El eco de la niebla Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

—Claro. Debe de tratarse de alguien que ha trabajado en el mar. Podría ser que su familia tuviera barcos, puede que sea porque faenaran, que tuvieran embarcaciones de recreo y le enseñasen bien la ría, o también que esté vinculado con algún trabajador de las islas. —Tristán se atusa el cabello.

—Exacto. Pero lo de trabajador del mar lo descarto.

Y, si coincide que esta mujer también asistía a esas fiestas, me da la sensación de que el asesino tiene un poder adquisitivo alto, lo que se refleja en el modo de dejar a las víctimas.

Seguro que quería que esta víctima permaneciese elevada en las rocas que nos comentaba Dacosta, y probablemente junto al cuerpo estuviese el cilindro con la batuta y la partitura.

Por eso opino que debe de ser alguien de alta cuna, ya que no solo debe de tener estudios superiores vinculados con la rama sanitaria, sino que tiene nociones de música muy elevadas.

Las pistas y el modo de preparar la escena sugieren un conocimiento artístico.

—Sí, por lo que me acaba de decir Limán, al testigo le ha llamado la atención una embarcación que merodeaba por esta zona poco antes de encontrar el cilindro.

Y el percebeiro ha comentado que el tipo de embarcación que le ha parecido ver no es barata.

—Tuerce la boca—. Eso nos cerca un poco más la búsqueda.

—Mejor, a ver si por ahí sacamos algo. Y, cuanto antes averigüemos de quién se trata la víctima, antes tendremos información y podremos acercarnos más a entender cómo ha podido acabar así.

—Exacto. —Tristán asiente.

Tristán y yo nos despedimos de Xela y de los compañeros y tomamos rumbo hacia Aguiño.

La embarcación atraca en el puerto y yo bajo a tomar tierra un poco mareada, agradeciendo que una pequeña brisa marinera acoja mis respiraciones.

Miro la hora y advierto que ya es mediodía, así que llego justa para poder comer con Gael y Roi en Vilagarcía.

De camino a casa, voy analizando una y otra vez la escena del crimen.

Me pregunto qué clase de ser sin alma podría haber cometido semejante atrocidad.

El regreso se me hace angustioso, tengo un nudo en la garganta.

Ver a otra mujer tendida en el suelo a la que le han arrebatado la vida, y que todavía no hayamos dado con el asesino, me rompe el alma.

Lo peor de mi profesión es lidiar con la culpa de no haberlo podido evitar.

Las mujeres somos las grandes herederas de la culpabilidad, viajamos con ella de serie, es inherente a nosotras, parece que nos hayan programado para ello.

Sin embargo, sé de muy buena tinta que estos especímenes no gozan de un ápice de empatía y, por ende, no conocen la responsabilidad, que es algo que no comulga con ellos.

La fragilidad y la vulnerabilidad de nuestra especie se hace evidente cada vez que me encuentro en este tipo de situaciones.

Un día estás feliz ignorando el final que te depara y al día siguiente eres víctima de un desalmado que acaba contigo para siempre.

Es difícil que no se te retuerza el cuerpo empatizando con la situación, pero debo poner distancia y trabajar desde la parte más fría de mi ser e ignorar absolutamente cualquier atisbo de sentimiento, para cargarme por completo de lógica y razón y así dar con el culpable.

A la mañana siguiente, tomo un tren hacia Compostela para terminar mis penúltimas clases presenciales antes de finalizar el curso.

El día es muy completo y las clases están abarrotadas, se nota que el alumnado busca conseguir las mejores calificaciones.

Como esta vez mi descanso es más breve, aprovecho para comer en una cafetería próxima a la facultad.

Mis pensamientos se van una y otra vez hacia la nueva víctima, pero intento disuadirlos haciendo una videollamada con Roi y Gael.

Eso me proporciona combustible suficiente para poder continuar el resto de la jornada.

Recibo un mensaje de Tristán que me pregunta cómo estoy, aprovecho para llamarlo.

—Buenas, Laia. ¿Qué tal?

—Buenas, Tristán. ¿Sabemos algo?

—Tenemos una posibilidad, desde el laboratorio nos lo van a confirmar en unos minutos.

—¿De qué se trata? —pregunto.

—En Cambados, un hombre ha puesto anoche una denuncia, y su mujer pudiera encajar con nuestra víctima. Estamos casi seguros al cien por cien de que es ella. El caso es que en unas horas lo resolveremos.

—Fenomenal, ya mañana me comentáis entonces.

—Sí, aunque si se confirman nuestras sospechas mañana nos tocará mucho trabajo. Que vaya todo bien, ánimo con la tarde.

Me quedo pensativa, pero me obligo a centrarme en las clases.

Como por la tarde mi cupo de alumnos es más reducido debido a que muchos están preparando sus trabajos de fin de máster, decido sacar a mis estudiantes fuera del aula y los llevo a pasear por la Compostela más negra.

Así que recorremos el entorno del casco antiguo, y allí les hablo de varios crímenes muy sonados y misterios todavía sin resolver como o crimen da ferradura .

También les comento la historia de la primera carta bomba que en 1829 dio mucho que hablar en la rúa Nova.

A pesar de ser bastantes personas, algunos peregrinos me confunden con una guía turística y se unen a mis explicaciones.

Termino la jornada más tarde de lo habitual y tomo el último tren.

Nadie me espera ya en casa para recibirme, pues Roi y Gael están durmiendo, así que ceno las sobras que me encuentro en el frigorífico en un ambiente bajo de luces y casi sombrío, con un silencio incómodo.

Intento apagar mis pensamientos bajo la ducha y me acuesto.

A la mañana siguiente me dirijo al trabajo. Llego muy pronto a comisaría, y no he sido la única, pues casi todo el equipo se encuentra funcionando desde bien temprano. Mientras tomo mi descafeinado, me topo con Salcedo, que se acerca a mi mesa y me pone al día:

—Buenas, Laia. ¿Cómo vas?

—Pues tirando, no me saco el caso de la cabeza. ¿Tenemos alguna novedad?

—Sí, ya se ha confirmado a quién pertenece el cuerpo y desde el laboratorio han conseguido las huellas de la víctima, así que las pruebas de lofoscopia las han subido al ABIS.

La mujer fallecida se llamaba Mariña Mallo, natural de Cambados, de treinta y nueve años.

Era bróker de aseguradoras y varias empresas de la zona.

—¿Tenía hijos?

—No, pero estaba casada con un anestesista. Están yendo los compañeros para que le tomen declaración y le den la noticia.

—Así que anestesista… —Alguien que conoce bien las agujas, pienso—. ¿Algo más?

—Es lo que me han adelantado. —Salcedo se encoge de hombros—. De todos modos creo que ya están actualizados todos los datos en BINCIPOL, así que deberían aparecerte compartidos los datos en la nube que te ha habilitado el jefe.

—Perfecto, le echaré un vistazo. ¿Dónde está el subinspector?

—Está con el jefe en el despacho, llevan un buen rato reunidos.

—Ah, vale, gracias.

Permanezco revisando los datos aportados en el caso de Mariña y, cerca de media hora aproximadamente después, se abre la puerta del despacho del jefe.

Tristán sale con la cara desencajada, pero cuando pasa por mi lado me dedica una pequeña y breve sonrisa.

Limán me llama desde la puerta de su despacho.

—Ramuín, venga. —Su corbata desentona con el resto del atuendo, como de costumbre.

—Voy. —Me levanto de un salto y me aproximo hasta el despacho del jefe.

—Pase y cierre, ya viene ahora el subinspector Castro con unos cafés. —Cierro la puerta con cuidado—. Siéntese, la voy poniendo al día, aunque supongo que habrá estado leyendo los datos recabados.

—Sí, estaba en ello. —Tomo asiento enfrente de Limán.

—Bueno, no sé si ha podido leer los informes del IMELGA y del laboratorio.

—Todavía no he leído esa parte.

—Bien, le leeré por encima lo que ha indicado la forense Xela Bazán.

—De acuerdo —asiento.

—En el examen externo dice que no se observan lesiones traumáticas visibles en cuello, rostro o tórax. Que muestra petequias subconjuntivales en ambos globos oculares, cianosis peribucal y auricular. Ausencia de livideces cadavéricas.

—¿Y qué dice de los raspazos y arañazos?

—Determina que esas heridas se deben al rozamiento con las rocas. En cuanto al examen interno, no destaca nada reseñable salvo que los pulmones no presentan edema ni congestión, con ausencia de espuma bronquial.

—Vamos, que no murió ahogada en el mar.

—Exacto. Del resto, lo único más destacable y que nos pueda importar a nosotros es el examen toxicológico, que dice que hay presencia de fenobarbital.

—De nuevo los barbitúricos, como con Manuela.

—Sí. En la interpretación medicolegal, la forense afirma que los hallazgos anatómicos y toxicológicos son compatibles con una muerte por asfixia mecánica tipo sofocación, precedida de una ingesta voluntaria o forzada de barbitúricos.

Además, comenta que la ausencia de sangre circulante en cavidades cardiacas y venas de gran calibre, junto con la coloración pálida generalizada en órganos, es compatible con la punción inguinal, y refiere entonces a una exanguinación activa post mortem .

—Ha hecho los mismos pasos que con Manuela.

—Me temo que estamos ante el mismo patrón que el de Manuela Pita y hay cosas difíciles de replicar, las pruebas hablan por sí solas, de modo que sí, es el mismo. Por lo tanto, se puede hablar de un asesino seriado. Así que necesitamos su ayuda, ya que usted es experta en esta materia.

—¿Y sabemos algo de la pista musical? —Me veo interrumpida por el crujido de la puerta, me giro y observo a Tristán introduciéndose en el despacho con un par de cafés. Me sirve uno a mí y otro al jefe.