El eco de la niebla Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—La Illa de Sálvora antiguamente era una isla privada, donde existía un poblado que ahora se puede visitar con un guía.

—El guarda nos señala la arena—. Es una de las islas que más historias lúgubres la rondan.

No sé si lo saben, pero un naufragio en los años cuarenta dio lugar a la mayor tragedia marítima civil de Galicia del siglo XX .

Esta isla junto con sus islotes rocosos forman una protección en la entrada de la ría de Arousa.

Esta, las Ons y las Cíes son nuestra barrera de coral, y sin ellas no existirían nuestras rías.

—Sería una pena —comenta Tristán.

—Como ven, no es muy grande, pues Sálvora debe de tener una extensión de dos kilómetros, casi los mismos que la separan de tierra firme. Es la única de las Illas Atlánticas que pertenece a la provincia de A Coruña. Todos los de Ribeira estamos muy orgullosos de ella.

—Normal, es un paraíso —afirmo.

Nos adentramos un poco más y unos islotes nos rodean.

—Ya estamos llegando. Miren, ahí está Noro —dice el guardacostas mientras señala hacia el norte.

Puede verse un islote formado por piedras principalmente y que se asemeja a la aleta de un tiburón. Alrededor de este, hay un montón de embarcaciones que la cercan.

—No podemos fondear con este tipo de embarcaciones, o dañaríamos el fondo marino —nos explica el marinero—. Al pertenecer al Parque Marítimo-Terrestre das Illas Atlánticas, es una zona llena de restricciones.

—Claro —comenta Tristán—. ¿Y cómo accedemos?

—Debemos esperar a que el guarda se acerque con una zódiac para que se abarloe a nuestra embarcación, nos montaremos y nos acercará hasta Noro —nos informa el joven—. Vendrá el guardacostas Sil, que es un experto de la zona y se conoce los bajos del archipiélago como la palma de su mano.

—¿Tan complejo es entrar? —pregunta Tristán mientras aguardamos.

—Sí, demasiado. Hay muchos petones que no aparecen en el radar.

Sil es un marinero avezado que lleva más de cuarenta años navegando esta ría; su familia trabajó para los dueños de Sálvora cuando esta era privada.

Y nos ayudará a entrar en la cala que se forma en Noro con la marea baja.

Justo ahora está terminando de bajar la marea y podemos atracar sin problema.

Esperamos a que el guarda se aproxime con la embarcación neumática para poder acceder a la isla.

Nos deja en una pequeña cala con arena fina y aguas cristalinas.

Parece un paraíso en mitad de la ría. Elevo la vista y me fijo en la altura y el tamaño de las rocas.

Desde la distancia, no parecen tan grandes, solo se ve una enorme mole de piedras.

Entonces la agente Ribas nos guía hasta unos bolos de granito.

Sorteamos diferentes cantos y ascendemos por los pedruscos hasta encontrar el cuerpo de otra joven.

Aparece justo en la orilla de esa playa, dos rocas la asedian y evitan que el cuerpo vuelva a adentrarse en el mar.

Se escucha mucho barullo y hay bastante gente.

Junto al cadáver, varios compañeros le hacen fotografías y toman muestras con sus trajes especiales.

—Gracias a la bajada de la marea, se ha descubierto el cuerpo que estaba oculto.

Si no llega a ser por esos pedruscos, se habría ido mar adentro.

Probablemente en un inicio se colocó en esas rocas superiores.

Estamos con mareas vivas y ya saben que el agua cubre zonas a las que normalmente no suele llegar.

De modo que con la pleamar y el temporal se ha ido desplazando —comenta Dacosta, el compañero de la científica.

—Hemos tenido suerte, entonces —dice Tristán.

—¿Qué zona han puesto como círculo lejano?

—Pues en principio nuestra idea era más acotada, entonces nos dimos cuenta de que el cuerpo se había podido haber desplazado. Así que hasta resolver de dónde venía no pudimos comenzar con la fijación de las cámaras de foto y vídeo y con el posterior etiquetado.

—Comprendo.

Me impresiona ver el cuerpo apagado por el agua, como un fuego que se consume en la arena.

Si el compañero está en lo cierto, probablemente el asesino haya colocado el cadáver del mismo modo que estaba el de Manuela Pita, encima de dos rocas que la recogen.

Sin embargo, en esta ocasión, el criminal no se esperaba que un temporal acabara por llevarse el cuerpo tan lejos.

Vemos a la forense Xela Bazán, que se gira y nos saluda nada más vernos.

—Buenos días.

—Buenos días, doctora Bazán. ¿Qué tenemos por aquí? —pregunta Tristán.

Xela nos provee de guantes y calzas, y nosotros nos acercamos a la escena del crimen mientras escuchamos las explicaciones de la forense.

Yo me fijo con detenimiento en el cadáver: es una mujer de unos treinta y largos, o de unos cuarenta y pocos años, me cuesta adivinarlo, pues su aspecto se ha modificado al estar debajo del mar.

Tiene el cabello castaño oscuro, su melena todavía está húmeda, y comienzan a atisbarse sus rizos, que descansan sobre la arena.

Su aspecto parece deteriorado, la coloración de su piel ha sufrido con la humedad y, como en el anterior hallazgo, la joven lleva puesto un sudario blanco, pero, en esta ocasión, este se encuentra empapado, rebozado por la arena y con algún resto de algas.

—No podría confirmarles demasiado hasta que la analice con profundidad.

Al haber estado el cuerpo sumergido en el agua, muchas de las pistas visibles se han borrado.

Sin embargo, el cuerpo nos acabará hablando de igual modo.

Presenta la misma punción inguinal, así que puede que le hayan hecho la exanguinación, como en el anterior cuerpo.

—Podría tratarse del mismo asesino entonces. —Tristán se muestra intrigado.

—Probablemente sí, tiene toda la pinta de ser el «asesino de la batuta».

—Tristán y yo nos miramos extrañados—. Lo hemos apodado así debido a la pista que deja junto a los cuerpos…

Pero también puede ser un imitador que haya hecho todo tal y como se ha filtrado a la prensa.

Al haberse desplazado el cuerpo, no tenemos justo el mismo escenario, pues este cuerpo está en posición decúbito dorsal, diferente al de Manuela, y además presenta heridas de arrastre que debemos contrastar.

Hasta que no se confirmen todas las pruebas pertinentes no podemos dar nada por sentado todavía.

Los análisis nos aportarán datos certeros acerca de esta incógnita.

—Comprendo.

—Tan pronto como tenga algo, los aviso.

—Gracias.

—Laia, le doy dos minutos para que eche un vistazo a la escena. No se demore, que sube la marea y necesitamos todo el tiempo posible hasta entonces.

—De acuerdo.

Aguardo unos minutos a que me despejen los compañeros de la científica la escena, intento no estropear nada del círculo próximo y, tras hacerme un gesto un compañero, me aproximo a la muchacha.

Me paso los próximos cinco minutos analizando y absorbiendo cada detalle que pudiera ser importante.

Comienza a levantarse el viento, pero todavía quedan algunos resquicios de la neblina.

Me fijo en la chica, parece que la humedad de la bruma acaricia suavemente el cuerpo hasta desvanecerse.

La escena es lúgubre, como si el tamiz de la niebla nos hubiera dejado el cuerpo posado en la arena y esta se despidiera de nosotros poco a poco adentrándose en el mar.

Reparo en que la mujer tiene un tatuaje en el brazo izquierdo, se ven unas letras con una tipografía en cursiva y muy alargada.

No alcanzo a distinguir de qué se trata.

Me acerco para verlo a una distancia más corta, pues el trazo es muy fino.

Entonces consigo leer la palabra ceibe , que significa «libre» en gallego.

Me pregunto a qué hará alusión e imagino qué habrá podido pasar para acabar en esa situación.

¿Estará relacionada también con las fiestas de las máscaras?

, ¿habrá gozado de dicha en su vida?, ¿habrá sufrido por amor?

Varias cuestiones rondan mi cabeza, y todas ellas sin respuesta.

Mientras termino de preguntarme por qué el asesino ha elegido ese lugar para dejar el cuerpo, reparo en las vistas, que ahora se encuentran más despejadas.

Hacia el norte se ve el islote de Vionta, mucho más grande que Noro y rodeado de playas turquesas.

Al oeste, la Illa de Sálvora, que da nombre al archipiélago, y se puede ver que en tamaño supera a las demás.

Miro hacia el este, y allí se encuentra la ría de Arousa, donde probablemente a menos de diez kilómetros se sitúe Rúa en línea recta hacia el nordeste.

¿Por qué habrá elegido este lugar? Me quedo unos segundos analizando el entorno y la voz de Tristán me interrumpe.

—Tenemos que irnos, Laia. Viene el juez para hacer el levantamiento. Y me han dicho que ahora nos pueden llevar de vuelta hasta Aguiño; si no, tendremos que esperar un par de horas hasta que acaben de hacer varios viajes.

—Vale, sin problema. Ya he terminado —concluyo.

—Genial, hay demasiada gente aquí. Te llevo hasta la comisaría, yo estaré un rato y después de comer volveré a ir de nuevo. El jefe ha dicho que quiere que descanses hasta que tengamos más datos. Te quiere despejada para que puedas estar los próximos días con el caso.

—Vale. Estaba pensando en una cosa… Si la marea sube aproximadamente cada doce horas, y el asesino la ha dejado aquí cuando la marea era todavía alta, ha tenido que saber exactamente dónde hacerlo para que el mar no se llevase el cuerpo o lo contaminase, aunque no contaba con el temporal y las mareas vivas.

Ya solo para llegar hasta este lugar, debe de dominar muy bien esta zona, pues, según nos han comentado, solo los expertos y quienes conocen el entorno son capaces de adentrarse en estos bajos con tanta destreza.