El eco de la niebla Capítulo 8
41%

Capítulo 8

—¿Otra batuta? —Me invade un sentimiento de angustia—. ¿Y hay alguna víctima?

—No de momento, anoche parece ser que hubo un temporal muy grande y el mar está muy revuelto, así que están peinando la zona a ver si localizan algo.

—Pero entonces… ¿han asesinado a otra chica? No lo comprendo.

—Ya ves, yo tampoco doy crédito. —Tristán se encoge de hombros y su mirada se instala en el suelo de la cocina.

—¿Dónde ha aparecido?

—En el archipiélago de Sálvora. Me ha dicho el jefe que están buscando sin cesar, pero con la tormenta de ayer va a estar complicado el asunto, pues puede que tengamos que esperar a que sea el mar quien nos devuelva el cuerpo.

—No, por favor, ojalá aparezca pronto.

—Están todos los efectivos por la zona, pero de momento nos toca aguardar. Limán necesita que estemos en la comisaría cuanto antes. Como sabe que ambos vivimos en Vilagarcía, me ha dicho el jefe que te llame y te localice, para que vayamos juntos hasta Ribeira.

—No puede ser… Pero ¿cómo se nos ha escapado?

—No lo sé, es mejor que cojamos algo en la pastelería de abajo y nos vayamos de inmediato. Aviso yo a Tomé para que me traiga la maleta y me pego una ducha. Espero que me conteste de esta vez.

—Vale, yo voy a avisar a mi marido para que recoja a Gael al mediodía. Y también voy a comentarles a mis padres que me retraso.

Me quedo traspuesta después de la noticia.

Siento escalofríos solo de pensar que estemos ante un asesino en serie.

Suelen ser personas que muestran un perfil despiadado, son los mejores en la manipulación y hacen todo lo posible por conseguir su objetivo.

Nos despedimos de Tomé y de Aroa sin dar muchas más explicaciones, solo que tenemos trabajo.

Después de avisar a Roi y de llamar a mis padres, Tristán y yo decidimos poner rumbo hasta Ribeira y, de camino, dejo mi coche cerca de mi casa para poder ir en un solo turismo.

Al llegar a la comisaría, puedo percibir mucha tensión en el ambiente.

Al fi­nal de la mañana, el jefe aparece y nos reúne a unos cuantos en su despacho.

Tristán me hace un gesto para que me acomode a su lado.

—Buenos días. Verán, la situación es la siguiente.

—Se ajusta la corbata y se atusa un pelo rebelde que le dificulta la visión—.

Ha aparecido un tubo cilíndrico que ha encontrado un percebeiro que ha ido a faenar en los illotes de Sagres.

A pesar de que el envoltorio es hermético y el interior del contenido está estanco, el muy manazas del percebeiro lo ha abierto y toqueteado sin protección alguna, mojando parte de la pista y contaminando todo el interior.

—Oh, no. —Tristán se lleva las manos a la cabeza—. ¿Y saben dónde puede estar el cuerpo?

—Por la dirección del viento en el momento del temporal, se supone que el cuerpo debe aparecer en Sálvora o en los illotes de los alrededores.

El problema es que ahora mismo hay pleamar, y cualquier pista está debajo del agua.

Los drones están trabajando por cuadrículas, pues el terreno es muy complicado.

Debemos esperar al final del día a ver si aparece el cuerpo.

—¿Y ahora qué hacemos, jefe? —pregunta Salcedo.

—Pues esperar, no nos queda más cojones que esperar. El cilindro y su contenido se han mandado a analizar, así que recemos para que esté todo lo de su interior al completo y no se haya echado a perder.

—Eso esperemos —comento.

—Estén pendientes de lo que el equipo pueda necesitar y sigan indagando en el caso abierto de Manuela Pita. De momento, Ramuín, váyase a casa por si la necesitáramos al final del día.

—Perfecto, avísenme si me necesitan.

De camino a Vilagarcía, Tristán y yo vamos hablando del caso.

No dejo de preguntarme cómo es posible que haya otra víctima.

Me produce mucho rechazo pensar en alguien deleznable que se dedica a acabar con el futuro de personas que viven ajenas a esa oscuridad.

Me siento sobrepasada, creía que tenía una idea de ese miserable, pero lo cierto es que puede que estemos ante algo superior y que adquiera un cariz de mayor relevancia.

Tristán estaciona su automóvil delante de mi casa.

—Bueno, creo que toca separarnos —me comunica Tristán con el rostro apenado.

—Sí, ya llegamos. —Tras un silencio, y sin saber bien cómo despedirme de Tristán, le digo—: Muchas gracias por las entradas. Lo he pasado muy bien, qué pena que se haya empañado con este final.

—Sí, ha sido un batacazo. Yo también lo he pasado muy bien, me alegro de haber podido compartir contigo el fin de semana.

—Nos vemos mañana. —Me despido con un gesto de la mano mientras rebusco en mi bolso mis llaves.

—Descansa, Laia —le oigo decir a lo lejos.

Al llegar a casa, me encuentro a Roi y Gael jugando en el jardín.

Me acerco corriendo a abrazar a Gael con todas mis fuerzas, mantengo el abrazo durante un largo rato, pero pronto se suelta y continúa entreteniéndose con sus juguetes.

Después, también abrazo en silencio a Roi, no puedo evitar que mis lágrimas broten en un quejido silencioso.

—Cariño, ¿estás bien? —Roi me agarra la cara con las dos manos inspeccionándome.

—No, abrázame fuerte —le digo y me desmorono entre sus brazos por completo sin pretenderlo y sin poder decir nada más.

—Todo está bien. Estamos bien, ¿vale? Te quiero —me dice Roi mientras yo me quiebro por dentro y continúan resbalando pequeños ríos salados por mis mejillas.

Me permito liberar esa angustia cual géiser buscando su lugar al exterior. Sé que en los brazos de Roi estoy a salvo, que junto a él puedo soltar lastre sin ser juzgada ni cuestionada.

—Ya sé que no me puedes contar nada, pero que sepas que si necesitas algo estoy aquí.

—Gracias —comento tímidamente, con la voz resquebrajada.

El día se queda estupendo, las temperaturas son más altas y un cielo despejado no desvela que el día anterior una tormenta nos ha asolado.

Disfruto en el porche, acostada en una tumbona mientras escucho el estallido del agua que producen los saltos de Roi y Gael en la piscina.

Necesito desconectar de todo lo vivido y quiero sentirme resguardada en el cobijo de mi familia.

Tras una ducha, nos quedamos leyendo en la cama.

Roi no me interrumpe y me da mis tiempos.

Sabe que necesito mi espacio cuando trabajo en un caso.

Necesito desconectar, pues me espera una semana muy intensa.

Se trata de la última antes de terminar el curso escolar y, a partir de ese momento, tendremos que turnarnos junto con los abuelos para quedarnos con Gael.

En la universidad también se terminan los cursos, así que dispongo hasta final de mes para dejar cerradas las actas y rematar todos los papeleos burocráticos.

Todo compaginado con un nuevo hallazgo, que, si se convierte en el hallazgo de un cuerpo, exigirá una nueva búsqueda con más testimonios y entrevistas.

Y, para añadir más complejidad a la situación, el próximo viernes es la primera actuación de Gael con su violín y este fin de semana tenemos la comida con mis suegros.

De modo que la semana se presenta completa y con poco tiempo de gestión.

Me cuesta concentrarme en la lectura, así que cierro el libro y me acurruco en el pecho de Roi.

Este se deshace de su libro y me besa en el cogote.

Acaricio su torso con cariño y elevo mis caricias hasta su cuello.

Repaso sus clavículas y su mentón con las yemas de mis dedos.

Agarro su mandíbula y lo beso profundamente.

Siento un amor pleno hacia Roi, necesito de él, esta noche más que ninguna.

Las manos de Roi se apoyan en mis caderas y, tras besarnos y acariciarnos durante unos minutos, retiro con avidez mi ropa.

Me coloco encima de él y, después de compartir erotismo en complicidad, acabo dejándolo entrar por completo en mí.

Permito que cualquier pensamiento se esfume, doy la bienvenida a la pasión y al placer.

Disfruto desde mi postura dominante y acabamos culminando nuestra libido.

Nos fusionamos en un abrazo y puedo sentir como el sudor enfría nuestra piel.

Por la mañana temprano, el jefe nos hace llamar al despacho con celeridad. Dejo mi mesa llena de papeles y acudo a su reclamo.

—Ha aparecido el cuerpo.

—¿Dónde ha sido? —pregunta Tristán.

—En Noro, una pequeña isla del archipiélago de Sálvora.

—¿Y quién es la víctima?

—Se trata de una mujer. Deben acudir a la escena de inmediato, ya está allí el juez instructor y la forense, y he mandado a la científica de camino. Si se dan prisa, podrán ver aún la escena.

—¿Adónde nos dirigimos entonces?

—El equipo de guardacostas irá a recogerlos al puerto de Aguiño. Acérquense hasta allí, es lo más directo.

Llegamos al muelle en pocos minutos y nos dirigimos a la embarcación, donde la tripulación es muy amable y me ayuda a situarme.

La travesía es sencilla, no más de cinco minutos nos separa el mar del trayecto.

El paisaje está teñido por la niebla, los marineros de la zona la llaman borraxeira a este tipo de bruma que acaba desapareciendo poco a poco a lo largo de la mañana una vez entra el viento y la disipa.

Cuando nos adentramos en el archipiélago de Sálvora, vislumbramos al oeste la isla que le da nombre: la Illa de Sálvora, y a lo lejos se intuye entre la neblina el pazo en la Praia do Almacén.

—El acceso a este illote es bastante complejo, así que intentaremos acercarnos lo máximo posible —comenta un miembro de la tripulación.

—De acuerdo —asiente Tristán.