin lactosa, como siempre lo tomas. —Me guiña el ojo.
Por un segundo siento algo, mi pulso crece levemente. Intento reconducir esa sensación.
—Qué atento eres siempre… ¿El tuyo es también descafeinado?
—Sí, desde que estoy en Galicia ya pocas veces me tomo un café de verdad. Aquí duermo mucho mejor. —Me mira con esos ojos, y sus pestañas largas se muestran volátiles al igual que el aleteo de una mariposa.
—Un día me tienes que contar la verdadera razón por la que volviste a Galicia.
—Ya te lo he comentado, mal de amores y una oportunidad nueva.
—Sí, pero me refiero al cambio tan drástico de estar a punto de casarte… —me atrevo a decirle, y estoy preparada para recibir el impacto de la negativa de Tristán.
—No me gusta mucho hablar de ello… —su voz se torna incómoda—, pero supongo que como buena analista que eres habrás reparado en todo.
—Eso quiere decir entonces que todavía no lo has superado.
—Al contrario… No quiero empañar un momento tan agradable con tu compañía hablando de alguien que no se merece ni que la nombre.
—Sus mejillas se sonrojan—. Ella fue mi primera amiga en Madrid, mi primera confidente y también mi primera novia.
Lo cierto es que era muy feliz junto a ella.
Después de llevar casi siete años juntos, le pedí matrimonio y preparamos la boda a tres meses vista.
—Caray, qué rápido.
—Sí, yo no quería esperar. Pero me enteré de que llevaba años viéndose con un amigo mío, que además era compañero de trabajo.
—Vaya.
—Por resumir, fue un palo muy grande y quise romper con todo lo que me recordara a ella. —Su mirada se entristece y su voz suena sin fuerza.
—Entonces ha sido muy reciente.
—La verdad es que no tanto, tardé un par de años en conseguir el traslado. Y tener que ver todos los días a mi compañero con el que mi prometida me había engañado no era lo más conveniente. —Le da un sorbo a su café—. Cuando salió este puesto, no me lo pensé dos veces.
—Comprendo. ¿Y has vuelto a tener contacto con ella?
—No, lo último que sé es que se iba a casar con mi compañero y que estaban esperando un hijo.
—Uf… Eso tuvo que doler. —Ahora sí que viene el verdadero golpe.
—Y dolió, dolió mucho…, porque yo siempre he querido formar una familia y ella se echaba para atrás. —Parece que sus ojos se vuelven vidriosos—. Y, ya ves, al final acabó así la cosa. No toca otra que aceptarlo, aunque por lo menos ahora forma parte de mi pasado.
—A ver si Galicia te trae más suerte.
—De momento, todo lo que me ha traído ha sido muy bueno —se sonroja y me sonríe tímidamente—, en todos los aspectos. —Señala en mi dirección.
Se me queda mirando, con sus ojos entornados, y hace que, sin haberlo querido, se me acelere el pulso, de modo que me hago la desentendida.
—Te refieres a las tortillas y empanadillas de Bertiña, ¿verdad? —Intento relajar el ambiente.
—Hombre, claro… Es que eso es un punto muy a favor. —Nos reímos.
En ese momento la sonrisa de Tristán me parece encantadora, transmite mucha bondad. Mientras rematamos nuestras bebidas, aparece Lois en la sala.
—Disculpe, jefe. Dice Limán que ya ha llegado el marido de la víctima, los espera en la sala de interrogatorios.
—Gracias, Salcedo, ahora mismo vamos. —Tristán se levanta del asiento.
—Ve yendo si quieres —me acerco al grifo y me dispongo a enjuagar las tazas—, lavo esto en un minuto, ojeo la carpeta del marido y ya voy contigo.
—No, no te preocupes, vamos juntos.
—Perfecto.