El eco de la niebla Capítulo 7 #7
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Capítulo 7 #7

Nos dirigimos al apartamento. Mientras Tristán se sienta en el sofá y enciende la televisión, yo me voy para la cocina a buscar dos cervezas y algo de picar que nos habían dejado de bienvenida.

Regreso al salón y me acomodo junto a Tristán.

Nos pasamos la siguiente hora riéndonos, hablando un poco de nuestra vida, y lo cierto es que descubro una versión de Tristán que me encanta.

Mientras atiendo a sus explicaciones, reparo en que esta noche está especialmente guapo, su atractivo es indiscutible.

Aroa tiene razón: si yo no estuviese con Roi, seguramente me habría fijado de otro modo en Tristán, pues es totalmente el prototipo de hombre que me llama la atención.

No solo físicamente, también en su aspecto más personal muestra un control emocional apabullante.

No le importa sacar a relucir sus flaquezas y siempre me trata con mucha empatía.

Se le ve una persona muy calmada, dispuesta y de buen humor.

—¿Te puedo confesar una cosa? —Su voz se torna más melosa y su mirada más afectada por el alcohol.

—Dime.

—Soy muy fan tuyo. Me pareces una figura superior.

¿Sabes que eres una eminencia en el psicoanálisis forense y criminal?

Y escucharte hablar de los casos es música para mis oídos.

—Tristán se acerca un poco más—. Cuando me concedieron el traslado, y me enteré de que iba a trabajar en la misma comisaría que tú, me dio un vuelco al corazón.

—Esto… ¿Gracias? —No sé qué decirle, pues me han cogido de sorpresa sus palabras de admiración.

—A mí también me gusta trabajar contigo —le digo dándole una palmadita en su rodilla.

Tristán observa mi mano en su rodilla y me mira de reojo, y de nuevo vuelve a fijarse en mi mano, que todavía no he apartado.

De pronto fija sus ojos en los míos, su mirada es noble y con cierta ternura.

Poco después se queda por unos segundos en silencio observando mi boca.

Y yo me quedo congelada mirando hacia él.

Entonces se muerde el labio. Y en ese momento lo encuentro tremendamente cautivador. Tristán inhala con fuerza y me dice:

—Bueno, va siendo hora de que me vaya para la cama. Es esa habitación, ¿no? —Corta el ambiente con sus palabras, y yo salgo de mi ensimismamiento.

—Sí, es esa. Si quieres, te presto una camiseta.

—No hace falta, duermo en calzoncillos.

—Perfecto —digo terminando de recoger los botellines.

—Buenas noches, Laia —se despide guiñándome un ojo, y en ese momento me rompo por dentro.

—Buenas noches.

Me adentro en mi dormitorio y me introduzco bajo las sábanas.

Pienso que igual de ese modo puedo hacer desaparecer lo que acabo de sentir.

No logro identificarlo bien, pero creo saber lo que me está sucediendo, y quiero evitarlo a toda costa.

Desde que empecé con Roi, siempre pensé en él en exclusiva.

Aunque me queje de los comportamientos de mi marido, soy una persona profundamente enamorada de él.

Salvo porque ahora su trabajo ocupa más de lo que quisiera, me siento agradecida de que siempre se preocupe por mí y quiera lo mejor para mí y para mi hijo.

Y ese sentimiento me hace percibir cierta culpabilidad por lo que se ha asomado hoy dentro de mí.

Intento apartar ciertos pensamientos de mi cabeza y me centro en imaginar mi encuentro con Gael para poder conciliar el sueño.

A la mañana siguiente me pongo la bata por encima del camisón de raso y, de camino a hacerme un café, me cruzo con Tristán en la cocina.

Él lleva el torso desnudo, y sus abdominales se marcan por completo.

Yo tengo mi cabello totalmente despeinado, así que al verlo instintivamente me hago una especie de recogido informal atándolo con una goma que llevo en mi muñeca.

—Buenos días, Laia. He preparado café. ¿Qué tal has dormido?

—Pues, si te digo la verdad, del tirón, no me enteré de nada. A eso de las cinco de la mañana me pareció escuchar la tormenta, pero me di la vuelta y seguí durmiendo. Me duele un poco la cabeza.

—Yo tampoco me he enterado de mucho, pero he visto las redes sociales y ha caído una buena, ha llovido muchísimo en muy poco tiempo y algunos garajes se han anegado. Espero poder sacar mi coche después.

—¿Qué hora es?

—Deben de ser las nueve.

—Voy a llamar a mi madre y me meto en la ducha. —Tomo mi teléfono móvil—. Anda, tengo un mensaje de la desaparecida, dice que en una hora nos vemos y nos invita a desayunar.

—Sí, también me ha escrito Tomé.

—A buenas horas… Salgo en dos minutos y me tomo el café contigo.

—Está bien.

Me dirijo a mi habitación para llamar a mi madre. Me pasa con Gael y me tranquilizo al saber que todo ha ido bien. Tras hablar un par de minutos, me introduzco en la ducha para espabilarme.

Cuando salgo del baño, veo que Tristán está hablando por teléfono.

—¿Dónde? —dice con la cara desencajada—. Sí, no se preo­cupe. Ya aviso yo a Ramuín y voy con ella… Venga, hasta ahora. —Tristán cuelga su llamada y me mira con el rostro descompuesto.

—¿Qué pasa?

—Era el jefe… Acaban de encontrar otra batuta.