El eco de la niebla Capítulo 7 #6
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Capítulo 7 #6

Remato de ajustar mis sandalias doradas y me pongo mi cazadora negra de piel sobre los hombros.

Me echo un vistazo en el espejo antes de irnos, lo cierto es que me encuentro guapa, la hechura del vestido me sienta muy bien.

El escote halter por delante y la espalda al aire resaltan mis hombros.

Después de muchos días, al fin me gusta lo que veo.

El restaurante queda a cinco minutos andando de nuestro apartamento.

Nos hemos adelantado un poco, pues Tristán y Tomé todavía no han llegado.

Así que los esperamos en la barra tomando un vino blanco albariño.

Al poco, aparecen por la puerta, su presencia intimida.

Tomé luce unos pantalones chinos beis y una camiseta corta gris clara que deja entrever sus músculos.

Tristán se ha puesto un pantalón de lino largo en tonos crema, unas deportivas blancas y un polo blanco.

Ambos parecen dos maniquíes y las personas que hay en el restaurante se fijan en ellos nada más entrar.

Un grupo de chicas se giran nada más verlos y los siguen con la mirada mientras cuchichean hasta que se juntan con nosotras.

Al llegar a la barra, ellos piden unos vinos también.

Poco después seguimos al camarero, que nos acompaña hacia la mesa que tenemos reservada.

Nos situamos en una mesita circular y pequeña, desde la que nos embriagamos con una vista directa a la playa.

En cuanto el subinspector se sitúa a mi lado, me inunda el aroma de su fragancia, que es muy agradable y huele fresca y sensual a la vez.

—Cualquier pescado a la brasa en este sitio está increíble. Pero os recomiendo pedir unas xoubiñas ; siempre que lo hago, acabo repitiendo —comenta Tomé.

—¿Ya conocía este local, Laia? —Tristán saca a relucir su mirada hipnótica.

—Pues la verdad es que no, pero iba a comentar una cosa. Creo que ya es hora de tutearnos, aunque seas mi jefe. Me parece que ya tenemos la confianza suficiente.

—Estoy de acuerdo, aunque yo lo hacía por respeto a ti y tu trayectoria, la cual admiro. Además, no eres mi subordinada, eres una compañera igual que yo.

—Pero ¿es cierto eso de que ya conocías mi recorrido?

—Para Tristán tus libros son su biblia —comenta Tomé—, y para mí también. Yo estoy destinado en Barcelona, pero intento escaparme siempre que puedo a mi tierra, aquí en O Grove.

Percibo que me sonrojan los halagos hacia mis publicaciones, así que disimulo con una pregunta:

—¿Así que tú también eres policía? —le pregunto a Tomé.

—Sí, nos conocimos al inicio de nuestras carreras, en Madrid. ¿Tú de qué trabajas, Aroa?

—Yo soy psicóloga, como Laia, y también nos conocemos de la carrera. Pero lo que he estudiado no trata sobre psicología forense y tengo un gabinete en Vilagarcía de Arousa.

—Ah, está muy bien. Solo espero que no me psicoanalices, pues hoy voy a disfrutar de la fiesta. Además, como vivo cerca, puedo tomarme unas copitas después de la cena.

—Lo mismo digo —comenta Tristán.

—Pienso que hoy venimos todos a eso —admito.

Mientras degustamos un pescado a la brasa increíble, intercambio llamadas y mensajes con mi madre.

En el último, me comenta que Gael está dormidito en la cama y que puedo despreocuparme.

Después de disfrutar de una cena entretenida en la que Tristán y Tomé nos cuentan historias y acontecimientos muy interesantes de su etapa en Madrid, degustamos el postre y brindamos con unos chupitos de crema de orujo y licor café.

Decidimos tomarnos la primera copa en el pub del concierto.

Se celebra en un bar que disfruta de una de las mejores ubicaciones.

Está delante de la playa y, si te descuidas, acabas sentándote en la arena.

Ese día el cartel no se revela y, para nuestra sorpresa, se trata de uno de los vocalistas más famosos del momento en el género indie rock.

El descubrimiento me agrada tanto como al público, que lo recibe con múltiples aplausos y vítores.

Nos entretenemos cantando sus canciones y bailando.

Aroa se acaba arrimando a Tomé y este baila y canta con ella.

Tristán se coloca a mi lado mientras ambos coreamos las canciones y él me mira con sonrisa cómplice.

Suena una de las baladas y Tomé y Aroa bailan juntos, pegando sus cuerpos en una sincronización admirable.

Yo me quedo observando lo que acontece en el escenario embobada por la voz del cantante.

Tristán se acerca a mí y me habla al oído:

—Mira para estos dos. —Señala a Aroa y Tomé, que se encuentran besándose como dos adolescentes.

—Poco duraron —comento resoplando.

—Ya te digo, parecen tal para cual.

Tras disfrutar del concierto como hace tiempo que no lo hago, llega el momento de la última canción.

Es otra balada, el público levanta las manos y con las linternas de sus teléfonos se crea un ambiente muy íntimo.

Me doy cuenta de que les he perdido la pista a Aroa y a Tomé.

Tristán permanece a mi lado, vocalizando las canciones y alumbrando con la luz de su dispositivo.

Me mira y nos sonreímos, brindamos un par de veces con los cascos de nuestras cervezas.

Al rematar el concierto, una marabunta de gente avanza hacia fuera del local.

Nosotros decidimos aproximarnos hasta la arena de la playa, para ver si localizamos a Aroa y Tomé.

Yo ya llevo varias cervezas en el cuerpo, estoy con el punto justo en el que me encuentro bien, pero el cansancio se apodera de mí.

Tras buscarlos durante un buen rato, recibo un mensaje del teléfono de Aroa que dice: «Mi niña, espero que no te moleste que esta noche me quede con Tomé, me ha invitado a su apartamento.

No te preocupes por mí, mañana desayuno contigo».

Le comento a Tristán el mensaje recibido, y este me contesta:

—No, si está fenomenal que acaben juntos, el problema es que yo no tengo las llaves del piso de Tomé y están allí todas mis cosas.

—¿Probaste a llamarlo?

—Llevo llamándolo y mandándole mensajes un buen rato y nada…

—Tristán teclea en su teléfono—. Espera, me acaba de escribir ahora mismo, dice: «Tris, me voy con Aroa hasta mi casa, puedes dormir en el sofá, pero dame un par de horas.

Si no te apetece, dice Aroa que Laia tiene las llaves del apartamento que alquilaron».

—Qué cojonuda, me encasqueta a mí el muerto.

—Perdona, no sabía que yo era una carga.

—Esto… No, no lo digo por ti. —Me acerco a Tristán y le poso la mano en el hombro—. Me refiero a que siempre me hace lo mismo: me dice que va a ser una noche para disfrutar nosotras juntas y acabo siempre sola.

Justo en ese momento comienza a chispear, el cielo estrellado ha pasado a estar nublado y parece que una fuerte tormenta se acerca.

—Pues ya lo siento, puedo irme al coche a dormir, no te preocupes.

—De eso nada. No te voy a dejar así, y menos esta noche, que me da a mí que va a caer una buena —digo mirando al cielo—. Nuestro apartamento tiene dos habitaciones y cada una cuenta con un baño, así que, si no quieres esperar por estos dos tortolitos, puedes venirte.

—Como quieras, no me gustaría ser una molestia.

—No lo vas a ser, somos compañeros, ¿no? Además, podemos tomarnos allí la última, que Aroa trajo cervezas.

—¿Estás segura? —Me mira con esos ojos que es imposible rechazar.

—Sí, hombre, sí.

—Por mí, perfecto.